Opinión

  • | 2018/06/18 00:01

    30 años de desarrollo perdidos

    Con el presidente electo Iván Duque, Colombia cumplirá 30 años perdidos en materia de desarrollo, no porque el país carezca de los recursos necesarios para hacerlo, sino porque la dirigencia política -que acaba de re-re-reelegirse- está empeñada en impedirlo.

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Es imposible pensar que personas tan estudiadas, formadas en las mejores universidades del planeta, se hayan equivocado ingenua y sistemáticamente durante tres décadas en las políticas desarrollistas, si acaso es lo que querían. Es cierto que en este periodo ha habido avances en algunos aspectos económicos, incluyendo la calidad de vida, pero solo para un sector de la población, porque Colombia es todavía el segundo país más desigual de América Latina y Duque no logrará cambiar esta situación. Explicaré por qué:

El trabajo involucrado en la producción es la fuente de toda riqueza, que se materializa en el comercio interno y externo. Esto no tiene misterio, en eso consiste el capitalismo. Una nación puede decidir hacerlo o no, pero si no lo hace es imposible lograr una verdadera creación de riqueza. Duque, aunque lo sabe, difícilmente lo aplicará porque tiene otros intereses. Defender al consumidor implica inevitablemente proteger a los productores. Sin producción no hay creación de empleo, entonces no hay consumidores. Los productores colombianos no están protegidos, todo lo contrario. El Estado actúa como enemigo, como su mayor obstáculo, siendo cómplice de la competencia desigual que los afecta.

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La clase política tradicional que eligió a Duque es exactamente la misma protagonista de la corrupción. No quiere decir esto que todos quienes apoyaron a Duque son corruptos, pero sí que todos los corruptos apoyaron a Duque. Por cuenta de la corrupción Colombia ocupa el puesto 129 entre 137 países en eficiencia del gasto público, el puesto 119 en favoritismo de decisiones de funcionarios del gobierno y el 131 en desvío de fondos públicos, según el Foro Económico Mundial. Con estos niveles Colombia se parece más a Somalia -el más corrupto- que a Nueva Zelanda -el menos-. Como se roban los recursos públicos, no queda suficiente para crear bienes y servicios públicos, como carreteras, ferrocarriles, redes eléctricas, dar acceso al crédito, invertir en ciencia y tecnología o financiar la educación y la capacitación de alta calidad. Sin estos elementos, el país no puede competir con sus socios comerciales, por más creativos y emprendedores que sean sus empresarios.

Para completar, el Estado ha suscrito malos negocios comerciales en los que Colombia no es capaz de vender lo poco que produce, pero sí compra (con deuda o con recursos naturales) lo que otros países fabrican. De esta forma, la riqueza del trabajo y la producción se queda en esos países. El presidente electo Iván Duque cree en estos acuerdos, los ha defendido y aprobado, en contra de los intereses de los empresarios y los trabajadores nacionales. ¿Estará dispuesto a revisarlos y renegociarlos? En eso consistirá una parte importante de la oposición y la movilización ciudadana que deberá construirse.

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La economía colombiana de las tres últimas décadas se ha sustentado en la extracción de recursos naturales, atrayendo inversión con enormes beneficios fiscales y un alto costo social y ambiental. De esta actividad se ha nutrido la especulación financiera y con los recursos que quedan en el país se mueve el comercio de revendedores y el trabajo de rebuscadores, pero no la producción y el empleo de calidad. El presidente electo Duque, el “mozalbete inteligentón” como lo llamó su copartidario Fernando Londoño, es consciente de esto pero no hará nada para cambiar la orientación porque es preso de su dogmatismo y -sobre todo- del Centro Democrático, el partido Conservador, Liberal, la U (de Uribe y Santos), Cambio Radical y todos quienes lo apoyaron… los mismos con las mismas.

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