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Opinión

  • | 2020/11/20 00:01

    2020: Año siniestro. Necesitamos recuperar la fe

    Este año perdí la capacidad de sorprenderme. Cuando sentíamos que no podía pasar nada peor, la vida nos ha demostrado que siempre existirá algo más grave a lo que debemos enfrentarnos.

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En lo personal no tengo queja, de hecho, tengo muchas cosas buenas que agradecer. Sin embargo, como sociedad, como país, siento que estamos atravesando uno de los años más tortuosos de toda la historia. 

Algunos dirán que las últimas generaciones no experimentamos una guerra o que nunca hemos tenido que afrontar una hambruna, pero en lo que conocemos, de lo que podemos hablar, es evidente que este año ha sido crítico y que cosas impensables han pasado y nos aterroriza la idea de que lo peor puede estar por venir. 

Sin ninguna duda este ha sido un año negro, de esos que la mayoría quiere olvidar, pero, lo que más preocupa, es que se está empezando a perder la esperanza. Cada día se siente con mayor fuerza el desasosiego de la gente y ese sentimiento, en una nación en crisis, es muy peligroso.

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Cuando todos creíamos que nada podía superar una pandemia que nos ha obligado a llorar a más de 34.000 personas y a sufrir la destrucción de nuestro aparato económico, como si estuviéramos en una pesadilla dantesca, tuvimos que observar impávidos la muerte de 9 personas en una sola noche y la destrucción de muchas estaciones de policía, en una protesta que buscaba paradójicamente hacer un llamado por el respeto a la vida.

Tan solo unas semanas después, seguimos experimentando paros y convocatorias de protesta a nivel nacional por razones muy diversas y no necesariamente justas, que han ralentizado el arranque de la economía. Muchos negocios se están acostumbrando a que cada 15 días tienen que cerrar sus puertas para no ser vandalizados y perder por esa vía lo poco que están vendiendo.

Ahora, como si se tratara de una película oscura de Tim Burton, la naturaleza se ensaña contra nuestras islas acabando prácticamente con todo. Lo que pasó en San Andrés, Providencia y Santa Catalina me duele, me duele mucho, no solo por lo que se perdió, sino porque esa población recién salía de otra tormenta tropical y apenas hace unas semanas empezaba a ver una ligera reactivación del turismo del cual dependen totalmente. 

Es triste pensar que la bonanza turística que se generó fruto de nuestro cargo de conciencia, cuando estuvimos a punto de perder la soberanía colombiana sobre las islas de San Andrés, Providencia y Santa Catalina en una disputa con Nicaragua, hoy es solo un recuerdo. 

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El huracán Iota puso a prueba la precaria infraestructura de las islas, Providencia y Santa Catalina quedaron destruidas y en San Andrés la afectación es muy grande. A tal punto, que la temporada turística de fin y principio de año, que se esperaba ansiosamente para recuperar en algo lo que se perdió con el aislamiento obligatorio, no llegará.

Y nuestro mayor distractor, quizás el único que nos une como nación, porque en todo lo demás es claro que estamos ampliamente divididos, la selección Colombia de fútbol, cuando más lo necesitábamos, se devolvió 40 años para recordarnos que no somos la potencia futbolística que todos soñamos ser. Para los seguidores de nuestro equipo, ese 6-1 frente a Ecuador nos llevó al más profundo dolor y a la depresión nacional. 

Es irónico y quizás absurdo, que a algunos les preocupe más quien reemplazará a Queiroz, que la suerte de nuestros compatriotas de las Islas o los cientos de muertos que todos los días indican que el coronavirus es la peor tragedia de toda nuestra historia. 

Es tan deprimente la situación, que he tomado la sana decisión de ver noticieros en televisión solo una vez al día y ojalá en su última edición que es un resumen de lo importante. No tiene sentido sentarse 3 horas a ver y escuchar malas noticias. Prefiero leer solo lo que realmente me interesa y no exponerme a que me impregnen de mala energía con contenidos negativos que no puedo controlar.  

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A veces quisiera que este año se acabara en 10 días, que, por decreto, acortáramos este nefasto año un mes. Sin embargo, cuando pienso en que llegó la Navidad, me acuerdo de que esa mágica época tiene la virtud de hacernos recuperar la fe y la esperanza. 

Para mí la Navidad comienza cuando una reconocida emisora de radio empieza a difundir su tradicional comercial de fin de año. En esta temporada, la cadena, con buen tino y para mi alegría inmensa, decidió adelantar esa trasmisión un par de semanas. ¡Esa es la actitud! Necesitamos fe, necesitamos esperanza. No nos podemos dejar derrotar como nación. 

Ojalá este año no existiera, pero la realidad es que existe. Ahora bien, de todos depende que el país se recupere y que la situación mejore. Todos, desde donde estemos y desde lo que hagamos, sin importar en lo que creamos, tenemos que poner nuestra mejor actitud para salir adelante. 

Mi llamado es a que desempolven ya sus arreglos de Navidad y decoren sus casas, a que empecemos a pensar en regalos sencillos, pero hechos o comprados con amor. Así sea poquito, desde lo que cada uno pueda, tenemos que volvernos a ilusionar, tenemos que mover la economía para que ese anhelado 2021 llegue cargado de buena energía. De esa energía que necesitamos para generar 5 millones de nuevos empleos, para reconstruir a San Andrés, Providencia y Santa Catalina y para volverle a hacer fuerza a la Selección Colombia en marzo. 

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Tenemos que recuperar la fe, levantarnos como lo hemos hecho tantas veces en este país y demostrar que podemos volver a hacerlo para salir adelante como nación.

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