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| 10/7/2019 10:00:00 AM

Las paradojas de la insolvencia

A propósito de las dificultades económicas por las que actualmente atraviesan la aerolínea Avianca, el equipo capitalino de futbol Santa Fe y tantas otras compañías en nuestro país, conviene indagar acerca de la existencia de procedimientos legales y económicos cuyo fin es recuperar y conservar empresas viables y, por esa vía, proteger el crédito y el empleo. Un análisis de Juan Carlos Urazan Aramendiz Socio fundador Urazan & Abogados Asociados.

Y es que, precisamente, en Colombia durante el año 2018 se constituyeron 69.283 sociedades, según datos de Comfecamaras, mientras que para el año 2017 se crearon 70.247.  Sin embargo, lo verdaderamente importante no es el número de organizaciones empresariales constituidas, sino su perdurabilidad en el tiempo, así como el impacto dinamizador que éstas produzcan en la economía, a través de la generación de empleo, acceso y pago del crédito, impuestos, entre otros.

Pero, resulta francamente alarmante mencionar que el promedio de vida empresarial nacional corresponde a 12,5 años, mientras que la esperanza de vida de las compañías norteamericanas es de aproximadamente 50 años, según informe de la Revista Fortune; quiere lo anterior decir que en cualquiera de los dos casos las crisis de supervivencia están a la orden de día, o lo que es lo mismo, denotan una extraordinaria fragilidad empresarial. 

Ahora bien, situación diferente, pero fundamental, es lograr identificar las razones o causas que frustran el sueño empresarial, debiéndose mencionar entre tantas otras la pérdida de mando, talento, rentabilidad y mercado; la resistencia financiera y de proveedores; el deterioro en la estructura del pasivo, disminución de las ventas y mala administración de los activos, las cuales, como bien puede observarse, corresponden a factores internos organizacionales, esto es, se originan directa o indirectamente en la voluntad de quienes dirigen o laboran al interior de la empresa. (Dicenta)   

Valga recordar, a manera de ejemplo, las enormes dificultades que enfrentó Bayer, la gigante farmacéutica Alemana, al fracasar con su fármaco anticolesterol.  O que decir de Volkswagen, al falsear los test de emisiones, lo que le generó enormes pérdidas y sanciones, eso para no mencionar el impacto reputacional que ello le produjo.  Igualmente emblemática resultó la crisis de Texaco en los años 80, al interferir en forma abrupta en una negociación que se desarrollaba entre Pennzoil y Getty Oil, lo que motivó una condena judicial en su contra superior a US$10.000 millones, así como la necesidad de acogerse a la ley de quiebras norteamericana, como mecanismo para garantizar su supervivencia.

Los casos citados son un ejemplo claro de causas de crisis internas, pues en su generación confluyeron actuaciones o conductas directas por parte de personal asociado a esas compañías.  Ahora, desde luego que también existen causas de crisis ajenas al empresario y su entorno, que poca o ninguna relación guardan con su conducta, como es el caso de la fluctuación de la tasa de cambio; la volatilidad de los precios internacionales del crudo; cambios de ciclos económicos y de normatividad; hechos de terceros, etc.  Aquí también abundan los ejemplos, como es el caso reciente de las múltiples petroleras que hicieron fila en la Superintendencia de Sociedades intentando protegerse frente a sus enormes deudas; o el caso de las aerolíneas internacionales aquejadas por la deserción de turistas que implicaron los ataques terroristas del año 2001 en los EE.UU.  

En igual sentido podrían citarse las compañías cuyo objeto social depende en buena medida de las importaciones, que son demasiadas, por demás, y que han visto como su operación se ha encarecido al vaivén de la subida del dólar. 

Expuesto lo anterior, y por ser evidente la importancia que representa para el País que las empresas trasciendan y perduren en el tiempo, resulta necesario preguntarse si es posible superar una o varias causas de crisis incubada al interior de una organización empresarial.  La respuesta, desde una óptica histórica, permite indicar que, evidentemente, sí es posible enfrentar victoriosamente una situación de dificultad empresarial, en la medida en que se identifiquen con la mayor precisión posible la razones que la motivaron, su naturaleza, así como el remedio aplicable.

Ahora, paralelo con las causas de crisis tenemos la sintomatología para detectarlas, como la demora en el pago de salarios, aportes al sistema de seguridad social, impuestos, proveedores, entre otros.  El impago de esta clase de obligaciones es una señal inequívoca de una situación de desestabilización empresarial y una alerta clara acerca de la necesidad de adoptar medidas urgentes que conduzcan a revertir tal situación.

Y en ese preciso orden, existen los denominados procesos recuperatorios, que como su nombre lo advierte, están orientados a amparar y proteger empresas viables, es decir, aquellas que tienen operación e ingresos; empleos; créditos, acreencias, obligaciones, bien de naturaleza laboral, fiscal, financiera o con proveedores.  Téngase en cuenta que como consecuencia necesaria de la protección de empresas viables, se está garantizando también el pago del crédito y la generación de empleo. 

Ahora, así como no toda empresa es viable, tampoco toda organización económica está sujeta a acogerse a un proceso concursal recuperatorio, ya que esto último supone la existencia de obligaciones vencidas por más de 90 días a favor de dos o más acreedores, o tener dos o más demandas de ejecución, debiendo corresponder dichas obligaciones al menos al 10% del pasivo total. También se encuentra en situación de insolvencia aquella sociedad que razonablemente estima no poder atender el cumplimiento normar de sus obligaciones.

Acreditado lo anterior, y con el lleno de algunos otros requisitos formales, es dable salvar a una empresa que atraviesa dificultades económicas, aunque para ello es indispensable abordar el proceso de reorganización empresarial desde una óptica integral, es decir, que no solamente se utilice para refinanciar el pasivo, sino para identificar las verdaderas causas de insolvencia y a poner en práctica un plan de negocios serio, creíble y aterrizado, cuyo norte sea fortalecer la operación, aumentar los ingresos y mejorar la competitividad.  

Y si a lo anterior se le adiciona que dentro del respectivo trámite recuperatorio, y una vez surtidas las etapas correspondientes, se pacte un acuerdo equilibrado entre la empresa deudora y sus acreedores, con plazos y condiciones de pago razonables, más fácil resultará enfrentar y superar los problemas empresariales acaecidos. 

Asimismo, bienvenidos son los acuerdos privados extrajudiciales entre deudor y acreedores, cuya intención sea alcanzar la recuperación económica empresarial, al mejor estilo del sheme of arrangement inglés -mecanismo privado de reestructuración de deudas-, o del acuerdo de refinanciación español.

Desde luego que además de la dificultad propia y el estigma que implica enfrentar una situación de crisis empresarial, también tenemos la resistencia que se presenta por parte de las entidades financieras y aseguradoras al conocer de la situación de insolvencia de una empresa, al resistirse en muchos de los casos a mantener líneas de crédito o emitir pólizas de seguros, todo lo cual paradójicamente va en contravía, precisamente, de las finalidades de los procesos recuperatorios.

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