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| 6/1/2019 6:00:00 AM

Juntas Directivas: el motor apagado del progreso

Durante muchos años las sociedades hemos sufrido de una excesiva dependencia en superhéroes.

Tenemos la tendencia –muy natural, por cierto– a delegar en unos cuantos individuos la responsabilidad de cumplir con nuestras más ambiciosas metas: el progreso económico, la erradicación de la pobreza, la derrota del cambio climático. Eso se plasma en que desarrollamos una especie de fe enfermiza en el líder político, empresarial o comunitario al que confiamos nuestro futuro. Todo eso para, unos meses más tarde, tildarlo de ‘ineficiente’ o ‘incapaz’ por no haber logrado los cambios que soñábamos.

Esta visión de liderazgo heroico sufre de una falencia elemental, advierte el profesor de liderazgo de la Universidad de Harvard, Ronald Heifetz, que no reconoce la existencia de dos tipos de retos: los técnicos y los adaptativos. El reto técnico es aquel que puede solucionarse a través del conocimiento de una figura de autoridad. El ejemplo clásico es el del paciente que sufre de apendicitis: basta con que el médico lo diagnostique y proceda a operarlo para un desenlace feliz. Reto técnico que exigía de la experticia del líder.

Los retos adaptativos, por el contrario, son aquellos que el conocimiento técnico no puede solucionar por sí solo, sino que requieren de cambios sustanciales en los hábitos, costumbres y comportamientos de las personas. En esta categoría entran desde problemáticas micro como un paciente con diabetes (no basta con una droga para enfrentar la enfermedad, sino que el paciente debe cambiar sus hábitos) hasta asuntos globales como el cambio climático (¿a cuál experto podríamos delegar su solución?), las crisis migratorias y el progreso económico.

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No existe un líder capaz de lograr el progreso económico de una nación; así sea el más inteligente, preparado, sagaz: el reto simplemente tiene una naturaleza diferente. Una naturaleza que, como lo indica su denominación, requiere de adaptación por parte de todos. Aún así, y particularmente en países latinoamericanos, seguimos confiando en un puñado de individuos para lograr el tan ansiado progreso económico que nos ha esquivado durante décadas y décadas de atraso.

Tendemos a señalar, entonces, a los mismos culpables de siempre: el presidente de la nación, el senador, el gerente de la gran empresa. Es una táctica que no ha funcionado y no va a funcionar. Estamos, simple y llanamente, buscando a un experto que resuelva un problema que no puede ser resuelto por expertos. El progreso económico es un esfuerzo colectivo que no depende de individuos. Allí juega un papel fundamental el sector empresarial que ha demostrado ser la fuente más importante de crecimiento económico.

Pero para alcanzar el progreso, necesitamos excelencia en el sector privado. Excelencia que no tenemos hoy en día porque nos falta disciplina, orden y enfoque. No necesitamos individuos que nos salven, ¡necesitamos empresas virtuosas! Y no puede haber empresas virtuosas sin juntas directivas que les exijan serlo.

Esto puede sonar raro. Tenemos la imagen de que las juntas directivas de empresas son esos organismos compuestos por personajes respetados con mucha experiencia y conocimiento que se encargan de asesorar a la empresa en su estrategia. Sin embargo, las juntas directivas tienen otra tarea tal vez igual de –o más– importante: la de ejercer control sobre la alta gerencia.

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Sin embargo, hoy en día parece que ser miembro de una junta directiva es más un privilegio que una responsabilidad. Un reconocimiento de la carrera profesional del ejecutivo, en vez de una oportunidad para eliminar ineficiencias en la empresa, para exigir resultados transformadores, para impulsar la excelencia en el sector privado.

Y no se trata simplemente de una mentalidad floja por parte de los individuos que conforman las juntas. Hay detrás una situación sistémica que promueve esas actitudes pasivas de los miembros de la junta. En nuestros países la compensación de los miembros de junta es muy baja, irrisoria cuando se compara con países desarrollados (como si bastara el reconocimiento de formar parte de la junta para compensarlos). Eso deriva en que no se da un verdadero compromiso por parte del individuo, que interpreta que si su compensación es meramente reputacional y de prestigio, entonces limita su labor a opinar sin tener un verdadero incentivo o un compromiso para exigir y controlar a la alta gerencia.

Las empresas están en deuda de estructurar juntas directivas del más alto nivel y en el centro de esa discusión está el asunto de la compensación. Juntas mal remuneradas, como la gran mayoría en nuestros países, serán juntas complacientes de la alta gerencia, perpetuadoras del status-quo y sus miembros seguirán siendo opinadores en vez de verdaderos impulsadores de la excelencia empresarial.

Sin desarrollo del sector privado no hay progreso. Así de sencillo. Y sin juntas directivas comprometidas con exigir y controlar –y no sólo opinar– las empresas seguirán (con contadas excepciones) inmersas en la misma dinámica de mediocridad, en la que lo importante es no quedar mal, en vez de sobresalir, de avanzar, de progresar.

Las juntas directivas son un gigante dormido. Un gigante sobre el que poco se ha puesto el ojo porque estamos acostumbrados a señalar individuos por nuestros problemas. A culpar a presidentes, gerentes, hasta al administrador del edificio, de nuestros males. Llegó la hora de cambiar la mentalidad. ¿Qué tal si superamos el orgullo de ser miembros de juntas directivas y nos convertimos en responsables de la excelencia de la empresa? ¿Si despertamos al gigante dormido? ¿Si prendemos el motor apagado del progreso?

Por Felipe Gómez | @Actitud e |www.felipegomez.co 

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