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| 1/5/2020 12:01:00 AM

Entropía y posibilismo

Que en la década que comenzamos, seamos menos radicales y más posibilistas conscientes. La noción de entropía da opciones a los seres humanos.

Existe un número limitado de maneras de cómo las cosas (organizaciones, sistemas, familias, ciudades, países, etc.) pueden ser ordenadas. No obstante, hay posibilidades casi infinitas de darles un “orden alternativo”. 

La primera ley de la termodinámica sostiene que la energía total no se crea ni destruye, solo se transforma; la segunda plantea que cualquier proceso espontáneo va a incrementar el desorden del universo, y que la entropía siempre aumentará con el tiempo; y la tercera, que es imposible reducir la temperatura de un sistema hasta el cero absoluto mediante un número finito de operaciones.   

La entropía es considerada como una medida del grado de aleatoriedad o de dispersión de la energía o de la disipación del orden en un sistema cerrado. Su descubrimiento se atribuye al matemático y físico alemán Rudolf Clausius (1822-1888). La raíz griega de la palabra se traduce como “un giro hacia la transformación”, denotando la transformación como un proceso de caos. Para el físico, cosmólogo y matemático inglés Stephen Hawking (1942-2018), “el aumento del desorden o la entropía es lo que distingue el pasado del futuro, dando una dirección al tiempo". En términos coloquiales, la entropía se interpreta en expresiones como: “Todo puede ser peor”.   

¿A qué se debe que visionemos los panoramas más lúgubres? Steven Pinker nos recuerda que dado a que hay muchas maneras de que las cosas se organicen y estén en un estado de desorden, en lugar de orden, según la segunda ley de la termodinámica, todos los sistemas tenderán al desorden. Pinker es un lingüista y psicólogo cognitivo experimental canadiense, profesor en la Universidad de Harvard, y autor de best sellers reconocidos internacionalmente como En defensa de la ilustración: Por la razón la ciencia, el progreso, La tabla rasa: La negación moderna de la naturaleza humana, Cómo funciona la mente, El instinto del lenguaje, y Los ángeles que llevamos dentro publicado en 2011, el cual es considerado por muchos como la biblia de los movimientos de los Nuevos Optimistas del siglo XXI. 

Para Pinker, la relevancia de la entropía en los asuntos humanos radica en que tanto la vida como la felicidad “dependen de una fracción infinitesimal de disposiciones ordenadas de materia entre un número astronómico de posibilidades”.  En un tuit de febrero de 2017, Pinker hizo eco de la línea del físico y epidemiólogo sueco Hans Rosling “No soy un optimista. Soy un posibilista muy serio”.  Rosling, es coautor (junto con su hijo y su cuñada) del reciente libro Factfulness, y ha sido consejero de diferentes agencias de las Naciones Unidas, y de líderes como Mark Zuckerberg de Facebook, Melinda y Bill Gates, Al Gore, Barack Obama e incluso de Fidel Castro. Rosling explica que ser posibilista es una nueva categoría en la que se separan las emociones y se trabaja analíticamente con el mundo.

Hace poco, el líder cívico David Escobar Arango, director de Comfama y miembro del Consejo Superior de la Universidad Eafit, dirigiéndose a su audiencia, lanzó un llamado a ser posibilistas. Invitación que busco resonar con esta columna. 

La noción de posibilismo no es nueva. Fue introducida por el geógrafo francés Paul Vidal de la Blache (1845-1918), quien propuso que, en un entorno natural, los humanos tenemos una amplia variedad de acciones que podemos desplegar para superar las adversidades que la naturaleza nos impone, ya que a pesar de que no podemos vencer las limitaciones del ambiente natural, si podemos elegir cómo interactuar con él de la mejor manera posible. Entre los principales elementos del posibilismo de Vidal se destaca la comprensión de la libertad y de la iniciativa humana (apoyada en la tecnología y en el conocimiento) como modificadores de la naturaleza y como agentes geográficos. No obstante, una de las debilidades del posibilismo expuesto por Vidal consiste en que incitaba al ser humano a modificar la naturaleza sin considerar los impactos ambientales de su interacción con el medioambiente, dado que solo se ocupaba de establecer lo que era empíricamente posible. En los años 1950 el determinismo reemplazó en dominancia a la escuela de pensamiento del posibilismo como la escuela hegemónica del pensamiento en geografía. Sin embargo, el debate aún continúa. 

La idea del posibilismo influyó diferentes áreas de la vida humana desde el siglo XIX. En España, entre 1876 y 1980 existió el Partido Democrata Posibilista (de ideología republicana).  Más recientemente, el académico alemán del derecho y autor de la teoría de hermenéutica constitucional, Peter Häberle describió en 2002 el pensamiento posibilista (o pluralista alternativo) como “pensar en función de alternativas y en términos alternativos”, haciéndose la pregunta “¿qué solución alternativa pudiera adoptarse?”.  

El adjetivo de “posibilista” se le ha otorgado a varias personalidades. El filósofo, sociólogo, politólogo y periodista Raymon Aron (1905-1983), autor del libro El opio de los intelectuales, describió en su orbitaria al diplomático francés y economista político Jean Monnet (1888-1979), uno de los padres de la unidad europea, como “el gran político que fue capaz de casar la utopía con el posibilismo”.  En la versión de 1992 de “Who is who in America” el periodista y columnista del New York Post, Max Lerner (1905-1992) afirmó sobre sí mismo “No soy optimista ni pesimista, sino posibilista”.

El posibilismo (al menos en su versión simplista y superficial) corre el riesgo de tornarse en híper-optimismo (en inglés pollyannaish), dado que el optimismo y la alegría pueden ser llevadas demasiado lejos, dándole un giro irracionalmente positivo a todo, incluso a las cosas que (bajo otra lógica) evocarían tristeza, frustración, miedo o desesperanza.  

Por último, invoco las palabras de alarma que sabiamente nos decía a sus aprendices un profesor de Psicología en la UPB en Medellín a comienzos de los noventa: “todo lo anti está lleno de lo mismo”.

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