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| 6/11/2020 12:01:00 AM

Marcando tarjeta en la cuarentena

El confinamiento cambió la relación con el tiempo. ¿Ya no hay horario ni fecha en el calendario?

Nuestra relación con ese fenómeno que llamamos ‘tiempo’ ha resultado siempre problemática y asunto de reflexión para artistas, filósofos y científicos: Salvador Dalí hizo famosos sus ‘relojes derretidos‘, como una manera de expresar que el tiempo también puede correr de otras formas y Albert Einstein demostró que el tiempo y el espacio son relativos.

El novelista Thomas Mann se atrevió a decir que el tiempo se expande o encoge en función de las actividades variadas que desarrollemos: la monotonía tiende a convertir el tiempo en una materia fugaz y una vida llena de eventos convierte a los años en largos capítulos de vida.

Es claro que la cuarentena ha vuelto aún más problemático este asunto. La queja generalizada es que la obligación de mantenerse en casa, pero seguir laborando, ha generado la sensación de que somos cada vez más esclavos del trabajo.

El problema central es que cambió radicalmente nuestra relación con el factor tiempo. El ser humano no tiene un órgano del tiempo: es decir, un sentido que lo mantenga alerta sobre lo que ocurre con ese fenómeno misterioso. El reloj es apenas una de las ayudas que nos hemos inventado como especie para tener una noción de las cantidades de horas, minutos o segundos que destinamos a algo.

Muchas otras cosas conforman el tiempo: el cambio de actividades, los desplazamientos, las otras personas y los mismos espacios.

En plena cuarentena, todo ello cambió. Por eso es necesario entender cuáles son los factores que inciden.

Distancia vs. trabajo

El primer aspecto es estrictamente práctico: los tiempos de traslado entre la casa y el trabajo se están convirtiendo en jornada laboral o, cuando menos, en tiempo perdido, es decir, en horas que ya no aportan ninguna experiencia a las personas, ningún relieve distinto.

Si antes alguien salía a las 6 o 7 de la mañana de su casa para dirigirse al trabajo, destinaba los momentos previos para alistarse y salir y tenía una historia para contar que era su desplazamiento. Ahora, cualquier persona se arregla y, antes de pensar cualquier cosa, está lista enfrente del computador para ponerse a trabajar. Ese relieve propio del prólogo de la jornada laboral se perdió; esos minutos u horas se convirtieron en monotonía. Hacer deporte, leer, charlar o cocinar puede caracterizar esos momentos.

¿Moverse para qué?

Esto nos pone frente a una nueva realidad: qué es lo que vamos a hacer en el futuro acerca de esa necesidad al parecer natural de desplazarnos. Desde una perspectiva de la productividad, puede resultar siempre más práctico hacer las cosas desde casa, pero siempre y cuando ello no se convierta en un problema de salud física o mental: los desplazamientos ayudan a mantener la actividad del cuerpo, aguzan los sentidos y significa un ejercicio de desconexión para la mente. Eso demuestra que en la tarea de ir a la oficina no está en juego solo el criterio de productividad o eficiencia: se va al trabajo también porque el trabajador lo necesita. En una realidad en la que el teletrabajo se imponga es necesario comprender ello y adaptarse.

En el hogar se cruzan muchas actividades: trabajo, familia y hasta academia.

Establecer horarios

El ejercicio de poner límites al tiempo se daba naturalmente antes de la pandemia: el simple hecho de salir a almorzar o tomar onces era una frontera natural. Al desaparecer esa experiencia, en las circunstancias de confinamiento es necesario adquirir mayor inteligencia y disciplina para fijar horarios. Tal vez el principal problema que hoy tiene el teletrabajo es que la gente supone que, desaparecidos esos límites, todo el tiempo de estar despiertos es para laborar.

Límites de espacio

Hoy la mayoría de trabajadores están en un mismo espacio donde hacen todo: desde las labores diarias como empleado, pasando por las tareas de la casa, hasta la educación de los hijos o el deporte.

La clave es crear ámbitos: es decir, una serie de relaciones que tienen su relieve propio y se pueden distinguir. Por ejemplo, el ámbito del trabajo tiene un horario y está relacionado con el espacio donde realiza esa actividad: el cuarto de estudio, la biblioteca o la sala.

Nuevo contrato social

La marcada de tarjeta al entrar y al salir fue el símbolo de la relación entre trabajo y tiempo. Eso ha venido cambiando, pero es claro que se necesitan nuevas reglas. Muchas compañías como Ecopetrol ya establecieron, por ejemplo, que no se pueden convocar reuniones de 12 a 2 de la tarde ni los fines de semana. Es necesario retomar con claridad que los empleados pueden usar a discreción su tiempo a partir de una hora determinada.

Trabajo y gente

Todo lo que se experimenta en tiempos de cuarentena pone de presente que la “experiencia del tiempo” representa cambios orgánicos para las personas: el cerebro, la digestión, la respiración y el sueño se ven afectados por el simple hecho de que ya no salimos hacia la oficina. En consecuencia, si solo se fijan objetivos empresariales, es probable que las personas empiecen a afectarse, pues van a pasar más horas tratando de cumplir sus tareas. Los jefes, al ver que la gente responde, simplemente pondrán más tareas. Así las cosas, productividad no es el único criterio para pensar el uso del tiempo. Es necesario incorporar criterios como salud mental y física, es decir, definir objetivos en términos de bienestar para las personas.

Lo que está ocurriendo con la administración del tiempo de trabajo durante la pandemia nos demuestra que necesitamos de señales externas para poder hacer uso adecuado de las horas y los minutos. Si no se administra ello, pueden surgir problemas de salud que afecten a los trabajadores física y mentalmente. Esa es una lección que no se debe olvidar.

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