| 10/13/1998 12:00:00 AM

La gran aspiradora

Estados Unidos es hoy la gran aspiradora de talentos del mundo y la generadora de oportunidades. Puede parecer un refugio seguro, pero no es el paraíso.

Durante el debate acerca de la formación del Nafta (North American Free Trade Agreement), el millonario tejano H. Ross Perot expresó su oposición con una simple oración: "se escuchará el sonido de una gran aspiradora de trabajos que se van a México". De hecho, hoy sí hay una gran aspiradora pero no es México y no sólo aspira trabajadores poco calificados. Es Estados Unidos, en donde se acumula día a día una gran cantidad del talento y del espíritu empresario mundial.



Lo más sorprendente acerca de la economía estadounidense es su persistente dinamismo; su capacidad de crecer, innovar y mejorar el nivel de vida de su gente. Ese dinamismo surge de su habilidad para crear oportunidades, abrir espacios a los innovadores, tanto en las ciencias, los negocios o las artes. Esta gran cantidad de oportunidades motorizan la gran aspiradora estadounidense.



¿Pero acaso Estados Unidos es único por su capacidad de atraer a los mejores y más brillantes del mundo? ¿Otros países pueden imitarlo? De hecho, pueden y lo están intentando.



Lo que convierte a Estados Unidos en un increíble imán de la creatividad es el conjunto de instituciones que lo reglamenta. Esas instituciones aseguran que las oportunidades existan. Ponen un límite a la interferencia de los gobiernos en los mercados por medio de rígidas regulaciones o de impuestos altamente distorsivos.



Si bien es cierto que Estados Unidos puede parecer un refugio seguro en un mundo turbulento, no es el paraíso. Aún queda mucho por hacer para mejorar la competitividad y poder garantizar realmente la igualdad de oportunidades para los ciudadanos de menos recursos. Sin embargo, el punto es que no muchos otros lugares del mundo compiten con la seducción de Estados Unidos.



Quizás el mejor ejemplo de la importancia que tienen las instituciones en la creación de oportunidades es que muchos países, como Australia, Nueva Zelanda, Canadá, Argentina y Brasil, recibieron a comienzos del siglo XX tanto talento e inmigrantes laboriosos como Estados Unidos. Esto ayudó a que estos países treparan hacia la cima de la economía mundial.



Pero cuando comenzó la Gran Depresión, algunos de estos países adoptaron un conjunto de políticas que sobrerregularon y cerraron su economía, con lo cual limitaron las oportunidades de inversión y crecimiento. El resultado fue que se frenó la inmigración y eventualmente se revirtió el flujo. De hecho, las condiciones se hicieron muy negativas. Uno de los graffitti más populares en Argentina decía: "Hay una salida para Argentina: el aeropuerto" y otro respondía: "Yankis go home, pero llévenme con ustedes".



Afortunadamente, las condiciones han cambiado. Las reformas llevadas a cabo en Argentina desde 1990 incluyeron privatizaciones, desregulación, apertura de la economía, reforma impositiva y una mayor estabilidad en la moneda y en los negocios. Estas reformas cambiaron la marea. Hoy Argentina recibe un número significativo de inmigrantes, tanto de baja como de alta calificación laboral.



La desregulación, los mercados y el sistema impositivo son cruciales en la acumulación del capital. Donde surgen las oportunidades de inversión, se desarrollarán las empresas y surgirán hombres de negocios arriesgados y perspicaces.



No debemos olvidar que, después de todo, el capital humano y el capital físico son complementarios en el proceso de crecimiento, no sustitutos. El talento, los buenos trabajos y el avance personal florecerán donde el capital se puede acumular en forma rentable.



Es tan cierto que el crecimiento surgirá de la acumulación de capital humano como que las oportunidades de crecimiento proveerán mejores trabajadores y empresarios. Así se cierra un círculo virtuoso.



Las instituciones también son de gran relevancia en otro sentido. Allí donde los gobiernos imponen trabas y regulaciones, una enorme cantidad de oportunidades será eliminada. En su renombrado libro "El otro sendero", el escritor peruano Hernando de Soto demostró cómo la intervención del gobierno puede eliminar las oportunidades de desarrollo de pequeñas iniciativas. Estas son justamente la clase de empresas que innovan, desafían a las ya establecidas, renuevan la competencia y crean nuevos puestos de trabajo.



Más aún, cuando los gobiernos intervienen demasiado, se distorsionan los incentivos para una asignación eficiente del talento humano. En vez de concentrarse en innovar o desarrollar nuevos negocios, muchos individuos talentosos y que tomarían riesgos redirigirán su atención y su tiempo a la búsqueda improductiva de rentas. Crecientemente, las mentes brillantes se convertirán en burócratas o lobistas. Los empresarios creativos usarán su escaso tiempo para conseguir protección para su industria y favores del gobierno, y adoptarán estrategias financieras puramente defensivas.



Si el ambiente institucional fuera un poco más libre, se inclinarían más hacia las ciencias, la ingeniería, los negocios, las finanzas u otras actividades creadoras de riqueza y no simplemente redistributivas.



Es obvio que las instituciones económicas no son las únicas que importan. La libertad y los derechos civiles deben ser soberanos para que se pueda desarrollar el capital humano. En un entorno opresivo, nada puede lograrse que sea sostenible en el tiempo. Es esta combinación de libertades políticas y económicas la que hace tan atractivo el coctel estadounidense.



Pero los ingredientes no son exclusivos de Estados Unidos. La mezcla se puede emular e incluso mejorar. Aquellos países que lo hagan se beneficiarán con mayor crecimiento y poblaciones enriquecidas. Evidentemente, aquí hay una lección que los gobiernos de los países emergentes deberían aprender.

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