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| 2/12/2019 5:24:00 PM

"No tenemos nada": el grito de auxilio en la frontera con Venezuela

Maduro se niega a aceptar la asistencia enviada a Cúcuta a solicitud de Guaidó, por considerar que se trata de "un show" que desencadenaría una intervención militar de Washington. Su adversario, en tanto, pide a la Fuerza Armada dejar pasar los cargamentos y este martes, frente a una multitudinaria manifestación en Caracas, fijó el 23 de febrero como fecha para que ingresen "sí o sí".

"Soy enfermera y por mis pacientes exijo el ingreso de ayuda humanitaria", decía un cartel en la motocicleta de Francis Durán en Ureña, población venezolana fronteriza con Colombia, donde cientos pidieron este martes abrir paso a medicinas y alimentos de Estados Unidos.

"Hoy la situación es crítica, terrible, porque no tenemos nada. Ni guantes, ni gasas, ni medicamentos", comentó a la AFP Durán, de 34 años, enfermera del hospital de San Antonio.

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Ureña es epicentro de la pugna por el ingreso de la ayuda humanitaria entre el gobierno de Nicolás Maduro y el opositor Juan Guaidó, jefe del Parlamento reconocido como presidente interino por medio centenar de países.

Allí se ubica el puente de Tienditas, que comunica a esa localidad con Cúcuta (Colombia) y fue bloqueado la semana pasada por militares venezolanos.

Maduro se niega a aceptar la asistencia enviada a Cúcuta a solicitud de Guaidó, por considerar que se trata de "un show" que desencadenaría una intervención militar de Washington.

Su adversario, en tanto, pide a la Fuerza Armada dejar pasar los cargamentos y este martes, frente a una multitudinaria manifestación en Caracas, fijó el 23 de febrero como fecha para que ingresen "sí o sí".

Vistiendo su uniforme de enfermera, unida a una caravana de motos que escoltaba la marcha opositora en Ureña, Francis expresó que la ayuda "es una necesidad", más allá del pulso por el poder en el país petrolero.

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Relató como ejemplo que hace unos días una niña de 11 años debió ser trasladada de emergencia a Cúcuta por falta de sangre para una transfusión.

"Queremos salvar vidas", dijo por su parte Fanny Álvarez, estudiante de enfermería de 20 años que caminaba con los manifestantes pidiendo "soluciones" ante la escasez de medicinas e insumos.

"No hay medicinas, guantes ni algodón, pero sí hay bonos para la corrupción", se leía en una pancarta escrita a mano que llevaba la madre de la joven, que la acompañaba en la movilización.

Imposible hacer más

La primera fase de la asistencia norteamericana incluye alimentos, productos de higiene y medicinas de "emergencia" para atender hasta a unas 39.000 personas por entre 10 y 90 días, según la embajada estadounidense en Colombia.

Francis lamenta tener que mandar a los pacientes a comprar medicinas que solamente pueden conseguir cruzando al país vecino, en medio de la devaluación de la moneda local y la hiperinflación.

La escasez de medicamentos en Venezuela ronda 85%, según organizaciones de derechos humanos críticas del gobierno, que de su lado la vincula con las duras sanciones financieras de Washington.

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"Uno a veces quisiera darles una platica y ayudarlos (...), pero con lo que ganamos a duras penas nos podemos mantener nosotros mismos", señaló Francis.

Con más de diez años de experiencia, gana el salario mínimo: 18.000 bolívares (unos seis dólares) que se pulverizan a diario con una inflación que el FMI proyecta en 10‘000.000% para 2019.

Mientras la oposición marchaba, el gobierno mantuvo operativos de distribución de medicamentos iniciados el lunes frente al puente de Tienditas. Analgésicos, antibióticos y antiinflamatorios son entregados gratuitamente.

El puente iba a estrenarse en 2016, pero el cierre de la frontera de 2.200 km -ordenado por Maduro a finales del 2015 y levantado meses después- retrasó su apertura. Aunque aún no ha sido inaugurado, reportes de prensa lo señalan como una vía de entrada de la asistencia gestionada por Guaidó.

"Sería una bendición del cielo que esa ayuda entrara", comentó Ana Sánchez, de 72 años, que marchó con una cruz y una bandera de Venezuela.

Tensiones y controles

A los reclamos en el lado venezolano se sumaba la tensión que se sentía en los alrededores de Cúcuta: vallas de seguridad, cadenas de mensajes amenazantes, efectivos antimotines y una mayor presencia y control de la guardia bolivariana.

Mientras que las autoridades colombianas atendían las habituales filas de personas que buscan cruzar el viejo puente Simón Bolívar, otro de los que une a las dos naciones, en el lado venezolano se podía observar un reforzado dispositivo de control de la Guardia Nacional Bolivariana.

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"Cuando venía con mi hijo nos tocó correr para entrar, porque estaban cerrando con vallas amarillas para que se colocaran todos los antimotines" venezolanos, afirmó Angie Díaz, de 33 años, ya del lado colombiano.

Esta ama de casa, que vive en San Antonio y a diario lleva a su hijo de nueve años a una escuela en Colombia, aseguró que en su ciudad circulan mensajes por redes sociales que "intimidan" e invitan a no sumarse a las protestas, para "que no les caigan los colectivos".

Estas organizaciones comunales son vistas como leales al chavismo, aunque la oposición los denuncia como un brazo armado del gobierno.

Hay "un ambiente tenso", declaró.

Por el Simón Bolívar el flujo de gente era incesante. En los últimos días han ingresado a diario en promedio unas 40.000 personas por la estructura, una leve alza respecto a las semanas anteriores, según Migración Colombia. La mayoría regresa a Venezuela.

Están con "la cuestión de que aquí va a pasar algo", dijo Andrea Barberi, una joven venezolana que se desplaza a diario para trabajar en Cúcuta. Afirmó también haber notado más "nerviosismo" entre la guardia venezolana.

* Con información de AFP.

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