| 10/26/2017 8:36:00 AM

Dirigir es decidir, decidir es descartar y descartar es doloroso

Mi propia experiencia, primero como directivo y, luego, como profesor de escuela de negocios en Inalde Business School me ha enseñado que el proceso de toma de decisiones en nuestra vida y en la organización es el eje medular de la tarea directiva.

Si pensamos un momento en lo que hoy somos y hacemos, podemos constatar en nosotros mismos el resultado de las buenas o malas decisiones que hemos tomado. Basados en este hecho, el fundamento para dirigirnos y para dirigir personas y organizaciones se apoya en nuestra capacidad para tomar decisiones acertadas. Por esto, Peter Drucker señala que el resultado final de un directivo son sus decisiones.

El problema radica en que no somos muy conscientes del proceso de toma de decisiones y, por muchas circunstancias, terminamos tomando decisiones inconscientemente o a partir de sesgos en la decisión misma. Por ejemplo, ¿cuántas veces decidimos una estrategia de crecimiento sin estar preparados o sin contar con los recursos necesarios? O, en otro caso, ¿cuántas veces tomamos una decisión persuadidos por una animadversión hacia alguien o por razones de ego y búsqueda de reconocimiento? Hay muchos ejemplos de malas decisiones por falta de un razonamiento lógico y ajustado a la realidad o por el autoengaño que surge de los sentimientos y las emociones en el acto de decidir.

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El otro problema radica en que no nos damos cuenta de que cada decisión implica una renuncia, o sea, descartar algo. Por lo general, todas las decisiones importantes en la vida y en las organizaciones conllevan a clausurar múltiples alternativas que tenemos antes de decidir y eso cuesta porque por naturaleza queremos tenerlo todo. Muchas veces, la clave para decidir cuando hay múltiples alternativas es preguntarnos cuáles son nuestros objetivos, ya que estos trazan el camino a la hora de elegir. Por ejemplo, si elegimos una carrera universitaria o un trabajo, entonces, estamos renunciando a otras posibilidades con el uso de nuestro tiempo. Lo paradójico es que, sin darnos cuenta, muchas veces terminamos con muchos objetivos que se convierten en contradictorios entre sí. Por ejemplo: anhelamos ascensos y crecer en una carrera corporativa y, al mismo tiempo, queremos más flexibilidad de horarios para nosotros y más posibilidades de dedicación a la familia.

¿Cómo decidir bien?

El proceso de decisión se enfrenta a buenas y malas noticias. Las buenas: es algo que podemos aprender. Las malas: no se aprende leyendo libros ni asistiendo a cursos. Por el contrario, es una práctica que se desarrolla con nuestro ejercicio y práctica en el día a día.

Todo proceso de decisión cuenta con tres pasos centrales. El primero es el diagnóstico de la situación. Este incluye, en términos generales, contar con información y, en términos específicos, evaluar el problema, definir las alternativas, prever las consecuencias y, sobre todo, establecer criterios y objetivos de quien toma la decisión. De igual modo, en este paso se requiere preparar el terreno (la organización) y a las personas que son objeto de la decisión.

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El segundo paso consiste en decidir, el cual implica ser conscientes de que toda decisión genera unas consecuencias para alguien. Por este hecho, es muy importante comunicar lo decidido, como también asegurar una base de poder a la hora de decidir, o sea, una gobernabilidad que nos permita que las decisiones tomadas sean acatadas y ejecutadas sin reparos.

El tercer paso consiste en ejecutar lo decidido: poner por obra, bien sea nosotros mismos o por medio de otras personas. Esto implica observar el comportamiento de la decisión en la ejecución para tener una retroalimentación de la realidad y de esta forma ajustar la decisión y adecuarla a la realidad.

No obstante, lo que marca y asegura el tono de una decisión son los objetivos del decisor, así como sus criterios. Por ejemplo, una persona quiere ascender a un puesto en su nueva empresa. Esto implica un traslado de ciudad, pero, al mismo tiempo, su esposa le da la noticia sobre su embarazo y que, además, requiere quedarse en casa y no moverse. En este caso, los criterios de decisión de carrera profesional versus estabilidad matrimonial son los que marcan qué tipo de decisión se puede tomar.

Conclusión

La tarea principal de un directivo es desarrollar la habilidad de tomar decisiones de manera consciente y metódica. Al comienzo es como aprender a montar en bicicleta, pero con la práctica se desarrolla la habilidad de pensar a conciencia los pasos que debemos seguir ante una decisión. Muchas veces la mejor decisión es no decidir por falta de información o por precipitud. De igual modo, en ocasiones debemos tomar decisiones antes de que la vida y la realidad las tomen por nosotros.

Por último, la mejor manera de hacer una prueba ácida consiste en llevar a cabo un inventario de las decisiones (buenas y malas) que hemos tomado en nuestra vida y recordar cómo fue el proceso antes de tomarlas. Este ejercicio nos ayudará a descubrir que podemos desarrollar aún más nuestra propia capacidad de tomar mejores decisiones.

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