| 1/24/2018 12:01:00 AM

La corrupción y la evasión de las responsabilidades

¿Realmente creemos que la responsabilidad se evade “porque solo fue una vez”, “lo hice con la mejor intención”, “la ley no dice nada sobre eso” y “los demás lo hacen”?

Para ser corrupto no se necesita solo ser político ni robarse miles de millones de dólares del erario. En cierta forma, la corrupción es casi un estilo de vida de quienes sienten que no deben responder por nada ni ante nadie por las cosas que hacen o dejan de hacer. Y es una semilla que crece en las personas que empiezan a actuar así porque creen que “eso no tiene nada”, “es solo por esta vez” y una larga lista de excusas, detrás de lo cual se genera una forma de pensar que explica por qué, una y otra vez, portarse incorrectamente hasta convertirlo en un hábito para el cual siempre tiene una justificación.

Como dice el diccionario de la Real Académica (RAE), la corrupción es una “práctica consistente en la utilización de las funciones y medios de las organizaciones, especialmente en las públicas, en provecho, económico o de otra índole, de sus gestores”. Pero sus gestores no llegan ahí de la nada. Alguien más los coloca en lugares idóneos para dicha práctica, muchas veces a cambio de una “tajada”.

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¿Por qué nos asombramos de vivir en una cultura del mínimo esfuerzo, de atajos y salidas fáciles y de tolerancia recurrente con el mal comportamiento en sociedad? ¿Por qué solo nos sorprendemos cuando cae el corrupto que ya tiene en su bolsillo (y el de sus familiares) miles de millones de pesos de nuestros impuestos, pero no condenamos sus excéntricas actuaciones previas? Esa gente no comenzó su carrera delincuencial el día en que descubrieron su desfalco al Estado. Hasta para esto se requiere ser “profesional”, en el mismo sentido que señala la RAE: “que practica habitualmente una actividad, incluso delictiva, de la cual vive (…) y la ejerce con capacidad y aplicación relevantes”. Y para ello se requiere un hábito que se profundiza con cada pequeña actuación justificada desde muy joven.

¿Que no existen delitos de sangre, como insiste Aurelio Iragorri para justificar que el Partido de la U dé el aval para las elecciones a las familias de Musa Besaile y el Ñoño Elías? Hace un par de años escuchaba a un colega hablar de una familia de políticos con la que debió convivir con cierta frecuencia en clubes, restaurantes u hoteles, donde los hijos más jóvenes de esa familia se comportaban de una manera lamentable. Estos muchachos eran el vivo reflejo de quien abusa de su poder por el solo hecho de tenerlo. Igualmente sucedía con el hijo de un poderoso corrupto, hoy en día prófugo en Estados Unidos para no responder por desfalcos al Estado, quien –decían sus compañeros y profesores en la universidad donde estudiaba- se comportaba como hijo de narco: vago, indolente y grosero, incapaz de terminar su carrera profesional por su poca voluntad para esforzarse, creyendo que su apellido todo lo podía.

El día que los atrapan se niegan a asumir cualquier responsabilidad de los hechos que les imputan, mientras enseñan lo mismo a sus hijos, empleados o cualquiera sobre quienes pueden influir.

Pero no nos engañemos. El camino a la corrupción no solo está pavimentado de buenas intenciones, sino de cientos de pequeñas decisiones a las que les buscamos una excusa para justificar portarnos incorrectamente. ¿Qué argumentos sirven típicamente a quien desea evadirse de una responsabilidad que sí debe asumir?

  1. Racionalizaciones: usar argumentos que aparentemente justifican lo que se hace, con tal de defender la propia postura, pero que ocultan el desinterés por buscar alternativas y reconocer la intención, inconfesable y verdadera, detrás de un acto. Así, se escudan en haber actuado “sin culpa”, “con la mejor intención” o “porque las circunstancias lo ameritaban” o “era solo por esta vez”.
  2. Tecnicismos jurídicos: “La ley no dice nada sobre eso; puede interpretarse de otra forma dado que no lo han aclarado”.
  3. Órdenes superiores: como demostró Stanley Milgram hace 50 años, argumentos como “solo cumplía órdenes” y “mi superior dijo que él asumía toda la responsabilidad” sirvieron a muchos nazis para participar activamente del holocausto judío.
  4. Comportamiento generalizado: demostrado por Salomon Asch en los años 50, un 65% de la gente considera justificable replicar lo que ve hacer a otros, bajo el argumento de que “eso no tiene nada, todo el mundo lo hace” y, por tanto, cree que “lo frecuente” se convierte en “normal”.
  5. Ejemplo de la autoridad: demostrado por Kurt Lewin en los años 30, ver lo que hacen los superiores (padre o jefes) estimula su réplica hacia abajo, pues “si X lo hace y es el jefe, ¿por qué yo no?”
  6. Cumplimiento con la tarea: lo que denominó Philip Zimbardo como “el efecto Lucifer”, a partir del famoso experimento de la prisión de Stanford (1971), lleva a creer que el abuso del poder se justifica mientras “sola cumpla con mi trabajo, pues hacer otra cosa no hace parte de mis funciones” o en función de lo que la evaluación de desempeño y el sistema de premios o castigos premie u omita.
  7. Posiciones maquiavélicas: prima en alguien que piensa que “aun sin ser la manera más correcta de hacer las cosas, es necesario proceder así para lograr el objetivo”, pues “el fin justifica los medios”.
  8. Ignorancia culpable: es la que asume alguien, típicamente un superior o un socio que, debiendo ejercer un control y dar lineamientos de actuación, percibe los beneficios de las actuaciones incorrectas de otros, pero no asume los medios que estos utilizan bajo la excusa de que “yo delegué el tema, ¿por qué me culpan a mí si yo no sabía que lo estaban haciendo de esa manera?”.
  9. Cuestionar a los acusadores: es el que piensa que “¿quién es X para decir que lo que yo hago está mal? Hay gente que hace cosas peores”.

No podemos dejar de tener en cuenta que hay factores que afectan los grados de responsabilidad (falta de formación, insensibilidad social, ignorancia o inadvertencia del mal que se está causando y sus consecuencias, o la falta de voluntariedad frente a la acción). Pero esto no aplica para muchos corruptos que no solo saben lo que hacen, sino que intentan destruir las evidencias, callar a sus delatores y evadir cualquier posible reparación por sus faltas, empezando por devolver lo ilícitamente obtenido y aceptar el castigo justo por sus delitos.

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