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Nacer, comer y vivir en la frontera

¿Cómo pasan el día los cucuteños y venezolanos del lado colombiano en una frontera que está a la espera de la caída del régimen?

Todavía con el delantal y el gorro de tela que utiliza para servir almuerzos en un comedor comunitario, Élida recuerda aquella vez en la que cruzó la frontera entre Colombia y Venezuela con su nieta de 4 años. Una vez en Cúcuta, le ofreció una arepa frita a la niña que le respondió con una pregunta: “abuelita, ¿aquí hay aceite?”.

Élida no supo lo que era una escasez cuando era niña y el recuerdo de su nieta casi la hace llorar cada vez que lo cuenta. Ella, su hijo y sus otros nietos se quedaron en Venezuela mientras la valiente abuela se estableció en Cúcuta mientras pasa la tormenta.

Sin embargo, dice que casi no come: “Se te quita el hambre, mira esos platos tan grandes y mientras tanto ¿qué estarán comiendo mis nietos? ¿Y mi hijo que queda vivo? ¿Y mis hermanos, primos, el resto de mi familia?”.

Como tantos otros venezolanos, sueña con volver a su país cuando ya no esté Nicolás Maduro en el poder, para convertirlo en el lugar de sus recuerdos: esa Venezuela próspera en la que no les faltaba nada, no había filas para comprar la comida “que toca y para la que alcanza porque no hay más” y los extranjeros llegaban atraídos por la prosperidad, para hacer una vida mejor.

Y mientras Élida cuenta cómo llegó de Venezuela y cómo su familia también ha sufrido incluso la muerte por el régimen chavista, a su alrededor varios jóvenes coterráneos suyos juegan y hacen bromas mientras almuerzan después de servir como voluntarios en el mismo comedor que acogió a Élida y en el que cada día se entregan cerca de 6.000 platos de comida.

A media hora de camino, en el hospital Erasmo Meoz, espera pacientemente Marie, que 7 días antes del cierre de la frontera cruzó uno de los puentes que dividen a Norte de Santander y Venezuela junto con su esposo para dar a luz a su segunda hija. En Venezuela, su abuela cuida de su hija de 5 años.

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Marie tenía pensado volver tan pronto como su salud y la de su bebé se lo permitieran, una vez superara las difíciles primeras semanas después del parto. Ahora no sabe cuándo podrá volver a reunir a su familia y planear “con más responsabilidad” la migración hacia Colombia.

Esta madre de 28 años sabe que sus hijas no tendrán en Venezuela la calidad de vida que ahora les ofrece Colombia y está dispuesta a trabajar, sabe que tiene mucho por aportar al país que la reciba mientras mejora el suyo. Sabe que la solución no es pedirlo todo regalado sino trabajar para construir futuro.

Como ella, otras 20 mujeres en embarazo esperan su turno para que un equipo de médicos asista sus partos. Más de la mitad son venezolanas, cruzaron la frontera porque en los hospitales de su país ya no atienden a nadie gratis y la cuenta supera los mil dólares, sin garantía de salir de allí vivas y con sus bebés en brazos.

Marie explica que solo las mujeres que tienen familiares o buenos contactos con el Gobierno o el sistema oficial pueden estar tranquilas pues no tendrán que pagar por una buena atención. A las demás, les cobran US$300 por el tiempo de atención del especialista, otros US$300 por utilizar los espacios de la clínica y lo que cobren el anestesiólogo y el instrumentista.

Además, cada mujer debe llevar una larga lista de instrumentos que los médicos utilizarán para atenderlas. En el caso de Marie, por ser cesárea, la lista era mucho más larga y le cobraban US$250 por “el kit completo” o 600.000 bolívares fuertes por apenas 6 ítems de la lista.

Usar el sistema de salud pública es impensable. A cada mujer le dan un bono de 600 bolívares fuertes por “censarse”, que no alcanzan para mucho.

Aquí esas mujeres y sus hijos reciben atención sin mayores costos pues el sistema de salud pública del país garantiza por lo menos la promesa de pago a los hospitales que les atienden, como el Erasmo Meoz que contabiliza deudas de la Nación cercanas a $38.000 millones, de los $42.000 millones que se habían registrado en facturación hasta el 31 de enero de este año.

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Juan Agustín Ramírez, gerente del hospital, exige la ayuda del Gobierno. Pide que se materialicen todas esas promesas por las que ha asistido a reuniones con ministros, altos funcionarios y representantes de organizaciones internacionales. Sin recursos, el único hospital de Cúcuta de nivel 2 y 3 tendrá que cerrar sus puertas un día ojalá lejano, porque no tendrá para pagar los salarios a sus trabajadores.

Nacer en el Erasmo Meoz

El Hospital Universitario Erasmo Meoz tiene una capacidad instalada de 75 camas en el servicio de urgencias. Ahora, es usual que este sector del hospital deba atender cerca de 140 pacientes.

El gerente Ramírez destaca que “desde el 19 de septiembre de 2015 comenzamos a ver un crecimiento inusitado de pacientes (...) siempre por la frontera abierta lo que veíamos eran accidentes de tránsito pero ahora vemos patologías parecidas a las nuestras, que no veíamos en los venezolanos que llegaban acá”.

El incremento de los pacientes que debe atender el Erasmo Meoz, como hospital de frontera y el único de nivel 2 y 3 en Norte de Santander, ha presionado sus cuentas.

“Obviamente el presupuesto está calculado para la capacidad instalada y eso nos ha traído serios problemas de infraestructura, desarrollo tecnológico y físico. Hemos hecho un sacrificio inmenso para mantener al día a los trabajadores y proveedores y en general lo que tiene que ver con la operación corriente”, agrega el gerente.

Para mantener las cuentas al día, el hospital dejó de lado los proyectos para ampliar y mejorar la capacidad instalada de sus tres segmentos clave: urgencias, quirófanos y la sala de partos.

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Por esta razón, Ramírez pide al Gobierno que cumpla las promesas del ministro de Salud, Juan Pablo Uribe, que el 23 de febrero pasó una buena parte de la jornada en el hospital y prometió aprobar con agilidad el proyecto de ampliación del servicio de urgencias.

El funcionario también se comprometió, mediante el Superintendente de Salud, a lograr que una EPS le pague al Erasmo Meoz los $32.000 millones que le debe y a que una farmacéutica done durante 3 meses los medicamentos e implementos necesarios para la correcta operación.

Pero “si la situación sigue empeorando en Venezuela, vamos a seguir viendo el aumento exponencial de venezolanos en nuestro servicio”, advierte el gerente y recuerda que a la situación internacional deben sumarse las dificultades propias del sistema nacional de salud.

Saber comer

La capital de Norte de Santander también se ha convertido en zona de comedores comunitarios, que como la Casa de Paso La Divina Providencia asegura por lo menos una o dos raciones diarias de comida para los migrantes.

Esta casa de paso entrega cada día cerca de 8.000 raciones entre desayunos y almuerzos, con apoyo de Acnur, el Programa Mundial de Alimentos, donaciones que llegan a la diócesis de Cúcuta y la “caridad de los feligreses”.

Jean Carlos Andrade, coordinador de la casa, explica que esta abre sus puertas a las seis de la mañana, inician con una oración de 15 minutos y durante las siguientes dos horas se reparten desayunos.

Tan pronto terminan este trámite, pasadas las ocho de la mañana, los cocineros empiezan a preparar los almuerzos ya con el comedor otra vez desocupado y dos horas después, repiten la rutina.

Andrade señala que una de las órdenes del comedor es “no dejar a nadie sin comer; entonces, a veces, así sea atún con pan se les da”, máximo hasta las 2 de la tarde.

La casa funciona con cerca de 1.200 voluntarios mensuales, que se reparten para que cada día 100 venezolanos y cucuteños atiendan a los migrantes que llegan pidiendo una ración de comida.

Pero el comedor también se ha encargado de otras labores como medir la talla y peso de los niños que llegan allí, muchos de ellos con signos evidentes de desnutrición.

Otros han corrido con la suerte de ser contratados por el comedor, ya que organizaciones internacionales, como el Programa Mundial de Alimentos, les aseguran un pago mensual y el mismo comedor les ofrece comida para que puedan llevar a sus casas.

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La ciudad que nadie espera

Pese a ser “el centro de la noticia” por estos días, Cúcuta es una ciudad tranquila. Cualquier desprevenido podría pensar que está ubicada a varias horas de la frontera con Venezuela. Casi no se ven los migrantes pidiendo monedas en los semáforos o limpiando vidrios, como tanto se ha hablado.

Sus habitantes dicen que la razón es que el nuevo Gobierno, para recompensar que Norte de Santander le votó masivamente, envió mucha más Policía a la zona y le “jaló las orejas” a Migración Colombia para que controlaran a los inmigrantes ilegales.

“Así como antes se veían los camiones de los militares que se llevaban a los muchachos, así pasa ahora con el que no tiene documentos. Los policías te paran en la calle, te piden papeles y si no los tienes, te suben al camión para deportarte”, explica un taxista que juega al guía turístico.

Hace tres años que la ciudad cambió con el primer cierre “definitivo” de los pasos fronterizos, así que ya los nuevos anuncios de Nicolás Maduro poco afectan la actividad de Cúcuta.

La razón, dicen los cucuteños, es que dicho cierre obligó a los colombianos a acabar de tajo con el contrabando de gasolina que compraban a bajo precio en Venezuela para transportar y vender en pimpinas del lado colombiano.

En su reemplazo, llegó a la ciudad la fabricación y comercio de calzado -con lo que Bucaramanga perdió el liderato en esta actividad-, entre otras actividades comerciales.

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A solo unos minutos de la renovada ciudad, tres puentes que comunican a Colombia con Venezuela esperan a que pase algo para que, como hace años, la gente camine de un lado para el otro para hacer compras, negocios, estudiar o simplemente dar un paseo.

Desde el sábado 23 de febrero, cuando el intento de llevar comida e insumos médicos al vecino país derivó en el cierre total de la frontera y se registraron más de 40 heridos, los alrededores de los puentes viven una tensa calma.

Del lado colombiano se quedaron muchos venezolanos que solo querían pasar con los insumos a su país y terminaron atrapados en Cúcuta. En la capital de Norte de Santander, la vida sigue con los migrantes ya adaptados a la vida de la ciudad pero atentos al destino de su país y los familiares que dejaron del otro lado del río.

El día a día seguirá llevándose los pesares de unos y trayendo oportunidades para otros, mientras en otras ciudades se define el futuro de toda Venezuela.

 Cúcuta aprendió hace más de 3 años a vivir sin interacción con Venezuela y hay quienes incluso aseguran que el cierre fronterizo la impulsó.

 Cúcuta aprendió hace más de 3 años a vivir sin interacción con Venezuela y hay quienes incluso aseguran que el cierre fronterizo la impulsó.

Juan Agustín Ramírez es el gerente del Hospital Erasmo Meoz. Cada día se dedica a vigilar su buen funcionamiento y lograr que sobreviva con sus pocos recursos.

El Erasmo Meoz había antendido 25.000 venezolanos hasta el 31 de enero de este año.

Hoy el 58% de las mujeres que dan a luz en este hospital provienen de Venezuela. 

Muchas de ellas volverán a su país tan pronto acabe su periodo de recuperación

Jean Carlos Romero fue atendido luego de recibir en su ojo un perdigón disparado por la Guardia Nacional Venezolana el 23 de febrero. El sistema público de salud en Colombia cubrirá todos sus gastos.

Cada día, 120 voluntarios entregan 8.000 raciones de comida a venezolanos en uno de los comedores comunitarios de Cúcuta.

Élida sueña con volver a su país y compartir el resto de sus días con su familia. Mientras espera, ayuda a repartir alimento a sus compatriotas.

 El comedor Casa de Paso la Divina Providencia inicia labores a las seis de la mañana y cierra a las dos de la tarde.

El pago que reciben los voluntarios del comedor es en especie: pueden alimentarse allí y llevar más raciones para sus casas.

EDICIÓN 562

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