| 6/7/2018 12:01:00 AM

Colombia lleva dos décadas "doradas" en política económica

El país está cerrando dos décadas doradas en materia de política económica. ¿Qué está en juego ante la inminencia de un nuevo gobierno?

En 2018 se cumplen 20 años del inicio de la más grande crisis económica que haya enfrentado el país. Entre 1999 y hasta 2002, Colombia agravó todos sus síntomas: déficit externo, déficit fiscal, desempleo y pobreza alcanzaron sus máximos históricos; tanto el aparato productivo como la misma sociedad colombiana quedaron sumidos en una profunda depresión.

Desde entonces y hasta la fecha, desde una perspectiva macroeconómica, el país ha adelantado un enorme esfuerzo por recuperar el terreno perdido; el balance parece ser más que positivo. Es posible concluir que Colombia ahora mismo está cosechando los frutos de lo que podría ser llamado "El Dorado" de la política macroeconómica. Ello ha sido posible por cuenta de una mezcla de decisiones fiscales sanas (aunque intermitentes), mecanismos eficaces de ajuste frente a grandes choques externos y munición macroeconómica suficiente para mantener a raya las presiones inflacionarias. El resultado ha sido 20 años de moneda sana y fortalecimientos institucional en torno de este principio. Nadie puede pelear contra la evidencia.

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Aterrizajes suaves

Solo dos ejemplos. En 2008, el mundo recibió el duro choque de la mayor crisis financiera planetaria de que se tuviera memoria. En los países desarrollados la declaratoria de quiebra de grandes y tradicionales compañías industriales así como de las más poderosas entidades financieras era el menú del día. Elevados déficit en cuenta corriente y las finanzas públicas eran acompañados por tasas de desempleo históricamente altas, que en casos como el de España y Grecia superaron el 25%. Estados Unidos no fue la excepción. Durante 2008 y 2009 tuvo dos años seguidos de recesión (0,3% y 2,8%, respectivamente) lo que llevó el desempleo a un nivel histórico de casi 10%.

Contrario a esa tendencia mundial, Colombia aterrizó suavemente y la desaceleración llegó a 1,7% en 2009. Por primera vez desde la crisis de 1999, la política económica en Colombia tuvo un impacto contracíclico: las intervenciones de las autoridades moderaron las tendencias y eso permitió ascensos aceptables y evitó caídas vertiginosas del producto.

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Desde mayo de 2006 hasta julio de 2008, justo antes de que se desbaratara el aparataje financiero mundial, la Junta del Emisor inició un proceso de aumento en la tasa de interés de intervención que la llevó desde 6,25% hasta 10%. Producto de esa decisión, la economía se desaceleró, sin entrar en recesión. El proceso de política para frenar la economía terminó justo antes de que se diera la caída de la firma Lehman Brothers y el inicio de una crisis mundial cuyos ecos todavía resuenan.

Cuando la debacle era inminente, las autoridades colombianas dieron paso a un proceso de reducción en los intereses, llevándolos a 3%; entonces ya era mayo de 2010 y, mientras el dominó mundial caía, Colombia recibía una pipeta de oxígeno de su política económica. El país logró crecer a 6,6% en 2011.

Luego vino el gran choque petrolero que empezó de manera contundente en agosto de 2014 y que se llevó por delante ingresos fiscales por cerca de $22 billones anuales. Tanto el ministro de Hacienda, Mauricio Cárdenas, como el gerente del Banco de la República, Juan José Echavarría, han señalado que este es el más duro choque externo que haya tenido que administrar Colombia a lo largo de su historia. Si el país no hubiera contado con los mecanismos efectivos de ajuste, ese impacto habría significado una recesión más grave que la que enfrentó en 1999. Prueba de ello es lo que pasó en otros países de la región. Brasil tuvo dos años seguidos (2015 y 2016) de recesión de 3,5%. En esos mismos dos años, Ecuador creció 0,1% y tuvo un recesión de 1,6%, respectivamente. Argentina, desde 2012 ha sufrido una verdadera montaña rusa en materia de crecimiento.

Visto este panorama, es claro que el choque externo afectó a todos los países y Colombia ha estado en un exclusivo club de países donde están Perú, Bolivia y Chile, que no padecieron recesiones.

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Por eso vale la pena preguntarse qué es lo que está en juego ahora mismo. El tremendismo se adueñó de la contienda electoral y de ambas campañas salen mensajes sobre la necesidad de enmendar el rumbo. Esa premisa, en el caso de la política macroeconómica, no es cierta.

La estrategia de inflación objetivo y la liberalización del tipo de cambio (decisiones ambas adoptadas en el marco de independencia del Banco de la República) son dos de las instituciones insignias de la política económica en Colombia.

Esto ha estado acompañado de una política fiscal consistente, aunque sin lugar a dudas insuficiente. Las medidas de ajuste en los entes territoriales, las reformas tributarias, el nuevo marco para el Sistema General de Participaciones (SGP) y la regla fiscal han sido anclas que han impedido un desmadre en otro de los balances macro: el fiscal. Allí tanto el Gobierno como el Congreso han jugado un rol clave.

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Sin lugar a dudas en este frente es donde hay más trabajo por hacer: la necesidad de imprimirle más progresividad al régimen tributario, reduciéndo la inequidad, es uno de los argumentos que hace inaplazable un debate sobre una reforma tributaria estructural; otros ajustes fiscales pueden darse como el propuesto al SGP, cuyas líneas generales el gobierno Santos va a dejar sobre la mesa.

Lo ocurrido en Colombia durante los últimos 20 años, desde esta perspectiva, es un caso de éxito. El país cuenta con mecanismos eficaces al servicio de su bienestar macro.

Por eso es necesario hacer un llamado a los dos candidatos para que moderen sus posturas en este frente y reconozcan lo que es hoy uno de los más importantes activos de la sociedad colombiana: lo que el país necesita es seguir el rumbo que ha traído en las últimas dos décadas. La cultura de responsabilidad fiscal y la moderación monetaria son las claves del éxito. En eso no se puede dar marcha atrás. Por el contrario, hay que construir sobre lo construido.

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