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Opinión

  • | 2018/08/02 00:01

    Ya estamos advertidos

    La economía bajo el nuevo gobierno no solo será el continuismo de la ortodoxia neoliberal y de derecha que mantuvo el Dr. Santos, sino viraremos aún más hacia el extremo de ese modelo.

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Los nuevos nombramientos ministeriales son en su mayoría técnicos o novatos ajenos al sector público, sin figuración particularmente reconocida como voceros de políticas partidistas. Esto hace imposible opinar sobre un gobierno que aún no comienza; pero sí se puede analizar lo que de él se conoce, como es el caso de quien ya ocupó la cartera de Hacienda, el Dr. Carrasquilla, lo cual como precedente nos ilustra bastante sobre lo que nos espera.

La dirigió bajo el gobierno de Álvaro Uribe y su cercanía con el expresidente muestra tanto su orientación ideológica como su afinidad con la forma como se ejerció el gobierno.

Sabemos que en materia económica elaboró la cartilla de propuestas que presentó el Presidente electo y tenemos experiencia de cómo la aplica.

Estamos por tanto advertidos: la economía bajo el nuevo gobierno no solo será el continuismo de la ortodoxia neoliberal y de derecha que mantuvo el Dr. Santos, sino viraremos aún más hacia el extremo de ese modelo.

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Vale comenzar por entender el modelo en su forma más escueta: se asume que el mercado libre con la globalización presenta una demanda infinita; que por lo tanto el desarrollo del país y de la economía dependen únicamente del ser competitivos para acceder a los consumidores internacionales; y que la competitividad depende del aumento en la productividad. Por otro lado, la desregulación, la privatización de los bienes y los servicios públicos, y la disciplina fiscal completan el ‘Consenso de Washington’ que se concentra en la búsqueda del desarrollo económico asumiendo que automáticamente arrastra el bienestar social.

En resumen: tratados de Libre Comercio; apoyo al sector productivo moderno –léase las grandes empresas–; atraer la inversión extranjera en capital y en tecnología; mantenerse dentro de la regla fiscal, disminuyendo los impuestos pero ampliando las bases, el universo gravable y los impuestos directos (tipo IVA); mayor edad y menos pagos en pensiones; privatizaciones; ‘flexibilización’ laboral al servicio del crecimiento del PIB; seguimiento y de control mediante indicadores macroeconómicos con prescindencia casi total de los socioeconómicos que nos califican entre los peores del mundo (desigualdad, desempleo y condiciones laborales que obstaculizaron la admisión a la Ocde donde fuimos admitidos con la reserva de reformas pendientes en ese aspecto).

Así, en su anterior gestión el Ministro repitente desapareció la mesada 14; acabó con las horas extras; aumentó lo menos posible el salario mínimo, llegando a proponer reducirlo; impuso gravamen a más productos de la canasta familiar; subió del 3/1000 al 4/000 las transacciones financieras, y de 12% a 16% del IVA; estableció garantías privilegiadas por convenios de estabilidad jurídica (que no tienen los colombianos) para la inversión extranjera; multiplicó los TLC; subió la edad de las pensiones.

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Más inquietante aún es la tendencia a la creatividad que mostró: produjo dos impuestos extraordinarios de guerra; inventó la deducción de 40% por inversión en activos fijos; justificó la aplicación de gravámenes a sectores menos favorecidos y el aumento del IVA con la idea de crear un nuevo sistema de devolución de impuestos a los estratos 1 y 2, lo que por supuesto era inviable y nunca se hizo.

Más allá del debate alrededor de la validez de la teoría económica, la cual hoy hasta su más entusiasta y principal promotor (Banco Mundial) reconoce que ha fracasado, el leitmotiv de los neoliberales de “aislar la conducción económica de las presiones de la política, en busca de la estabilidad y la seguridad jurídica para la inversión” prescinde en forma absoluta de sus repercusiones sociales. La primera función y responsabilidad de un gobierno es justamente política, y el manejo económico es solo el instrumento para alcanzar los objetivos que se busquen.

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