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Opinión

  • | 2019/04/04 00:01

    Se nos marchita el café

    Poco parece preocupar la queja de los cultivadores del grano, tanto a autoridades como a especialistas, en influenciar las decisiones gubernamentales.

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No se trata aquí de hacer una disección de los problemas que enfrenta el sector cafetero; por el contrario, sobre lo que se pretende llamar la atención es sobre la falta de información, o por lo menos de falta de comentarios por parte de los analistas y de los opinadores respecto a la situación que en esta actividad se está viviendo.

El café representó durante varias décadas el principal renglón de la economía colombiana, pero también la principal solución para vastas franjas de la ruralidad; las zonas cafeteras no solo fueron las mejor desarrolladas del país –en bienes públicos y atención social– sino donde menos prosperaron las guerrillas contra el Estado.

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Hoy pesa menos en la participación como parte de la cifras del PIB y de las exportaciones, principalmente por la importancia que se le ha dado a la industria petrolera (bastante insólito además que un país sin reservas de crudo convierta el petróleo en la columna vertebral de su futuro –incluyendo barbaridades como la inversión más grande del Estado en Reficar, de la cual poco volvimos a saber–). Pero lo que no ha cambiado es su incidencia social, ya que su tamaño no ha disminuido en nada hasta el momento.

Se mencionan a veces hasta 550.000 familias que dependen de la suerte del grano y se reconoce que en el momento con el precio actual todos los cafeteros están perdiendo plata. Los costos variables –o sea sin incluir el costo de la tierra o los financieros– son mayores que el precio que reciben. Y las perspectivas no pueden ser peores, pues hay sobreproducción mundial y exceso de inventarios.

Lo que bajo el anterior gobierno se manejó como una coyuntura y se ‘solucionó’ con unos subsidios del Estado, se volvió ahora un problema estructural de más producción que consumo y exceso de inventarios, sin que el Gobierno parezca verlo así (la respuesta de un subsidio nada resuelve, menos cuando mientras bajo Santos fueron $1,5 billones y el año pasado solo se asignaron $100.000 millones). Y en estos momentos en que las protestas sociales se multiplican y se unen, no sobra recordar que una de las principales fuerzas del paro, que según el presidente Santos ‘no existía’, fue justamente la liderada por Dignidad Cafetera.

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La comercialización que bajo el Pacto Cafetero nos permitió posicionar nuestro producto con una buena prima de colocación, hoy se encuentra con que no existe el Pacto por cuotas y la marca Juan Valdez, que llegó a ser más conocida que el país mismo, ya se volvió una sociedad anónima que no es promocionada con los recursos de la Federación. Los ‘cafés de origen’ relegaron la posición privilegiada nuestra a lo que logremos distribuir como tales.

La pérdida del margen que teníamos ha llevado a la Federación a cambiar su política de oponerse a la multiplicación de robustas, y, aunque sin una política de promocionarlos, ahora los tolera.

Con la propuesta de retirarnos de la referencia de los precios de la Bolsa de Nueva York (y que no se entiende bien en qué consiste) aparecen dos nuevas políticas que van en sentido contrario de lo que parecería la lógica: ni somos lo suficientemente fuertes para que podamos fijar nosotros un precio alternativo al del mercado principal, ni nos soluciona en un mercado de exceso de oferta el aumentar producciones con precios más bajos (a menos que se esperara que la marca ‘Colombia’ arrastrara el precio de las nuevas variedades).

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Pero toca repetirlo, estas inquietudes no nacen del conocimiento de la problemática que aqueja a los colombianos que dependen de esa actividad, sino de lo poco que parece preocupar la queja de los cultivadores tanto a autoridades como a especialistas en influenciar las decisiones gubernamentales.

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