Opinión

  • | 2019/02/06 22:00

    Roma y nuestras empleadas domésticas

    No basta la excelencia cinematográfica para ganarse un Oscar.

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La película más nominada para los premios Oscar del próximo 24 de febrero es Roma, del mexicano Alfonso Cuarón, cuya protagonista es Cleo, una joven indígena que trabaja como empleada doméstica para una familia de clase alta en México DF. La película es un homenaje del director a su niñera. También es un retrato de la segregación social y del machismo en los años setenta en un país muy parecido al nuestro.

En mi niñez, casi todas las familias que yo conocía tenían dos empleadas domésticas que vivían en casa, como en la película. Con familias más pequeñas y espacios más reducidos, ya no hay prácticamente ningún hogar colombiano que tenga dos empleadas “de asiento”, como las llamábamos entonces a pesar de que rara vez podían sentarse. Sin embargo, unas 100.000 familias tienen todavía una empleada que vive en el hogar. Sorprendentemente, una de cada tres de estas mujeres son jóvenes que no han llegado a los 30 años: muchas de ellas dejaron recientemente a sus familias en el campo o vienen de familias desplazadas por la violencia de las guerrillas, los paramilitares o el narcotráfico.

Como en el caso de Cleo, es muy posible que sus vidas sean mejores que las que dejaron atrás, especialmente si son acogidas como parte de sus nuevas familias. De hecho, nueve de cada diez de las empleadas domésticas “de asiento” consideran que su trabajo es estable y no les interesa cambiar de empleo. Pero, ¿qué será de su futuro? Sus ingresos mensuales son por lo regular apenas entre medio y un salario mínimo y, aunque casi todas tienen jornadas diarias de más de ocho horas, no reciben nada extra. Casi ninguna tiene primas de Navidad o vacaciones pagadas, y apenas una de cada siete cotiza para pensiones. ¿Cómo cambiarán sus vidas cuando tengan un hijo? ¿Podrán hacerse cargo de él? ¿Serán despedidas, como ocurría en mi época, con el pretexto de que “no tienen moral”? Y, las que no tengan hijos, cuando viejas ¿tendrán un hogar?

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Las empleadas domésticas por días o por horas son ahora una ayuda más común para las familias de altos ingresos: actualmente en el país trabajan como empleadas domésticas por días o por horas unas 440.000 mujeres, que atienden a más de un millón de hogares. La mayoría tiene más de 40 años, y una de cada diez cuenta ya con la edad oficial para pensionarse. La mitad son jefes de su propio hogar, lo cual es una proeza con unos ingresos tan miserables. En efecto, dos de cada tres empleadas domésticas por días o por horas ganan por debajo del salario mínimo. Prácticamente ninguna tiene subsidio familiar ni primas de ningún tipo. Y ni la más remota posibilidad de ser pensionadas algún día.

Pero estas son mujeres “tenaces”. Dos de cada tres descartan la posibilidad de otro trabajo, pues aunque no les satisfacen las condiciones económicas, es lo mejor que pueden conseguir con alguna flexibilidad para poder atender a sus propias familias. En Bogotá, donde el tiempo de transporte para llegar a la casa de la patrona es en promedio una hora, esto implica que muchas de estas mujeres tienen faenas diarias de más de 14 horas (dentro y fuera de su propio hogar).

Si usted cree que todo esto se debe a que las empleadas domésticas no tienen ninguna educación, es porque no se ha dado cuenta de lo que ha cambiado el país: entre las menores de 40 años, la mitad tiene educación media o superior. Incluso entre las mayores de 40 años, cuatro de cada cinco llegaron por lo menos a la secundaria. Lo que más les hace falta a estas y muchas otras colombianas para tener mejores empleos y un futuro menos precario es infraestructura pública y protección social. Es decir, mejores medios de transporte urbano, jardines infantiles gratuitos, sitios de recreación seguros para sus hijos y un ingreso mínimo asegurado, especialmente en la vejez.

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Actualmente, no basta la excelencia cinematográfica para recibir un Oscar; se necesita además identificar un problema crítico de inclusión social y ofrecer una luz de esperanza a los oprimidos, sean los negros, los homosexuales, las víctimas de abusos sexuales o, en el caso de Roma, las empleadas domésticas. No se la pierda.

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