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Opinión

  • | 2018/09/27 00:01

    Razón tiene Carrasquilla

    Somos más socialistas de lo que creemos: reivindicamos que la economía se gobierna por decreto.

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Uno de los peores desempeños económicos de Colombia se registró en el periodo 1990-2002, cuando creció 2,6% anual en promedio. Tan bajo crecimiento en un periodo tan prolongado no puede explicarse por factores transitorios. La causa de ese bajo registro estuvo en el decrecimiento de la productividad que se estima en el periodo fue de -0,6% anual.

Ambas cifras contrastan con el crecimiento económico promedio de 5,2% que tuvo Colombia de 1950 a 1974, en un entorno de aumentos de la productividad del 1,1%.

Son raros y excepcionales los casos, tal vez por factores como las bonanzas de altos precios internacionales de las materias primas, donde a pesar de tener una productividad cayendo la economía pudo sostener un crecimiento que se situó por encima del 4% por año. Ese fue el caso entre 1975 y la siguiente década.

Cuando Colombia se pregunta cómo crecer su economía nuevamente por encima de 4% y sostener ese ritmo, debe concluir que, o eleva seriamente sus niveles de productividad, o depende para lograrlo de una bonanza externa de altos precios de los recursos naturales que puede exportar. Eso fue lo que volvió a pasar comenzando el siglo XXI, crecimos 4,5% anual por más de una década con una productividad precaria. Es decir, un bienestar fundado en la favorable situación internacional y por factores externos.

Países como Chile sugieren que para crecer por encima de 7% en forma sostenida y sin depender de una bonanza, la productividad debe crecer cerca a 2,2% anual.

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Dado el papel que tiene la productividad para generar una perdurable riqueza, el país se ha venido afincando en un problema mayúsculo. No ha generado las mejoras en productividad que se esperaban con la apertura, tampoco con los tratados de libre comercio, ni después del elevado ritmo de inversión productiva o de establecer una política de competitividad. Pero, como si no importara, igual durante los últimos 50 años ha ajustado el salario mínimo con aumentos equivalentes a un crecimiento de la productividad del 1,3% anual. Es decir, congruente con una economía creciendo cerca al 5% anual.

Por lo mismo, aunque a algún crítico del Ministro de Hacienda le suene a exabrupto que hubiese dicho que en Colombia el salario mínimo es ridículamente alto, Carrasquilla tendría razones serias y objetivas para indicarlo sin sesgos ideológicos.

Un ejercicio para ilustrar el asunto, donde no puede disminuirse el salario incluso si la productividad disminuye, es decir, que es asimétrico porque aumenta si crece la productividad, pero no disminuye en ningún caso; el salario mínimo de 1970 en 2018 no sería de $781.000 sino de $455.000.

Un salario ficticiamente alto que debería ser el mínimo de la economía no lo es, y por ello más de 11,2 millones de colombianos ocupados perciben un ingreso mensual informal e inferior recreando un precario mercado laboral.

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La forma de compensar las empresas un salario ficticiamente alto dado el bajo nivel de crecimiento de las cantidades del producto sería vía precio. El nivel de precios sería menos elevado si no hubiese esa creciente incoherencia, habría una estabilidad de precios con menos inflación y un régimen de menores tasas de interés. Pero no solo el efecto de mayores precios sobre las tasas de interés es relevante para la economía, los altos precios incentivan más las importaciones y desincentivan las exportaciones, afectando el nivel potencial de la producción local.

Por lo mismo, un mayor nivel de precio requeriría una mayor tasa de cambio o una moneda más débil a lo largo del tiempo.

La paradoja entonces es que un salario ficticio alto no solo genera un alto porcentaje de economía informal, también implica un menor poder adquisitivo del que se cree genera por ser alto. Para hacer las cosas peores, va acompañado de un mayor nivel de tasas de interés, una mayor dependencia externa con sesgo en favor de las importaciones y en detrimento de la diversificación de las exportaciones, así como de una moneda que posee un menor poder adquisitivo frente al mundo. No se traduce en un perdurable mayor bienestar general, sino todo lo contrario.

Aquí puede ver la debacle de la tasa de cambio ficticia de Venezuela.

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