Opinión

  • | 2019/03/07 00:01

    Presupuestos de Inversión son Ficción

    Nuestro sistema presupuestal partido en gasto e inversión está ciego ante las mañas de la corrupción.

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Un sistema presupuestal moderno conoce los procesos, el cómo se hacen las cosas y los productos, los bienes o servicios que ofrecen las entidades públicas. Esto desarrolla la capacidad y autoridad para evaluar la calidad de los bienes que nos ofrecen las entidades del gobierno y sus niveles de atención. Con estos niveles de conocimiento la discusión presupuestal se centra en las brechas entre la realidad y los objetivos de las políticas del presidente y su gobierno. Cada meta que se fija conlleva cierta cantidad de personal, equipos, infraestructura física y otros recursos requeridos para ejecutar los proyectos prioritarios para el plan de gobierno. El cómo efectivamente cambien las condiciones de vida de la gente es lo prioritario.

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Así no opera el sistema presupuestal colombiano, la economía política de dividir funcionamiento e inversión era un asunto de gobernabilidad en la Colombia del Frente Nacional; su decenio no obedecía a una presupuestación con base en resultados. Desde entonces el Estado colombiano y sus presupuestos vienen cambiando aceleradamente, en particular desde la Constitución del 91. Y estos cambios no todos han sido para bien, por lo que repensar el esquema es oportuno.

En los años 70 la nómina de pensionados era ínfima, los gastos descentralizados eran minúsculos, los gastos en defensa y policía o los de mantenimiento de la infraestructura eran menos de una tercera parte de los actuales. En aquel entonces los grandes proyectos de inversión, las represas, carreteras y los puentes eran montos muy importantes del total del presupuesto. Desde entonces el gasto público más que se duplicó y hoy cerca de siete de cada diez pesos se gastan en pensiones, salud, educación y protección social; justicia, seguridad y defensa se llevan la mitad de lo que queda y el resto va para el manejo de las entidades públicas, la regulación, mantenimiento de infraestructura, protección del medio ambiente e inversión.

Además, el presupuesto es muy inflexible, el margen para reasignar recursos es muy bajo: entre 5% y 7% máximo. Igual sucede con el gasto tributario donde exenciones de rentas como la de las barcazas de bajo calado por el río Magdalena o regímenes especiales aduaneros como el de La Guajira o los beneficios de ciertas zonas francas, no todas, claramente nada bueno han traído para el país y a pesar de la evidencia ahí continúan.

La evidencia sobre la incapacidad institucional para resolver ciertos problemas estratégicos es contundente. Si el sistema presupuestal fuese idóneo, hechos como la continua selección de corruptos en cargos claves a todo lo largo del Estado suscitarían algún cambio de fondo. Nadie puede creer que sea azar la sucesión de escándalos en la selección del fiscal anticorrupción, fiscales JEP, funcionarios de medicina legal, directores de aduanas sensibles como Bogotá o Barranquilla; directores de oficinas seccionales del Igac, ICA, Invima, etc.

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Ya es hora que la realidad prevalezca sobre la forma. En la Dian, como en otras entidades, se tenían más de 3.500 personas por contratos de prestación de servicios, algunos habían sido contratados sucesivamente a lo largo de 10 años, la nómina de una ciudad tan importante como Cali tiene más de 8.200 contratistas, con contratos que se repiten una y otra vez. La clasificación presupuestal se volvió un juego que se manipula y está atrapado en una inercia que claramente no le está dando resultados al país.

La ficción de nuestra forma de presupuestar oscurece todo a tal punto que ya nadie piensa sobre el cómo se están haciendo las cosas. Hacienda solo ve el gasto recurrente de lo que hay, lo que claramente no está funcionando, pero no tiene el poder para discutir sobre los proyectos de inversión y reformas necesarias a los procesos claves como puede ser la selección de personal. Planeación, por su parte, no ve el resultado del proceso como un todo y no reconoce que invertir en la reforma de una institución requiere estructuras de los gastos permanentes bien armadas con gente idónea.

El agujero negro en la frontera de lo que se llama gasto y lo que se llama inversión se ha prestado para todo tipo de absurdos, desinformación y abuso por quienes juegan en contra del sistema. El lograr eficiencias en el gasto público y meter en cintura la gestión de los procesos claves para el gobierno nacional necesita el músculo financiero de Hacienda y el cerebro de Planeación juntos. Un sistema presupuestal unificado que mida, evalúe y pueda llamar a rendir cuentas a los gerentes de lo público es una reforma urgente.

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