Opinión

  • | 2018/03/15 00:01

    Mucho más que incentivos

    Las trampas del lenguaje con las que viven economistas y abogados pueden estar incidiendo negativamente en cómo se educa en el hogar.

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En la Europa de los 1600, la violencia desatada por las pasiones religiosas arrasaron poblaciones enteras. Esta indescriptible tragedia –un continente arrasado por guerras y hambrunas– es la fuente de inspiración que llevó a Hobbes, Hume, A. Smith, Locke, etc. a construir el andamiaje teórico que soporta la que conocemos como el Estado moderno. Y la mano invisible de Smith será la fuerza con base en la cual dicho Estado ofrecerá el entorno institucional para la revolución industrial y la mayor prosperidad material en la historia de la humanidad: el capitalismo con sus mercados competitivos como la fuerza natural que ordena la economía y promueve la inversión.

Según Samuel Bowles, autor del libro La Economía Moral, las instituciones del capitalismo y el hombre economicus fueron creados en aquel entonces como respuesta a la necesidad de redireccionar las pasiones humanas: de la biblia al banco. La revolución gloriosa, el equivalente a una constituyente en la Inglaterra de finales del siglo XVII y la reforma protestante alinean las instituciones y la moralidad de tal forma que la egoísta acumulación de riqueza conlleve la salvación divina.

Esto permite organizar las instituciones alrededor de la separación iglesia/estado, la seguridad ciudadana, los sistemas de solución de controversias, los derechos de propiedad, la libre competencia y el individualismo metodológico como criterio para diseñar políticas públicas. Esta es una ruptura radical con la Edad Media, que prescribía precios justos y hacía de la avaricia el más condenable de los pecados capitales. Ahora acumular riqueza, manipular precios o buscar egoístamente el beneficio personal pasan de anatema a ser enaltecidos como comportamientos aceptables para la ciudadanía. El enriquecimiento y la acumulación de dinero se vuelven nuestro plan de vida. Más aún, en el mundo anglosajón, se haría de la riqueza la prueba, en vida, de la salvación del espíritu.

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Se crea un lenguaje y una narrativa donde los intereses y los incentivos son suficientes para coordinar la convivencia humana. La moral, las virtudes, la ética, honrar la palabra parecerían cosas del pasado, innecesarias. La humanidad poco a poco olvida que las principales preocupaciones y buena parte de los escritos de estos filósofos versaron sobre la moral, los sentimientos y las motivaciones del comportamiento humano. Veían en el altruismo, la generosidad, la empatía y la confianza aspectos fundamentales y constitutivos de nuestra humanidad: lo que nos une, lo que hace al todo más que sus partes.

Nuestro comportamiento es el resultado de esa combinación o equilibrio entre lo que nos restringe y lo que no interesa. Nunca es unidimensional. La vergüenza, la culpa, la pérdida de la reputación, el rechazo de nuestros conciudadanos o de nuestra familia son fuerzas fundamentales de la vida en sociedad y lo que moldea nuestro comportamiento.

Estos son los pilares ideológicos sobre los que hemos realizado la mayoría de reformas. Sobre estos principios buscamos construir el país que le dé oportunidades a todos nuestros compatriotas. Y, aunque los logros abundan y son importantes, todos sentimos que no estamos siendo exitosos. La desigualdad nada que se reduce, la educación y salud pública presentan deficiencias inaceptables, la impunidad prevalece y la violencia es crónica. Por esto, la familia y la escuela representan el principal reto del país, ya que es aquí donde instruyen a todos nuestros hijos. De todos nosotros depende que nuestros niños desarrollen las autorregulaciones en su comportamiento e interioricen la correspondiente aprobación o sanción social para que anticipen las consecuencias de sus actos ayudándolos a comportarse en forma idónea.

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Bowels nos llama la atención sobre la amenaza que representa la simplificación del hombre por parte de abogados y economistas en un ser que decide solo con base en incentivos y sanciones. Él va más allá y argumenta que reducir las normas a solo incentivos y sanciones puede ser contraproducente para la prosperidad de la sociedad en el mediano plazo. Podríamos estar menoscabando los cimientos de la moral y destruyendo el ingrediente esencial de la mano invisible: la ética. Normas exclusivamente centradas en sanciones e incentivos pueden destruir el altruismo –otro valor fundamental– y hacer la norma poco efectiva. Nuestros hijos no necesitan incentivos, ni premios por hacer lo que tienen que hacer. El ejemplo, lenguaje mesurado y asertivo, disciplina y valores son mejores instrumentos que regalos y castigos. En particular en una sociedad donde el oportunismo, la idea de que el fin justifica los medios, el cómo voy yo (CVY) o el quid pro quo son comportamientos exhibidos continuamente en la arena pública. Si esto no se combate desde la raíz, se continuará incubando el cáncer crónico de la corrupción y la violencia.

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