Opinión

  • | 2018/03/28 00:01

    El nuevo emperador

    Hitler, Xi Ping, Putin y Trump: cuatro ejemplos de autoritaristas que no debemos seguir.

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Los líderes plurales, constructivos, incluyentes, mesurados y objetivos están perdiendo espacios. La construcción de consensos donde muchos ceden en función de construir un mejor futuro están pasados de moda. Las conspiraciones, los enemigos ficticios, las causalidades mal intencionadas y la idea de que todo lo malo que ocurra es consecuencia de un malévolo plan –y no de la mala suerte– parecerían estar al orden del día.

A largo de la historia, las crisis macroeconómicas dejan los sistemas políticos expuestos a que sus líderes acaparen para ellos el poder y que la sociedad quede a merced de sus caprichosos estados de ánimo. Por esto es oportuno repasar los libros de historia y recordar lo peligrosas que son estas prácticas mal habidas.

Las emblemáticas revoluciones en Francia, Rusia y China son las más documentadas. En todas ellas se vivieron trágicas persecuciones, muchos de sus más notables ciudadanos fueron ejecutados y se derramó sangre al máximo. Esa fue la materialización del lenguaje destructivo y de las conspiraciones tóxicas inventadas por sus caudillos.

El nacimiento de la Alemania Nazi es el mejor ejemplo sobre cómo utilizar la narración de falsas amenazas como mecanismo para concentrar el poder o manipular el electorado. Goebbels y Goering entendieron como nadie el poder de los símbolos para unificar un pueblo hastiado de promesas incumplidas. Los alaridos descontrolados que anunciaban la conspiración comunista necesitaban como escenario un símbolo: el Reichstag ardiendo. El miedo fue esencial para depurar el sistema de opositores y la concentración del poder en manos de Hitler. Marinus Van der Lubbe fue el chivo expiatorio que personificó la amenaza comunista. Todo un montaje, todo mentiras, pero les sirvió para transformar el mundo.

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Los líderes autoritarios con frecuencia utilizan la construcción de amenazas para poder implementar sus estrategias. El recientemente aclamado presidente del partido comunista chino, Xi Jinping, ha demostrado ser un genio en estas argucias. Su lema: la corrupción política es la más destructiva de todas las corrupciones. Esa fue la herramienta a través de la cual eliminó a sus principales opositores y con la que mantiene en jaque a todos los demás miembros del partido. Tanto es el poder actual de Xi, que los medios internacionales ya se refieren a él como el nuevo emperador.

Las estrategias de Putin no son muy distintas: el nuevo Zar acaba de ser reelegido. La constante remembranza del trascendental y definitivo triunfo ruso sobre los Nazis se conmemora una y otra vez para elevar la moral de su pueblo. Los rusos dicen que Occidente –con su limitada y falaz narrativa de la historia de la segunda guerra– les ha robado su gloria, les ha tratado de imponer sus valores y les ha tratado de dividir su madre patria. Por esto la reunificación de Crimea y las sistemáticas y contundentes acciones contra sus opositores han hecho de Putin otro emperador.

En Estados Unidos, afortunadamente protegido hasta el momento por su sistema de pesos y contrapesos con una justicia independiente, la guerra contra las drogas vuelve a la palestra. La traqueteada estrategia electoral de Nixon para perseguir a sus opositores afroamericanos y jóvenes mariguaneros vuelve a ser usada con sonoros anuncios de ejecuciones a los traficantes de droga. La amenaza externa de una guerra nuclear por parte de Corea del Norte e Irán vuelven a concentrar entidades claves en los elementos mas bélicos de la sociedad estadounidense.

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El mundo multilateral, levantado en torno a instituciones, pesos y contrapesos, límites a los poderosos, la relativa igualdad y participación de todos los países en el concierto de naciones, con promoción a la competencia y sistemas de resolución de conflictos por medios pacíficos que tanto progreso le ha traído a la humanidad, y que es el gran legado de los pensadores liberales, está claramente amenazado.

Las crecientes expectativas de las nacientes clases medias no están pudiendo satisfacerse a la velocidad que la gente aspira. Las disrupciones que la robotización de la manufactura ha traído al mercado laboral, la desproporcionada influencia de los millonarios en la política y la creciente desigualdad han menoscabado la confianza de la gente.

Pertenecer a grupos, iglesias, pandillas, logias, clanes, mafias o partidos políticos radicales parece ofrecerles a sus miembros mayor seguridad y tranquilidad mental, que lo que el individualismo liberal les exige. Y por eso el hombre responsable, autónomo, que rinde cuentas y asume las consecuencias de sus actos se siente tan desprotegido por los manoseados sistemas judiciales. La arbitrariedad administrativa y los pendencieros políticos por los que las mayorías se están inclinando, están haciendo de este un mundo regido por hombres poderosos. Por emperadorcitos de todos los sabores y tamaños.

Dios nos proteja de no revivir la historia.

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