Opinión

  • | 2018/07/05 00:01

    La llamada de la tribu

    Lo que predica Vargas Llosa sobre la inminente bondad de un Estado pequeño es empíricamente falso.

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Vargas Llosa en el libro que titula esta columna dedica su prosa a introducirnos a las ideas y textos clásicos del pensamiento liberal. Nos devuelve al pasajero triunfalismo del fin de la Guerra Fría, cuando el mundo occidental creía que sus valores liberales eran la verdad revelada que prevalecería y que poco a poco se impondría en todo el planeta.

La mayoría de los confesos liberales que comulgamos con Vargas Llosa crecimos en un mundo que pregonaba la autodeterminación de los individuos, la división de poderes, las elecciones libres, las libertades económicas, la libertad de asociación y el derecho a la crítica como el camino a seguir para superar a los dictadores o el absolutismo comunista. Creíamos en la libertad como el principio fundamental de una vida en sociedad encaminada a la prosperidad.

Estos casi 30 años desde el fin de la Guerra Fría han resultado muy distintos a lo que se pronosticó en aquel entonces: la ola de democratización no prevaleció. El mundo está atravesando por una nueva oleada de caudillismo y gobiernos totalitarios.

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Parte del problema es que los liberales nos quedamos pasivos ante la falsa creencia de que teníamos la verdad. Perdimos la pasión por aprender observando la realidad e ir graduando y corrigiendo lo que dejaba de funcionar: la adaptabilidad del ser humano hace que cualquier modelo sea un blanco móvil, cambiante y dinámico que solo continuas reformas pueden mantener su esencia.

Desafortunadamente, la autorregulación no ha sido tan exitosa y la pasión por el poder y la riqueza han permitido carteles y monopolios que capturan gobiernos e imponen sus intereses sobre los de los demás y los de la sociedad como un todo. La retórica no cuadra con los hechos. La informalidad no disminuye, la desigualdad ha crecido a niveles sin precedente y las estrategias de Stalin o Hitler para manipular masas se están volviendo a usar sistemáticamente.

Las estrategias electorales que usan nuestras más básicas emociones —como el miedo al foráneo o la invención de amenazas supuestamente inminentes— se han vuelto frecuentes en las contiendas políticas.

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Los psicólogos expertos en comportamiento han demostrado lo efectivas y fáciles de masificar que son estas estrategias, gracias a nuestros instintos básicos de sobrevivencia. Sus estudios muestran que mentiras de este tipo marcan tanto nuestra memoria que, aunque se corrijan, la mitad de la gente sigue creyendo la mentira.

Este oportunismo en la política destruye la posibilidad de una contienda donde se compita con base en la efectividad de las políticas y la calidad de la gerencia de los servicios al ciudadano. Y se presta para que minorías de ultrapoderosos financien campañas para poder influir en la regulación o desregulación que les conviene, debilitar la independencia de la justicia o poner a su servicio a los medios de comunicación.

Por ejemplo, lo que repite Vargas Llosa sobre la inminente bondad de un Estado pequeño es empíricamente falso. Todas las naciones ricas tienen elevadas tasas de tributación y un importante gasto público enfocado en reducir la desigualdad. Pero, sobre todo, tienen agencias públicas grandes con enorme capacidad de gestión. De hecho, la literatura académica sobre corrupción ha demostrado ampliamente que cuando el gobierno es pequeño la corrupción tiende a ser elevada.

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Tampoco es cierto que reducir impuestos a quienes son más ricos aumenta la inversión y la generación de empleos formales. Las pequeñas y medianas empresas son las que generan los aumentos importantes en empleo. Pero son víctimas de extorsión, sobrerregulación e impuestos engorrosos. Y todo eso las impulsa a la informalidad.

Una sociedad liberal necesita de reformas continuas graduales que se vayan ajustando con base en resultados. Esto requiere aumentar y disminuir el tamaño del Estado como un acordeón según las circunstancias.

El liberalismo son unos principios rectores con un método, no una única fórmula.

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