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Opinión

  • | 2019/02/21 00:01

    Hidroituango

    Hasta dónde tanta atención no es una diversión encubierta, que desvía el interés del público de los verdaderos problemas del país y sus responsables.

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En 2009, Scientific America publicó un útil artículo sobre cómo los magos y publicistas son exitosos en la manipulación de nuestros procesos cognitivos. La clave está en controlar aquello de lo que somos conscientes y aquello de lo que no. Las fallas de la percepción humana, su excesivo foco en la amenaza y su vulnerabilidad a ilusiones cognitivas son sus herramientas; ellos entienden la manera en que se forma la memoria, saben cómo percibimos relaciones de causalidad donde no las hay y lo frágil de nuestra atención: una noticia incómoda se combate creando algo más escandaloso que desvíe la atención.

Toma cinco minutos verificar en redes sociales la masiva desinformación y mitos que se propagan ya sobre Hidroituango. Diarios tan importantes como El Espectador deliran sobre una probable manipulación digital de la foto de la caverna. Otros quieren elevar el proyecto al panteón de los proyectos corruptos y fracasados y hasta circulan en redes sociales todo tipo de versiones sobre conspiraciones como que la presa se ubicó estratégicamente para cubrir los cuerpos de las masacres de la zona y así proteger a los responsables de tan doloroso crimen.

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Igual que en Reficar, los juicios ligeros y la sed de revancha abundan; la urgencia de que nuestro patético sistema judicial encuentre a algún responsable de algo nos hace proclives a satisfacer estos apetitos a la ligera. Nos ofrecen la cabeza de Javier Gutiérrez, uno de los más serios, honestos y juiciosos gerentes de lo público y la masa rabiosa se deleita. Ningún medio ilustrado se molesta en entender la prueba reina: ocultó la Tasa Interna de Retorno (TIR) del proyecto en los documentos que se presentaron en la junta directiva para inducir al error al momento de buscar la aprobación de los presupuestos adicionales para así lograr que se terminara el proyecto.

La TIR es la medida que se usa para tratar de entender en qué plazo el proyecto genera las utilidades suficientes para repagar lo invertido. Una medida de rentabilidad importante al momento de decidir y escoger entre un conjunto de proyectos. Cuando el proyecto ya está en curso y la decisión es entre recuperar el dinero invertido en un plazo mayor o perderlo todo, inclusive lo que antes había, la TIR no sirve para nada y es irrelevante.

Ahora con Hidroituango nos hablan de información oculta, de una inminente tragedia, del terrible daño ambiental y vuelven a desplegar la caballería de la politizada Contraloría para que encuentre a quién descabezar. Nuestros frecuentes falsos positivos, quieren un culpable y un culpable encontrarán: ideal si es un contendor, honrado y capaz (o mejor si es decente).

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¿Por qué no vemos jamás este mismo celo institucional cuando múltiples estudios vienen documentando la gravísima contaminación de los ríos con mercurio, arsénico y quién sabe qué porquerías más con los que envenenan nuestras aguas los laboratorios de cocaína y la minería ilegal? ¿Los proveedores de todos estos insumos quiénes son y por qué nadie les exige conocer sus clientes y sus procesos para el manejo que les dan a tan tóxicos insumos? Lo que está pasando en nuestros ríos y sus nacimientos es aterrador, tiene impactos en la salud de millones de colombianos, en todos los ecosistemas, en dimensiones mayores a las de cualquier otro proyecto particular.

Y qué tal los ocho millones de habitantes de la ciudad capital que día a día derraman sobre el río Bogotá miles de toneladas de sus desechos orgánicos o los lixiviados de las rentables concesiones de los rellenos sanitarios por todo el país. Ni las juiciosas sentencias de los altos tribunales logran que se haga algo. Bogotá contribuye a la CAR con 15% del predial, con un recaudo que ha crecido de $800.000 millones en 2008 a $3,1 billones en 2018. El esfuerzo fiscal de Bogotá se ha multiplicado por 4 en 10 años. No obstante, las plantas de tratamiento nada que se hacen, a pesar de que la CAR es una entidad muy rica, con ingresos anuales superiores a $500.000 millones.

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Sumen cuánta plata se esfuma en los proyectos que se dejan de hacer; no se dejen distraer por los sobrecostos o problemas de los que sí se hacen. Este cuento ridículo de que los corruptos o malos en Colombia son justo las personas que han hecho grandes cosas en su vida, no demuestra su culpa, solo evidencia que son vulnerables porque no le tiene guardados inmundos a nadie. Errores y problemas enfrentarán siempre quienes se atrevan a hacer cosas. Los verdaderos nidos de corrupción, cómplices de la destrucción del medio ambiente, jamás rinden cuentas. Aquí sí los entes de control, los titulares de prensa y los enfáticos editoriales brillan por su ausencia.

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