Opinión

  • | 2018/03/15 00:01

    El tsunami chino

    La guerra que se avecina es alrededor de la instalación de la moneda china como complemento y eventualmente sustituto de las divisas que manejan el comercio mundial, como el dólar.

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Algunas variables dan la dimensión de lo que significará China en el inmediato futuro. No se necesita precisión en los datos pues son consideraciones de bulto, las cuales además no podrían tener fuentes de información suficientemente elaboradas.

Es el país más grande del mundo, casi la cuarta parte de la población mundial.

País con mayor crecimiento en los últimos 15 años, con promedios encima del doble de crecimiento mundial.

De hecho, su consumo interno es más determinante para su crecimiento que su comercio internacional –a pesar de ser el primer país en ese campo–.

Hace 20 años se hablaba de que sería la segunda economía mundial en 2050; hace 10 años que lo sería en 2030; hoy se habla de que lo será en 2020, pero probablemente ya lo es.

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Dado que el comercio mundial usa como divisa principal el dólar y la balanza de prácticamente todos sus socios comerciales es a favor de ella; ha acumulado más reservas que todos los países juntos (US$3.000 billones) con lo cual se deduciría que en alguna forma es el que puede decidir el valor de esa moneda.

Hasta ahora ha medio respetado el ‘patio trasero’ americano concentrando su influencia y presencia económica más en su propio patio trasero –Asia– y algo en el continente africano.

En Centroamérica solo tenía relaciones con Costa Rica, pero el año pasado desplazó a Taiwán de Panamá. Ya sabemos del ofrecimiento de hacer un canal por Nicaragua y, por supuesto, de la relación cada vez más estrecha con Venezuela, lo que la acerca a las reservas de petróleo más grandes del mundo.

Ha definido su visión de Panamá como ‘punto de conexión logístico’, o sea, plataforma para la expansión del comercio, las inversiones y la diplomacia de Pekín en América Latina.

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Ha considerado que la guerra comercial desatada por Trump al fijar aranceles sobre las importaciones de acero y aluminio es contra Europa y Canadá y no contra ellos; pues, aunque son los mayores productores mundiales, solo 1% es para exportación. Sin embargo, dejó su advertencia diciendo: “Las decisiones fundadas en errores de juicio o en hipótesis erróneas pueden tener consecuencias que ninguno de los dos países desea”.

La verdadera guerra y el tsunami que se avecina es alrededor de la instalación de su moneda –el yuan– como complemento y eventualmente sustituto de las reservas y divisas que hoy manejan el comercio mundial y como es lógico de la principal de ellas, el dólar.

Pronto se hablará del petro no para referirse a nuestro exalcalde, ni tampoco a la moneda inventada por Maduro, sino probablemente a lo que llaman el petro yuan.

Ya existen los pactos para comercializar en esta divisa con algunos países y así disminuir la dependencia de la moneda americana. Está el ejemplo con Rusia cuando aparecen Putin y Xi Jingping pactando sus intercambios en rublos o yuanes. Y los préstamos otorgados a Venezuela deberán ser pagados en esa moneda o en petróleo. Con estos dos –el primer productor y el mayor poseedor de reservas del hidrocarburo– se creará una situación similar a cuando el respaldo de las monedas era el oro (o después el oro o la plata) pero con la conversión a petróleo. De hecho en la Bolsa de Shanghái se lanzaron los contratos de futuro de petróleo denominados en petroyuan o yuan-oro, y directamente convertibles en oro.

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La sola imposición de la condición de que parte de las operaciones que se hagan con ese nuevo imperio se transen en su moneda, la convierte en medio de intercambio mundial. Ya se hizo con Pakistán y otros poco amigos de los Estados Unidos seguirán, entre ellos Irán, a su turno cuarto país productor mundial del crudo.

En cierto sentido fue a lo que se adelantó Maduro al emitir su ‘petro’ no como una criptomoneda –como se dice– sino como convertible a barriles de petróleo y emitida por un país soberano.

Con las reservas en dólares y los excedentes comerciales, China tiene el mayor poder adquisitivo del mundo. Su problema es que requiere inversiones de gran tamaño, pues como economía estatizada no podría administrar miles de pequeñas empresas. Solo le sirven megaproyectos (intentó u ofreció comprar el Puerto de New York y la fábrica Boeing, pero Estados Unidos sacó una ley impidiendo la venta de ‘activos estratégicos’.

En Colombia pensaron en desarrollar cientos de miles de hectáreas en el Vichada, pero los escándalos y las nuevas legislaciones congelaron tal idea.

La compra de la casa de Rodríguez Gacha para construir la nueva embajada en el lote más caro de Bogotá es indicio de la puerta que eventualmente abrirán entre nosotros.

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