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Opinión

  • | 2019/06/27 00:01

    Encontrar al culpable

    No se deje manipular por sus propios sesgos; menos aún por los de otros.

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Se cayó un puente, colapsó un túnel de una represa, el proyecto costó el doble de lo previsto, se quebró una de las empresa más importantes del país, las bajas no fueron de guerrilleros sino de civiles. Todos hemos visto noticias de este estilo e inmediatamente nos preguntamos, ¿culpa de quién?

Casi en forma instintiva, al leer una noticia de este tipo, nos formamos una imagen de lo ocurrido y creamos mentalmente un escenario que explica lo que pasó. El problema con este método es que resulta fácilmente sesgado. Por ejemplo, si tenemos fresco en la mente un desastre semejante al que acaba de ocurrir, supondremos que la causa es la misma: “Ah, sí, el puente se cayó porque usaron menos hierro de la cuenta, lo mismo que cuando se derrumbó el edificio”.

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Si está involucrada una persona o una empresa que no nos gusta, nuestra conjetura inmediata será: “Claro, el túnel colapsó porque esa gente es muy incapaz, que más podría esperarse”. Pero si las noticias que frecuentemente hemos oído hablan insistentemente de corrupción, diremos: “Donde hay sobrecostos hay corrupción, ojalá encuentren al tramposo”. Y si estamos convencidos de que hay demasiada libertad de comercio, entonces concluiremos: “Con semejante apertura neoliberal, cualquier empresa quiebra”. Y si las bajas fueron de civiles y creemos que lo que el país necesita es mano dura, nuestro veredicto sobre las muertes de civiles será: “Algo habrán hecho esos [inserte aquí su grosería preferida] para que les hayan dado plomo, seguramente se lo merecían”.

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Debido a estos sesgos, las explicaciones que primero se nos ocurren suelen ser incorrectas. Estos sesgos, que han sido muy estudiados por psicólogos como Daniel Kahneman, premio Nobel de Economía, son parte de la naturaleza humana. No es posible deshacerse de ellos, pero con un poco de entrenamiento es posible detectarlos y contenerlos. El problema es que, por lo general, ni periodistas, ni políticos, ni curas, ni fiscales, ni jueces –quienes tienen por oficio encontrar culpables– reciben ese entrenamiento. Lo que es peor, sus propios objetivos, ambiciones y temores suelen exacerbar esos sesgos. Y con lo que dicen a través de los medios de comunicación y las redes sociales agudizan el problema, pues manipulan nuestros propios sesgos, sea en forma consciente o inconsciente.

Antes de tomar una posición sobre qué o quién es el culpable de algún percance, conviene tener a mano una lista de las posibles causas, de mayor a menor probabilidad de ocurrencia. Sería algo de este estilo: (1) La causa más común de casi todas las cosas, buenas o malas, es el azar, cuyo enorme poder solemos ignorar. (2) La siguiente causa, aunque solo de las cosas malas, es la estupidez humana, la cual incluye la ignorancia y los prejuicios. (3) Solo cuando hay razones suficientes para descartar las anteriores, la siguiente causa más probable son las “pasiones” humanas, vale decir, la ambición desmedida, el deseo de venganza, los celos y el orgullo. (4) A menudo se combina con la explicación anterior la búsqueda de objetivos mal diseñados, tales como “su ascenso depende del número de guerrilleros que capture” o “su futuro depende del puntaje en Saber 11”. (5) Una explicación menos factible que las anteriores, porque requiere inteligencia, coordinación de mucha gente y capacidad de ejecución, es el complot premeditado para conseguir algo que es ilegal o que perjudica a los demás. Aquí entran el crimen organizado, las conspiraciones políticas y los boicots masivos. (6) Vale mencionar por último una explicación a la que mucha gente suele acudir (especialmente para explicar los desastres “naturales”), pero cuya probabilidad de ser cierta es prácticamente nula: las fuerzas sobrenaturales, sean en forma de Ovnis, de fantasmas o de deidades todopoderosas.

Cuando lea una noticia alarmante o reciba un trino lapidario sobre el culpable de tal o cual problema, tenga esta lista a mano y no se deje manipular. La causa de las cosas no suele ser lo primero que se nos ocurre ni lo que nos sugiere la intuición.

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La máxima de la universidad donde yo hice mi maestría es: “Rerum cognoscere causas”; es decir, conocer la causa de las cosas. ¡Qué difícil!.

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