Opinión

  • | 2018/02/15 00:01

    Elecciones: no se decide sobre grandes temas

    Para el elector lo que probablemente llevará a una decisión será la forma en que se afecte su bolsillo según lo que ofrecen los candidatos.

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Probablemente esto es una forma de lamentarnos, porque en teoría lo que se debe escoger con el voto es cuál orientación tendrá un nuevo gobierno, no quién nos dará órdenes.

También en teoría se supone que el elegido sería un ‘primer mandatario’, o ‘Primer Magistrado de la Nación’; magistrados son los de las Altas Cortes, no porque accedan a cargos donde tengan el poder de decidir a su gusto, cómo sentencian, sino porque tienen la misión de hacer cumplir lo que la ley ordena. Así, el Presidente es la persona que recibe la obligación al nivel de la responsabilidad mayor que puede otorgar la ciudadanía, porque en él se delega un mandato a cumplir, no una facultad discrecional de decidir para dónde orienta los destinos de la población.

Luego, en teoría también, las opciones que deberían representar los candidatos serían propuestas sobre los modelos de desarrollo que llevan a determinados modelos de sociedad y de Estado. La línea ideológica que en principio motiva al aspirante a regir nuestros destinos se concretaría en tales modelos.

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Ya en el campo real –sobre todo en Colombia y en esta época– nada de esto existe. En los comicios poco o nada gira alrededor de estos temas. Las candidaturas se mueven alrededor del ‘carisma’ de los candidatos o más exactamente del que les crean los medios de comunicación a través de las imágenes e informaciones (o desinformaciones) que trasmiten de ellos.

Quedan algunos rezagos de ‘filiación partidista’, aunque hoy es claro que el desprestigio de los partidos –es decir, al que los han llevado sus dirigentes– es tal que sus afiliados o seguidores han desaparecido; pocos aún se guían por los candidatos que estos presentan (o pocos pueden presentar candidatos) y cuando lo hacen no representan programas o proyectos de una colectividad sino, por el contrario, son usados para dar la apariencia de que esa colectividad existe (sea el caso de De la Calle cuya candidatura sacó César Gaviria enajenando a todos los otros dirigentes afiliados al Partido Liberal; o el Cambio Radical del cual el ‘jefe natural’ se vió obligado a presentarse por firmas para cargar menos con sus dirigentes cuestionados; o el ‘Centro Democrático’, que nada tiene de centro ni de democrático, y es solo un grupo de fanáticos que obedecen a ‘lo que diga Uribe’; o el Partido Conservador que …(¡).

No existiendo esas abstracciones que son las que caracterizan una verdadera elección, lo que se ofrece como opciones son las medidas que prometen en los tiempos de campaña.

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El hecho es que lo que se decidirá al momento de votar no será alrededor del combate a la corrupción, que algunos lo convierten en bandera pero sin decir el cómo se desarrollaría; ni de la guerra o la Paz, alrededor de lo cual quienes no tienen propuesta alguna polarizan a la ciudadanía pretendiendo que se motive a votar por el miedo que crea si gana la contraparte (castrochavismo’ o ‘volver trizas el Acuerdo’).

Para el elector, lo que probablemente llevará a una decisión será la forma en que se afecte su bolsillo, según lo que ofrecen los candidatos. Aunque lo que presentan como futuras medidas económicas tiene más de estrategía electoral que de programa de gobierno (o más de expectativa que de realidad), será eso lo que realmente comprometa en alguna manera la obligación con la ciudadanía.

Por ejemplo, las alternativas para el manejo de los impuestos es un lugar común en todas las campañas, esperando cada una lograr que el sector con el cual cuentan oiga lo que quiere oír. Para los que piensan que ganan con el respaldo de quienes dependen del mantenimiento del statu quo –o sea del ‘establecimiento’– disminuir la tasa que afecta las empresas y lo ‘excesivamente alto’ del impuesto de renta; el argumento-pretexto es que propiciaría el aumento de la actividad económica, lo que a su turno por la misma vía tributaria compensaría los ingresos fiscales. Para quienes tratan de conquistar la clase media, la garantía (ya repetida e incumplida por gobiernos anteriores) de que se ampliará la base tributaria sin aumentar los impuestos que existen; quienes recién acceden a la economía formal y ya pagan impuestos lo mínimo que anhelan es que el Estado no se convierta en el socio que los despoja de sus entradas. Y para los estratos bajos, la desaparición o reducción del impuesto al consumo –IVA o Impuesto al Valor Agregado– que es lo único sobre lo cual les pueden quitar y les están quitando exageradamente.

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Nadie pedirá que voten por el aumento de la corrupción, ni para que se renueve la guerra, ni prometerá fomentar la desigualdad o la pobreza. Serán las propuestas sobre las acciones concretas que sientan que les afectan la vida diaria lo que inducirá a los electores a escoger entre las diferentes alternativas. Por algo Clinton ganó con el eslogan de “es la economía, estúpidos”.

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