Opinión

  • | 2018/10/11 00:01

    El petróleo y la guerra

    Hay suficiente consenso internacional respecto de la necesidad de ayudar a que el señor Maduro salga del poder, pero no se ve la necesidad ni la conveniencia de que sea Colombia quien encabece esa campaña.

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Absurdo que Colombia aparezca liderando un distanciamiento –o peor aún un enfrentamiento– con Venezuela.

Hay suficiente consenso internacional respecto de la necesidad de ayudar a que el señor Maduro salga del poder, pero no se ve la necesidad ni la conveniencia de que sea Colombia quien encabece esa campaña. Por el contrario, aun si eso traería algún agradecimiento transitorio por parte de quienes allá apoyan ese propósito, es casi seguro que a la larga eso se convertiría en un motivo adicional de resentimiento, puesto que son tan numerosos quienes aceptan ese gobierno como quienes lo detestan; y la idea de que a quien se deba la situación que surgiría sea el país contra quien existe una animosidad casi atávica (nuestros nacionales no han sido muy bien vistos allá y viceversa) solo presagia una molestia mayor.

Pero lo realmente grave es haber llegado a contemplar y aceptar la idea de que ‘no se descarta ninguna de las posibles alternativas’, entendiéndose por ello la eventualidad de una intervención armada.

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Se alega como justificación, que en esa forma –con demandas ante las instancias internacionales y preavisando que la vía armada no se descarta– Colombia asume un liderazgo y gana presencia en el contexto regional. Eso sería cierto para el presidente Duque, pero la pregunta es si es en esa forma que le conviene al país.

A comenzar porque no es verdad que sea propiamente un liderazgo sino solo el rol de servidores de las políticas y los intereses americanos; no existe duda que el verdadero liderazgo lo imponen los Estados Unidos, además dentro de la visión de America First del Presidente Trump.

Nada más tonto que ofrecernos nosotros de ‘enemigo externo’, cuando todo dictador para distraer de los problemas internos acaba buscando uno para canalizar los ánimos nacionales alrededor de una forma de ‘patriotismo’.

No son prioritarios para los Estados Unidos los temas humanitarios (de ‘esos países de mierda’, como dijo Trump) o la ‘Defensa de la Democracia’ (Estados Unidos siempre apoyó las dictaduras de derecha en Latinoamérica). Venezuela es una preocupación pero por sus intereses geopolíticos. La posible intervención armada no sería para liberar de una tiranía, sino para intervenir en el mercado del petróleo.

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Con las reservas probadas más grandes del mundo, con la importancia que este hidrocarburo tiene para los Estados Unidos, y con el antecedente de la guerra de Irak, sería ingenuo no entender que lo que estamos viviendo es lo que se podría llamar una nueva guerra del petróleo.

Estados Unidos tiene un interés evidente en que no sea un enemigo quien controle ese recurso. Un interés inmediato, porque la subida de precios permite su propia producción con los costos del fracking (la caída de 700.000 barriles diarios más de lo previsto en la producción de Venezuela ayudó a esa alza). Y un eventual interés a mediano plazo porque seguramente si la intervención es militar se acompañaría de un embargo como sucedió con Irán.

En cuanto a Colombia, una política absolutamente incomprensible (y desacertada), teniendo menos de 3% de las reservas de Venezuela se condicionó también a tener nuestra mayor variable económica amarrada a lo que pase con el petróleo. Transitoriamente sirven los altos precios, pero es insensato a mediano plazo mantener esa dependencia hacia el comportamiento en los precios del crudo. Y con mayor razón si, como lo han dicho quienes encabezan el Gobierno Venezolano, una guerra con Colombia como contraparte comenzaría con la destrucción en menos de dos horas de las refinerías de Cartagena y de Barrancabermeja.

Si servimos de comodines para justificar esa guerra, no es buena noticia que el portaaviones John F. Kennedy llegue a aguas colombianas para confirmar que Estados Unidos nos apoya, a menos que no se tenga en cuenta que a su turno a nuestro vecino lo respaldan Rusia y China.

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