Opinión

  • | 2018/10/11 00:01

    El mesías Bolsonaro

    El tiempo se agota. Brasil es solo un campanazo; nosotros estamos en fila para similar destino de no lograr hechos ya: la alternativa será un salto al vacío.

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La reducción del tamaño del Estado, las privatizaciones, la mano dura contra la corrupción y el narcotráfico, la pena de muerte o la cadena perpetua son los mensajes que están eligiendo gobernantes. La gente esta harta de la incompetencia y desidia de muchos servidores públicos, la corrupción rampante, la impunidad y el desasosiego por falta de oportunidades y estancamiento de los ingresos de la gran mayoría.

Los economistas debemos reconocer que los impactos del cambio climático, la revolución tecnológica, la globalización y los mecanismos para apropiación de rentas a través de patentes, regalías y marcas registradas son tan complejos y sus consecuencias tan profundas que estamos perdiendo el debate. Además, el desproporcionado poder del sector corporativo y su obsesión por resultados trimestrales han inclinado la balanza hacia políticas simplistas y miopes. El regocijo por las mayores utilidades futuras en el corto plazo los hace ciegos a los riesgos sistémicos que podemos estar engendrando.

El debate con base en argumentos y evidencia empírica sobre qué funciona y qué no funciona parecería estar pasado de moda. Las soluciones intermedias, equilibradas, bien estudiadas y diseñadas para el problema particular que se enfrenta, como lo ejemplifica la vinculación de capital privado a la empresa de Energía de Bogotá por la administración Mockus han desaparecido del discurso.

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El ser humano básico, de las lealtades de grupo, que se amalgama a la manada incondicionalmente ante sustos exagerados o imaginarios; que sacrifica su autonomía y agencia para seguir a un líder que vocifere y prometa maravillas son una fuerza electoral formidable. Los debates políticos unidimensionales como el aborto, la ideología de género, la guerra contra las drogas, la lucha contra la corrupción o el cambio climático polarizan a tal nivel que nadie esta dispuesto a escuchar, aprender de los hechos y buscar cómo resolver los problemas.

La elección en Brasil va a acentuar esta tóxica tendencia y Colombia cada vez va a hacerse más vulnerable a estas estrategias de comunicación política. Discusiones importantes para el país como el fracking, el manejo de los reinsertados, la JEP, las consultas previas, las licencias ambientales, la penalización de la evasión de impuestos, la tributación de las bebidas azucaradas o la ampliación de la canasta gravada con IVA parecen diálogos entre sordos.

Con la excepción de unos excelentes periodistas independientes que aun nos quedan, los medios de comunicación en su mayoría responden a intereses particulares de sus dueños. Su poder y capacidad de influencia es tan desproporcionado que por este medio no va a ser por donde se ilumine el futuro del país. Y la histeria y la fácil manipulación de las redes sociales solo empeoran el tema.

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Muchos dirán que esto siempre ha sido el caso: Colombia desde 1886, con solo una breve interrupción en los años de la violencia, ha sido gobernada por personas cercanas a los círculos del poder. Nuestras élites saben cómo garantizarse estabilidad, aunque a veces la cuenta de cobro la paguen otros en cuotas de sangre y lágrimas. Los cambios tecnológicos que enfrenta la humanidad son tan profundos que, si no nos coordinamos a de verdad resolver los problemas de fondo, vamos a dejar a la gran mayoría de los colombianos sumidos en un atraso y desesperanza tal que van a quedar a la merced de la rabia, el odio y la sed de venganza que se siente en nuestros países vecinos.

Necesitamos invertir en educación como nunca antes lo hemos hecho. Toca importar profesores, científicos, expertos gerentes, que le suban el nivel a nuestra gente rápido y esto requiere de enormes recursos ya. El fracking bien regulado y vigilado puede generar esa necesaria riqueza. El debate sobre el Estado, no es hacerlo pequeño o no. El reto es que quienes ostentan el poder cuenten con los principios éticos y competencias gerenciales que permitan confiar en que harán bien su tarea, generando resultados y sin entorpecer al ciudadano.

Esto lo que requiere es despolitizar los trámites y la adjudicación de los grandes proyectos de inversión, a la vez que se reinventa la forma en que los políticos sirven a sus comunidades y hacen factible su reelección. Igualmente, si las personas más adineradas siguen evadiendo masivamente sus impuestos será imposible proveer la educación de calidad que evite que la mayoría continúe privada de la exigente formación humana y técnica que el mundo futuro exige. El tiempo se agota, Brasil es solo un campanazo, nosotros estamos en fila para similar destino de no lograr hechos ya.

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