Opinión

  • | 2018/06/07 00:01

    De un demonio

    Cuatro trabajos muestran que nuestros problemas más grandes tienen solución y nos convidan a derrotar el demonio de la inmediatez.

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Fedesarrollo lleva décadas enteras aportándole ideas e iniciativas a un país que, muy a su pesar, con frecuencia parece inmune a la caracterización serena de los de los problemas de fondo y al debate constructivo de las alternativas disponibles para enfrentarlos. En las últimas semanas, la entidad dio a conocer 4 importantes documentos  cuyos análisis y propuestas deberían informar las iniciativas del próximo gobierno.

Recorrer estos trabajos es inmensamente grato, esté o no uno de acuerdo con el esto y el aquello de las especificidades. Empieza por discutir la tasa de crecimiento económico de largo plazo, que se nos ha venido desplomando como consecuencia de una falta pasmosa de productividad. Pasa por analizar los dos pilares de nuestro sistema de seguridad social, las pensiones –con problemas enormes de exclusión que se están agravando día a día– y la salud, cuyos enormes logros estructurales en cobertura, equidad y calidad, están siendo amenazados por problemas que son enteramente manejables. Termina con un examen de nuestra institucionalidad fiscal en el orden territorial, donde queda muy claro no hemos logrado encontrar la distancia adecuada entre la vela y el santo. Los autores y comentaristas de estos estupendos trabajos son economistas de muy alto vuelo y logran poner en castellano conciso unos diagnósticos claros y propuestas que merecen una discusión tranquila y constructiva.

Aunque, obviamente, no es el lugar para recorrer estos textos punto a punto, si lo es para recomendar un telón de fondo, un hilo conductor que les brinda contexto y sitio. Se trata de acompañar el estudio de estos trabajos con una lectura tranquila del último libro del Profesor S. Pinker titulado “En Defensa de la Ilustración”.  Palabras más, palabras menos, Pinker empieza por recordar algunas tendencias de muy largo plazo de esa categoría espesa que podríamos llamar la calidad de vida. Contra la corriente milenariamente chic del pesimismo intelectual, el autor es contundente en mostrar el avance, casi pasmoso, de todas las variables involucradas en el bienestar ciudadano: la salud, la educación, la disminución de la pobreza, la reducción de la violencia, y el ascenso de la tolerancia y de la institucionalidad democrática.

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Luego, Pinker hace un esfuerzo por explicar dos cosas. Primero, las razones por las cuales estos últimos dos siglos –una bicoca en el espectro de nuestros 300.000 años de existencia como especie– son tan marcadamente diferentes al pasado. Segundo, las razones por las cuales, contra un bloque tan contundente de evidencia en sentido contrario, es tan común nuestra percepción de desastre inminente y de cataclismo cantado.

El éxito obtenido, argumenta el autor, está anclado en los valores originados en la ilustración. En esencia, y en gran síntesis, la idea de que la razón es el vehículo adecuado para identificar y explicar, primero, y para resolver, después, todos los problemas. El progreso es una especie de punto cadeneta punto que va tejiendo la razón humana contrastando hipótesis, discutiendo alternativas y construyendo soluciones.

En cuanto al pesimismo, Pinker nos recuerda el concepto del sesgo de la disponibilidad, es decir el hecho de que en el camino de la reflexión serena y de la búsqueda a fondo se suele atravesar el demonio de la experiencia inmediata y la tendencia a generalizarla como si fuera el modelo que lo explica todo y que lo explica para siempre. Infortunios específicos, como la fechoría de un político, el maltrato de una mujer o un siniestro ambiental, mutan en nuestra mente de observaciones individuales amparadas en un contexto específico a verdaderas teorías generales del desastre insoluble.

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Y vuelvo a los trabajos que nos ha regalado Fedesarrollo. No hay en ellos un solo problema fácil de resolver ni una sola área en la cual no abunden los líos históricos, los errores de política pública, la injusticia social ni la falta de recursos. La resignación sería lo obvio e incluso lo sensato. Pero, en una manera de explorar que tiene entre líneas mucho en común con el llamado de Pinker a seguir usando la razón para enfrentar los problemas más importantes, los autores resisten esta tentación y nos convidan a derrotar el demonio de la experiencia inmediata y a pensar en serio. Bienvenida siempre esa invitación.

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