Opinión

  • | 2018/02/01 00:01

    Corrupción, paz o economía

    Estos temas aparecen como probables en el centro del debate electoral. Un cuarto tema sería el de seguridad.

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Ahora que se hacen tantas especulaciones y apuestas sobre quién será el próximo presidente y se repite la pregunta de ¿por quién votar?, vale la pena insistir en que por el momento son prematuros todos los análisis.

Lo que determinará el resultado de la elección será lo que sea el centro del debate en ese momento.

Hoy por hoy tres temas aparecen como probables. La corrupción, la paz y la economía. Un cuarto tema importante sería el de la Seguridad, que pesará de todas maneras, pero que moviliza menos en una elección.

Por el momento la corrupción ha sido el tema de los medios (Odebrecht, carruseles, etc.) y, en la medida que la Coalición Colombia de Fajardo, Claudia López y Jorge Enrique Robledo organizaron una unión y quien los representa va punteando en las encuestas. Con informes del Foro Económico Mundial que señalan que la corrupción del sector privado pasó del puesto 34 sobre 122 en 2010 al 104 sobre 138 en 2016 y que en el sector público ocupa el puesto 117, sobran razones para entender la importancia del tema.

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Sin embargo, proponer acabar la corrupción es solo demagogia o populismo electoral, puesto que nadie propondrá lo contrario, y ni es un programa concreto, ni se puede ir más allá de ‘reducirla a sus justas proporciones’.

El tema de la paz en sí mismo no pasaría a primer plano de no ser por los intereses electorales que hay detrás. El Acuerdo del Colón es ya un hecho cumplido, probablemente con más cuestionamientos que aprobación, pero las eventuales modificaciones o correcciones que se necesitan serán tramitadas de todas formas en proyectos que presentarán las bancadas de acuerdo a lo que propongan en las campañas, y será un abanico amplio de posiciones que se llevará al Congreso. En los resultados de las parlamentarias eso se definirá, y en consecuencia hasta cierto punto se agotará la comparación de fuerzas a su alrededor.

Así la campaña sobre si se defiende o se reforma el Acuerdo de Paz es también demagógica: ni hay posibilidad de que se vuelva a la guerra con unas Farc que ya no existen; ni las reformas o ajustes que seguramente se propondrán (gane quien gane) echarán para atrás la esencia de lo acordado.

Estos temas movilizan hoy las coaliciones (potenciales o concretadas) pero en la votación para presidente –tanto en la consulta como en la primera y segunda vuelta– tendrán menos peso las ‘maquinarias’ que los votos de opinión. Nada obliga a amarrar el voto parlamentario al de Presidente y no solo es bien sabido que una vez elegidos los parlamentarios pierden interés en seguir en campaña, sino muchos no coinciden ni en pensamiento ni en preferencias respecto a las candidaturas presidenciales con el partido por el cual están obligados a inscribirse.

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La tercera posibilidad es la de que la situación económica afecte demasiado los bolsillos de los pobladores y/o sea tan escandalosa que se convierta en tema para los medios. Existiendo razones para creer que así sucederá, la campaña para la primera magistratura no se movería tanto rebuscando motivos para estimular pasiones sino intentando respuestas a angustias con fundamentos reales.

La promesa de que ya pasó lo peor no tiene argumento diferente de presumir que estamos tan mal que solo se puede mejorar. Se ha repetido tantas veces que es por lo menos ingenuo basarse en esas afirmaciones para avizorar el futuro. Desde cuando la economía estaba ‘blindada’ hasta el último programa de ‘Colombia Repunta’ nada de lo previsto por el Minhacienda se ha cumplido. La falla del ‘blindaje’ nos llevó a tres años de caída libre en el crecimiento del PIB; y la presentación en marzo del ‘repunte’ con “La economía vuelve a crecer más, la inflación desciende, es decir, un año con una proyección mejor en el 2017… Empiezan las expectativas favorables, de confianza, optimismo”, terminó en un año bastante peor que 2016; en vez de 2,5% de crecimiento que aún sostenían caímos a 1,7%; la inflación superó los márgenes contemplados como objetivo; según la última encuesta de Yanhaas solo 19% de los colombianos son optimistas y la gestión del Gobierno es aprobada solo por 14% de los colombianos. Ni qué decir de resultados sociales con los índices de pobreza, de desigualdad, de desempleo, entre los más altos del continente, y todas las reformas a la Salud, a la Educación, a las Pensiones, a la Administración de Justicia pendientes.

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Es posible –y probable– que quien tenga trayectoria y ejercicio en la administración pública, preparación y formación académica en materias económicas, y propuestas que prioricen su uso para el bienestar de la población y no para mejorar indicadores macroeconómicos, coincida con las preocupaciones que ocuparán la mente de los colombianos cuando llegue el momento de escoger quien gobierne los próximos cuatro años.

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