Opinión

  • | 2018/07/05 00:01

    Civilidad rentable

    El debate contemporáneo suele privilegiar la incivilidad, lo cual tiene su lógica. Sin embargo, la incivilidad tiene costos.

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Una primera reacción a quien defiende la noción de “civilidad” en general, y a su papel en el debate democrático, en particular, podría ser de cáustica prevención, en el mejor de los casos, o de franca hilaridad, en el peor de ellos. Al fin y al cabo, contra el telón de fondo de unos temas que llegan y se van de la agenda relevante a velocidades cada vez más altas, de una estrechez creciente de los ciclos noticiosos y de una convergencia acelerada hacia el confort de las dicotomías, poco o nada conviene perder el tiempo en los preámbulos y en ejercer ese mínimo respeto por el argumento contrario, que consiste en entenderlo.

A quienes sienten que practicar la civilidad en el debate público es un costo que sobrepasa cualquiera que fuere su beneficio, pareciera asistirles la razón por dos motivos principales. Primero, porque la civilidad es fácilmente interpretable como una manifestación de debilidad y flaqueza en materia de convicciones, como una acepción particular del color gris, que es el menos deseable de todos los colores exhibidos en el calor y el vértigo de la plaza pública contemporánea. Allí se confunden el blanco y el negro de las exclusiones contundentes y el ad hominem a flor de piel, con el temple y el carácter. La incivilidad, entonces, reduce costos de transacción porque sería una señal inmediata de una virtud –la firmeza de alma–, que es un valor que, al amparo de la civilidad, se cose a un fuego demasiado lento.

Segundo, la civilidad sería excesivamente onerosa porque está cimentada en una dualidad costosa de cargar para quien la exhibe: el respeto sincero por el contrincante que defiende unas ideas cuyo contenido simple y llanamente no le merecen el menor respeto.

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La civilidad exige escuchar, desde luego, pero también exige entender los cimientos y la arquitectura de unos argumentos que ni se comparten, ni se respetan. Por flojos, por inconsistentes, e incluso por contrarios a los principios éticos de quien los está debatiendo.

Pues bien, hay argumentos en contra de la hipótesis según la cual el ejercicio de la civilidad es un costo injustificado en el debate público y razones para defenderla, cualquiera que sea este o aquel debate específico. Mi argumento central es que la civilidad causa mayor confianza ciudadana y que dicha confianza genera bienestar social por vías tan diferentes como el crecimiento económico y la convivencia. Pero vamos por partes.

Supongamos que fuera posible indexar la civilidad inherente en una determinada sociedad a lo largo de una escala, por ejemplo con valor cero en el extremo de la más absoluta incivilidad y valor uno en el extremo opuesto de la máxima civilidad. Más aun, supongamos que escogemos dos países, uno con un alto grado de civilidad y el otro con bajo grado de civilidad. Más aun, supongamos que las preferencias de los ciudadanos que habitan cada una de estas dos sociedades son prácticamente idénticos: quieren buenos sistemas de salud, educación, servicios públicos, seguridad y un largo etcétera.

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Para construir la sociedad que todos quieren, no hay caminos fáciles ni modos únicos. Se hace camino al andar, como diría Machado. Los ciudadanos no son homogéneos en cuanto a la ruta que consideran más adecuada, si bien quieren prácticamente lo mismo. Debatir es la columna vertebral del “andar” democrático, es eso que las democracias hacen para tramitar las diferencias y, mucho más importante, para tomar las decisiones. Y el punto de fondo es que la confianza entre los ciudadanos lubrica la complejas bisagras de las diferencias ciudadanas, facilitando el comercio y la convivencia.

Cabe preguntar: ¿Será que la civilidad promueve o que la civilidad castiga la confianza ciudadana? En mi caso personal, confío mucho en quien escucha y entiende mis argumentos, para luego desecharlos con sustancia. Desconfío del personaje que –desde el púlpito de turno– los despacha a punta de adjetivos. Con el atrevimiento que tiene expandir con base en lo personal, mucho me temo que al evitar los dos presuntos costos de la civilidad, las sociedades terminan en el pésimo equilibrio de la desconfianza.

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