Opinión

  • | 2018/03/28 00:01

    Capitalismo democrático no es una panacea

    Entre más avanza el modelo del capitalismo y democracia, más protuberantes son sus deficiencias.

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No hay tal que para un mundo convulsionado la solución la da el modelo de capitalismo y democracia como lo reivindicaba Francis Fukuyama, y como aun nos lo quieren vender quienes se encuentran beneficiarios del mismo; es decir, los países desarrollados alrededor de este modelo y de su filosofía –en especial los Estados Unidos– que quieren no solo que se mantenga sino que funcione ‘a toda máquina’, puesto que está hecho para ellos.

Pero vemos y vivimos que entre más avanza o consolida sus características más protuberantes son sus deficiencias y más evidentes sus malas consecuencias. Debemos reflexionar sobre si el supuesto de sus bondades, que pudo tener validez en algún momento, se puede aceptar hoy en día.

Es decir, la pregunta es si el modelo de libre empresa, de competencia, de soberanía del mercado, del neoliberalismo como etapa del capitalismo es lo que debemos promocionar y seguir, o si por el contrario debemos buscar maneras de corregir el rumbo; si ya cumplió su ciclo y si hoy es más fuente de problemas que de soluciones. Y, desde una perspectiva menos controversial que cuando la confrontación obligaba a verlos como alternativas excluyentes, se puede revisar e integrar también con las bondades de otros modelos.

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Por ejemplo, la revolución cubana no fue un éxito visto desde el modelo capitalista, pero sí logró los objetivos socialistas que se fijó, como la universalidad en la salud, en la educación, en la igualdad de oportunidades y de condiciones de vida para el grueso de la población. Y el abandono del socialismo no quiere decir que deja Estados fallidos. Rusia hoy aparece más poderosa y en mejor posición que antes de la revolución, y ninguno de los países de la Cortina de Hierro o de las otras exrepúblicas soviéticas están más atrasadas que los países periféricos del capitalismo, como América Latina o África. No lo es China que, como dijera Deng Ciao Ping, hace 30 años solo uno de cada tres habitantes tenía suficiente comida, y hoy ninguno de los 1.500 millones de ciudadanos se acuesta con hambre, y, sin abandonar su modelo político, hoy sus empresas compiten ventajosamente con las del mundo capitalista.

En cuanto al fracaso de la revolución bolivariana se olvida que Chávez fue un gobernante apoyado por su pueblo durante más de diez años en forma más masiva que cualquier mandatario que haya tenido Colombia; lo fue por su modelo, mientras cumplió su objetivo de disminuir las desigualdades. Otra cosa es que por estar basado en un supuesto de recursos económicos infinitos –el petróleo–, al cambiarse esto, fracasó; desapareció la condición necesaria para continuarlo y apareció después la persona más incapaz para propiciar algún ajuste o rectificación. Pero evaluando sus propósitos y sus resultados, cumplió mientras existieron las condiciones sobre las cuales se fundó.

Como todas las especies, incluyendo los humanos, tienen que desaparecer, pretender que el capitalismo no es solo parte de un proceso que cumplió un ciclo sino una meta a la cual se llegó y que dará respuesta final al orden social, es simplemente erróneo.

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Los cuestionamientos a la falta de éxito en sus propios propósitos son conocidos. En lo económico los últimos 20 años han significado un crecimiento de menos de la mitad que los 20 anteriores; y lo mismo en el campo político la caída en la credibilidad en el sistema democrático es evidente.

Imposible concebir que no pudiera presentar ningún resultado en los objetivos que se fija –o que si lo que haga en ellos sirve de evaluación de su gestión el resultado fuera negativo–. Pero hay otras dimensiones y partiendo de la base que tanto lo bueno como lo malo es el fruto que este produce, toca poner en la balanza de un lado los avances tecnológicos y su impacto o mejora en lo que denominan nivel de vida, y del otro sus efectos en el orden social y en la condición del ser humano.

Y en esto nos encontramos con que si, por ejemplo, tomamos como medición lo que sería el ícono por excelencia del capitalismo como es el automóvil aparece que es al mismo tiempo hoy el problema más inmanejable y con tendencia inevitable a un futuro peor. Expandido esto a todos los electrodomésticos como representativos de la sociedad de consumo –columna vertebral y objetivo de la economía capitalista–, nos encontramos con que el planeta no tiene capacidad para digerirlos cuando se desechan; o como medición más comprehensiva, el calentamiento ambiental con todas sus consecuencias para los humanos –inundaciones, sequías, tsunamis, huracanes etc.–, son producto del desequilibrio que produjo el éxito del modelo capitalista.

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Qué decir a nivel del individuo lo que son las pandemias tan crónicas y tan esparcidas como las enfermedades modernas del estrés o de la depresión. El modelo económico neoliberal no solo falla como modelo económico; como modelo político es perverso en cuanto afecta a la sociedad y al ciudadano.

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