Opinión

  • | 2018/04/12 00:01

    Mutando eslogan

    El crecimiento económico es condición necesaria para derrotar la pobreza. Pero no es suficiente. En Colombia es necesario continuar y fortalecer políticas que son atinadas.

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El crecimiento económico aparece hace apenas unos doscientos años -centavos más, centavos menos- lo cual es apenas una bicoca en la ventana amplia de los doscientos y tantos mil que los humanos modernos llevamos ejerciendo como especie. Lo interesante es que en el contexto de esa bicoca casi milimétrica está ocurriendo la más espectacular de todas nuestras hazañas: la desaparición de la pobreza. Claro, en el camino hemos logrado una que otra cosita, como explicar el origen del universo, descifrar el código que subyace la vida y mamar gallo en la superficie de la luna pero nada se acerca, creo yo, al hecho pasmoso de tener, al alcance de la mano, el punto final de una tragedia que nos ha azotado sin compasión a lo largo de toda la travesía.

Al comenzar el Siglo XIX, recién estrenado el crecimiento, el 95% de toda la población mundial, que en ese entonces apenas raspaba las mil millones de almas, vivía en condiciones que ofenden la condición humana. Basta recordar que 100 millones de personas (10% de la población inicial) se murieron de hambre, literalmente, en el siglo XIX, que la esperanza de vida al nacer escasamente bordeaba los treinta años, en buena parte porque casi el 60% de los niños y niñas morían antes de cumplir 5 años y que la educación más básica –leer y escribir- solo amparaba al 10% de la población. Y, quizás lo que resulta más trágico de todo, es que así había sido por los siglos de los siglos. La niña que nace en el año 1800 no tiene razón alguna para suponer que su vida va a ser mejor –más larga, más saludable, más interesante- que la vida de su madre, que la de su abuela, o que la de la tatarabuela de su tatarabuela.

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Entre comienzos del Siglo XIX y nuestros días se ha logrado darle una vuelta casi completa a la tortilla. Mirando al mundo en su conjunto, la pobreza extrema cobijaba a algo más de mil millones de personas en 1820. Puesto en otros términos, los que no eran pobres sumaban apenas 70 millones de personas repartidos a lo largo y ancho del planeta –incluyendo todos los personajes que inspiraron a Jane Austen, por decir algo-. Hoy día, la población en situación de pobreza extrema no llega a los 800 millones de personas, en un planeta que ya bordea las 7.500 millones de almas. La esperanza de vida al nacer supera los 75 años, la mortalidad infantil no llega al 5% y la educación primaria es prácticamente un hecho universal. Con razón hay tantos autores (1) (2) (3) publicando libros desvergonzadamente optimistas, desafiando el espíritu noir tan dominante en ciertos círculos intelectuales.

Lo cual nos aterriza en Colombia, donde acaban de salir del horno las cifras sobre pobreza en 2017. Lo que dicen los números es bastante claro: los indicadores siguen mejorando en el país y si continuamos andando por esta vía, el concepto de “eliminación de la pobreza” va a mutar más temprano que tarde de eslogan en abstracto a realidad en concreto.

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En efecto, entre 2002 y 2017 –período en el que pastaron tanto las vacas gordas como las vacas flacas-  los hogares en condición de pobreza pasan de representar el 49,7% del total a representar 26,9% del total. Una manera de entender la dimensión que tienen los resultados es a través de un dato contundente: en los últimos tres lustros, la población que no es pobre sube continuamente de unos 20 millones a unos 35 millones de personas de carne y hueso. Cosa similar ocurre con la población que no sufre pobreza extrema: pasa de 32,9 millones en 2002 a 44,5 millones en 2017.

El Dane presenta los resultados de otro ejercicio interesante: la estimación de la llamada pobreza multidimensional, cuya premisa es atractiva: el fenómeno de la pobreza sobrepasa su acepción puramente monetaria y abarca áreas como la calidad de la vivienda, el acceso a los servicios públicos, al mercado de trabajo y a la educación. En concreto, para cada hogar se estiman 15 indicadores y se califica como pobre, en su sentido multidimensional, a un hogar donde haya carencia en al menos 5 de estos indicadores. Medida de esta manera, la incidencia de la pobreza baja de 49% de los hogares en 2003 (cálculos de R. Angulo, 2011) a 17% en 2017.

Es muy claro que además del crecimiento, algo se está haciendo muy bien en Colombia y, en estas vísperas electorales, conviene recordarlo con énfasis. Detrás de estos resultados está el punto-cadeneta-punto de un equipo profesional con continuidad, que piensa con seriedad, argumenta con fundamento y con frecuencia ha sido capaz de convencer a los tomadores de decisiones de optar por la mejor alternativa. Ojalá el próximo gobierno tenga la sensatez de proteger y, ojalá, multiplicar en todas partes este componente estupendo de nuestra institucionalidad.

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