| 3/28/2018 12:01:00 AM

Los mercados financieros tienen turbulencias a la vista

Una laxitud monetaria prolongada infla los precios de los activos, por lo cual cambios en las expectativas generan correcciones abruptas. ¿Aumentará la volatilidad?

Una postura monetaria laxa en extremo, como la que mantienen los grandes bancos centrales del mundo desde la crisis financiera internacional, hace una década, no luce apropiada en la coyuntura actual. La economía mundial está ahora en una fase de expansión sostenida, que comenzó a mediados de 2016, se prolongó el año pasado y se prevé que prevalezca en los dos siguientes. La aceleración del crecimiento en esta etapa tiene lugar tanto en las economías avanzadas como en las emergentes, por lo cual se retroalimenta a través del incremento del comercio internacional y los flujos de capital. Además, se basa en un repunte generalizado de la inversión y un aumento de la actividad industrial.

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La turbulencia de comienzos de febrero pasado en los mercados financieros internacionales sugiere que mantener la laxitud monetaria puede ser peligroso para la estabilidad financiera global, porque distorsiona los precios de los activos financieros. La abundante liquidez y las bajas tasas de interés estimulan el apetito por los activos financieros riesgosos, de modo que el exceso de demanda hace que sus precios se incrementen de manera exuberante. Esa deformación impide a los inversionistas percibir de una forma apropiada el riesgo que implica tomar posiciones en ellos.

En esas condiciones, cambios en las expectativas inflacionarias y de tasas de interés, motivados por síntomas de presiones inflacionarias incipientes, producen caídas inesperadas y pronunciadas (“correcciones”) en su valor, que pueden infligir cuantiosas pérdidas de riqueza a sus poseedores. Si estos son consumidores, podrían frenar su demanda. Si se trata de empresas, podrían desestimular su inversión. También ocasionarían una desvalorización de los activos de los intermediarios financieros, con lo cual podrían afectar su patrimonio y, en caso extremo, frenar la oferta de crédito. A través de estos canales, podrían además ralentizar la actividad económica.

La distorsión de los precios de los activos también conduce a una mala asignación de los recursos y a mantener bancos y empresas ineficientes que acceden a bajo costo a los mercados financieros. Eso les permite sobrevivir a pesar de su baja productividad.

En el caso de los bonos, la distorsión de sus precios retarda la consolidación fiscal, porque les permite a los gobiernos financiarse a bajo costo sin el apremio de tener que reducir sus déficits fiscales ni su deuda pública.

Las bajas tasas de interés estimulan el endeudamiento de los hogares, las empresas y los gobiernos, en una coyuntura en la cual la magnitud de las deudas está en máximos históricos. De esta manera, retrasa el desapalancamiento.

Foto: Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo; Haruhiko Kuroda, gobernador del Banco de Japón y Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal.

Por último, la consolidación fiscal rezagada y la postura monetaria estimulante en extremo dejan a las autoridades sin instrumentos para combatir los efectos de un eventual estallido de las burbujas financieras, o de otros choques que generen una desaceleración prolongada de la actividad económica.

Por estos riesgos, los bancos centrales no pueden permanecer despreocupados sobre lo que pasa en los mercados financieros. Sobre todo, no deben permitir que los precios de los activos se inflen de una forma exuberante, por unas expectativas autocumplidas. Por tal motivo, algunas veces deben intervenir para desinflar o, si se prefiere, alinear las expectativas sobre los precios de los activos, de un modo similar a como lo hacen con las de los de los bienes y los servicios.

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Sin embargo, no siempre pueden hacerlo de una manera oportuna, porque su mandato se estableció con prioridad sobre la estabilidad de los precios de los bienes y los servicios, junto con la de la actividad económica (o el empleo). Además, su intervención en los mercados financieros para tratar de estabilizar sus precios es errática, como lo demuestran los intentos fallidos de lograr metas para las tasas de cambio.

En la coyuntura actual, por ejemplo, la extrema laxitud monetaria de los grandes bancos centrales del mundo luce riesgosa. A primera vista, el incumplimiento repetido de sus metas de inflación, por una minúscula variación persistente (incluso negativa) de los precios, parecería justificarlo.

Han ocurrido cambios estructurales en la economía mundial que han retrasado el repunte de la inflación en las grandes economías, a pesar de la aceleración de la actividad económica en ellas. El amplio grado de apertura de las economías y la reducción en los costos de transporte y comunicaciones permiten una intensa competencia extranjera en los mercados de bienes y de factores, que reduce el impacto de los excesos de demanda interna sobre los precios domésticos, incluso cuando se cierra la brecha del producto. Además, en la era de la globalización las ventajas comparativas de todas las economías pueden ser aprovechadas por la integración de las cadenas internacionales de valor, que permiten producir los bienes y los servicios al mínimo costo posible, con una gran independencia de los excesos de demanda, la ocupación y la utilización de la capacidad instalada en las grandes economías.

Por tal motivo, hasta ahora la Fed ha podido encaminar su postura monetaria hacia la normalidad de una forma paulatina, mediante incrementos pausados de su meta para la tasa de interés sobre los fondos federales y una disminución progresiva de sus compras de activos, gracias a que la inflación en los Estados Unidos permanece debajo de la meta (2%), a pesar de la proximidad de la economía estadounidense al pleno empleo, como lo indica su baja tasa de desempleo (cercana a 4%).

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Por ello, el acceso a la financiación en los Estados Unidos permanece amplio, a pesar de que su precio aumenta, a medida que la Reserva Federal (Fed) eleva la meta para su tasa de interés, y así prevenir un recalentamiento de la economía. De esta manera, las condiciones financieras en ese país siguen en el cuartil más relajado de su distribución durante la última década.

Sin embargo, el retraso del repunte de la inflación en las grandes economías no significa que no ocurrirá. Los grandes bancos centrales son conscientes de ello. El presidente de la Fed, Jerome Powell, declaró, por ejemplo, hace poco que en los próximos meses la variación de los precios en los Estados Unidos estará convergiendo a la meta. Es probable que el efecto estimulante sobre la demanda de la reforma tributaria y el mayor gasto público, la debilidad del dólar y el proteccionismo en ciernes tengan el efecto de acelerar la convergencia en ese país.

En consecuencia, si los síntomas de esa convergencia sugieren su inminencia en los próximos meses, generarán mayores expectativas inflacionarias y temores de una aceleración del tránsito a la normalidad monetaria en los países avanzados.

Esa inquietud disminuiría la tolerancia al riesgo en los mercados internacionales y podría causar correcciones pronunciadas en los precios de los activos, que los alineara mejor con sus determinantes fundamentales. Por tanto, es probable que en los próximos meses aumente su volatilidad.

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