| 11/8/2018 12:01:00 AM

Mercados financieros: ¿sin un rumbo definido?

Después de las caídas de octubre, los inversionistas se preguntan para dónde van los mercados financieros. ¿Se trata de una corrección o de una tendencia a la baja?

Antes de octubre el mercado bursátil de Estados Unidos estaba próximo a alcanzar nuevos máximos. No obstante, como consecuencia de los descensos sufridos en ese mes, se evaporaron las ganancias que allí habían hecho los inversionistas en lo que va de 2018.

En esta ocasión los desplomes redujeron el Dow Jones cerca de 8%, condujeron al Nasdaq a su primera corrección desde febrero, con un declive mayor a 10% desde su última cima, e hicieron que el S&P 500 tuviera 15 días de caídas en el mes, el mayor número de resultados negativos desde octubre de 2008.

La última declinación fue la más difícil de sortear en mucho tiempo, debido a que el mercado no encontraba un soporte para detener el descenso de los índices, por la falta de un ánimo comprador entre los inversionistas.

La ausencia de una inclinación compradora hará más difícil detener ese tipo de desplomes en el inmediato futuro, en la medida en que primará la cautela.

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En el transcurso de 2018 había primado una volatilidad tenue en los mercados. Sin embargo, los choques a la baja de octubre sugieren que ese periodo pudo haber llegado a su fin.

La inquietud de los inversionistas se manifestó en los dos brincos que tuvo el índice de volatilidad de las opciones del S&P 500, calculado por la bolsa de Chicago (VIX), en octubre. En ambas oportunidades el VIX ascendió a cerca de 25, que resulta alto comparado con su promedio histórico de 20, que se considera normal.

El VIX tiene una relación inversa con el S&P 500 porque mide cuánto pagan los participantes en el mercado por las opciones que los protegen en los siguientes 30 días. El aumento de alrededor de 100% del VIX en octubre sugiere que los inversionistas están temerosos de un descenso de los índices bursátiles en los próximos meses.

A pesar de los buenos fundamentales de las economías avanzadas en el corto plazo, la intranquilidad de los inversionistas surge de los crecientes riesgos para la estabilidad financiera y la actividad económica global.

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Las principales amenazas son una guerra comercial, la política fiscal populista en Italia, la salida del Reino Unido sin un acuerdo de la Unión Europea, la aceleración del tránsito a la normalidad monetaria de la Reserva Federal (FED) y otros grandes bancos centrales, los efectos adversos que podría motivar en los mercados financieros y en las economías emergentes, junto con la conjetura de que una gran cantidad de las compañías habría alcanzado ya la cima de sus utilidades.

Con tales motivos de preocupación, los inversionistas se preguntan si los descensos de los mercados financieros de los Estados Unidos son el presagio de una corrección, que ocurre cuando la caída de los precios desde la última cima llega a 10%; o constituyen los primeros indicios de algo más drástico, como el inicio de un mercado con una inclinación a la baja, durante la cual el descenso acumulado sobrepasaría 20%.

Aunque en el corto plazo los fundamentales macroeconómicos de las economías avanzadas respaldan las ganancias de sus empresas y el auge de sus mercados financieros, en el mediano plazo las perspectivas podrían cambiar. De modo que quizá, mientras que en el corto plazo tenga lugar una corrección, en el mediano plazo se podría originar una tendencia a la baja, al materializarse alguno de los riesgos enumerados.

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Entre ellos, el más drástico sería un apretón monetario muy rápido o excesivo de parte de los grandes bancos centrales, para evitar recalentamientos que generaran desbordes inflacionarios y desalineaciones de las expectativas.

A pesar de que las caídas de octubre eliminaron las ganancias del año en los principales índices de las bolsas de Estados Unidos, al tiempo que redujeron (en más de 10%) la relación entre el precio y la ganancia, este indicador todavía está muy arriba (40% en el caso del S&P 500) de su promedio histórico. Esto sugiere que persiste una sobrevaloración de las acciones.

La sobrevaloración fue una de las consecuencias de una década de laxitud extrema de la postura monetaria de los grandes bancos centrales que, debido a las tasas de interés nulas y la abundante liquidez, generó un exceso de demanda por los activos financieros, el cual elevó de una forma exuberante sus precios.

Pero a medida que suban las tasas de interés y disminuya la liquidez, por el tránsito a la normalidad de sus posturas monetarias, el exceso de demanda se convertirá en uno de oferta, que disminuirá los precios.

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En un artículo reciente, Martin Feldstein, de la Universidad de Harvard, enumera tres razones por las cuales las tasas de interés de largo plazo tendrán en el futuro una tendencia al alza, que eliminará el exceso de demanda por activos financieros y desinflará sus precios. Por esta causa, con una alta probabilidad los mercados financieros seguirán una inclinación a la baja en el mediano plazo.

La primera de las razones es el tránsito a la normalidad de la postura monetaria de la FED que, según los pronósticos de los miembros de su comité de operaciones de mercado abierto, llevará la meta para la tasa de interés sobre los fondos federales a 3,5% anual en 2020.

La segunda es el aumento del déficit fiscal en Estados Unidos, que generará una mayor oferta de bonos de deuda pública, con lo cual disminuirá su valor y aumentarán sus tasas de interés.

La tercera es el exceso de demanda en el mercado de trabajo de Estados Unidos, que aumentará los costos laborales, lo cual presionará la inflación al alza y llevará a los compradores de bonos a exigir unas tasas de interés más altas, como compensación.

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En opinión de Feldstein, eliminar la sobrevaloración de las acciones en Estados Unidos, que ocurrirá a medida que se elevan las tasas de interés, implicará una cuantiosa pérdida de riqueza para los consumidores, que reducirá su demanda. Este descenso, junto con el de la inversión, que será causado por el aumento de las tasas de interés de largo plazo, llevarían la economía a una recesión.

Lo preocupante es que esta sería más profunda y prolongada de lo normal –menos de un año en promedio–, debido a la falta de espacio que tendrían las autoridades para enfrentarla, porque las tasas de interés estarían todavía bajas (3,5% en 2020) y la deuda pública sería muy elevada (100% del PIB).

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