| 2/15/2018 12:01:00 AM

¿Cuáles son los avances del Gobierno de Trump hasta el momento?

El presidente Trump está empeñado en acelerar el crecimiento, gobernar para las minorías y renunciar al liderazgo mundial de su país. ¿Qué tanto ha avanzado?

Al llegar al gobierno, Donald Trump y su equipo económico prometieron llevar a cabo poco menos que un milagro: elevar la tasa de crecimiento de la economía por encima de 3% o incluso de 4% de manera sostenida, con base en una reforma tributaria que recortaría los impuestos, un incremento de la inversión en la infraestructura, una renegociación o una ruptura de los tratados de libre comercio y una desregulación en sectores claves de la economía como el energético y el financiero.

Los primeros resultados económicos durante su gobierno no concuerdan con las promesas. De acuerdo con los pronósticos del Fondo Monetario Internacional, la actividad económica en los Estados Unidos habría aumentado 2,3% en 2017 y se acelerará a 2,7% en 2018 y a 2,5% en 2019. De manera que, por lo menos en el primer año, el crecimiento no difiere mucho del promedio del gobierno anterior (2,1% desde 2010 hasta 2016) y las proyecciones del FMI no dan crédito a las promesas del gobierno.

Quizá ello se deba a que aparte de alardear por Twitter, la administración Trump tomó pocas medidas económicas durante su primer año, como resalta Simon Johnson, del Instituto Tecnológico de Massachusetts. Con excepción de la reforma tributaria, su agenda legislativa se estancó. Además, el progreso en implementar sus propuestas se ha visto obstaculizado porque sus funcionarios y asesores están en desacuerdo con la manera de proceder en una gran cantidad de temas, desde el Tratado Norteamericano de Libre Comercio (Nafta) hasta el sistema de salud.

Al mismo tiempo, el impacto de la desregulación no ha sido de grandes proporciones. Según las declaraciones del presidente, por cada nueva norma expedida el gobierno dejó sin vigencia 22, gracias a lo cual redujo los costos regulatorios en US$8.100 millones, equivalentes apenas a 0,04% del PIB. Pero la manera de hacerlo fue más bien restringiendo la expedición de normas antes que derogando las antiguas. Durante su primer año, la administración Trump expidió apenas 156, mientras que la de Obama promulgó 510 y la de Bush 445.

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Aunque logró la aprobación de una reforma tributaria que recortó los impuestos, con lo cual estimulará la demanda en el corto plazo, para acelerar la actividad económica alrededor de 0,4% en los primeros años, si implementa otras de las políticas que anunció, quizá desmejore la capacidad de crecimiento de la economía en el mediano plazo.

Eso es justo lo que ocurriría si logra concretar sus propuestas proteccionistas o las de restringir la inmigración, porque con ello frenaría la innovación, el progreso tecnológico, con cual desmejoraría la competitividad de la economía, y obstaculizaría el incremento de la productividad.

Tampoco le haría un gran favor al sector financiero ni a la economía si desmonta la regulación promulgada con el fin de restablecer la estabilidad en los mercados después de la crisis de 2007-2008, porque ello podría conducir en el mediano plazo a una mayor inestabilidad macroeconómica y financiera.

Una de las cosas más favorables ocurridas en el primer año del gobierno del presidente Trump es el incumplimiento de sus promesas proteccionistas.

Por fortuna no ha ocurrido un cambio sustancial en el Nafta, ni en las relaciones comerciales con China, Alemania, Japón y otras grandes economías. Por esta razón no se ha desencadenado una guerra comercial u otra de monedas, aunque el riesgo sigue latente, como resulta evidente con la aprobación reciente de las tarifas de salvaguardia a los paneles solares y las lavadoras.

Foto: Steven Mnuchin, secretario del Tesoro.

Ahora la prioridad en materia económica anunciada por el gobierno es aumentar la inversión en la infraestructura. Sin embargo, no parece haber todavía un plan coherente para llevarla a cabo, que contemple la evaluación de los costos y los beneficios de los proyectos. Hasta el momento todo lo que hay al respecto son solo los buenos propósitos, manifestados en los trinos del presidente, de asignar US$1,5 billones al gasto en infraestructura y los indicios de la intención de llevar a cabo el programa por medio de subsidios a los inversionistas privados.

Tal vez esta no sea la mejor manera de hacerlo, porque con una alta probabilidad ellos propondrían aquellos proyectos de los cuales pudieran obtener los beneficios más altos, que no tienen por qué coincidir con los que producen el mayor retorno social.

Un año después de comenzar su mandato, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, no deja de sorprender a sus críticos, no solo por su poco dominio de la mayoría de los asuntos públicos, sino además por su particular manera de implementar sus políticas, en contra de quienes no votaron por él.

Con el ánimo de satisfacer a sus seguidores nacionalistas, se ha empeñado en restringir la inmigración, desfavorecer a los inmigrantes y debilitar el orden económico y político liberal prevaleciente en el mundo desde el final de la Segunda Guerra Mundial, al renunciar al liderazgo que ha tenido su país en él.

En lugar de tratar de fortalecer la cooperación en los organismos multilaterales, para resolver los desacuerdos a través del diálogo y a la luz del derecho internacional, prefiere la intimidación unilateral y el retiro de las regiones en las cuales la presencia de su país garantiza el equilibrio geopolítico entre los países con intereses divergentes.

Es probable que con el tiempo, en la medida en que los Estados Unidos decaen como la nación más poderosa del mundo, otras que se fortalezcan ocupen su lugar.

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Sin embargo, en el corto plazo ese vacío y la falta de liderazgo entrañarán grandes riesgos para la estabilidad económica, financiera y geopolítica global, sobre todo si emergen crisis de grandes proporciones en cualquiera de esos aspectos.

Al mismo tiempo, para mantener contentos a los republicanos doctrinarios, se ha esforzado en acabar con el sistema de atención de la salud pública implantado por la administración de Barack Obama, sin tener un esquema alternativo para reemplazarlo ni importarle dejar desprotegidos a un gran número de ciudadanos.

Por último, logró la aprobación de una reforma tributaria que, si bien mejorará la competitividad de las empresas que producen en los Estados Unidos, al recortarles la tasa del impuesto de renta; también desmejorará la distribución del ingreso y la solvencia del Estado.

Por estas razones, sus críticos, como Bradford DeLong, de la Universidad de California, sostienen que el presidente Trump no tiene interés alguno en unificar el país, implementar políticas eficaces o conquistar a quienes no votaron por él.

Parece más bien interesado en conseguir victorias sobre sus contradictores políticos, para ufanarse con ello.

En contraste, muchos de los predecesores de Donald Trump en la presidencia de los Estados Unidos trataban con sus políticas de solucionar los problemas del país, tener en cuenta los intereses de quienes no habían votado por ellos, atender las preocupaciones de sus votantes y buscar la unidad del país.

De esa manera intentaban asegurar desde el comienzo un respaldo suficiente para su reelección.

Por el contrario, Donald Trump no pretende ser el presidente de la mayoría, sino más bien de algunas minorías: los nacionalistas, los supremacistas blancos y los ciudadanos de mayores ingresos. ¿Podrá con ello lograr su reelección?.

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