| 4/26/2018 12:01:00 AM

¿Quién ganará la guerra comercial entre China y Estados Unidos?

Las medidas proteccionistas en Estados Unidos en contra de China podrían desatar una guerra comercial. ¿Existe una estrategia de negociación menos costosa?

En el transcurso de este año el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, puso en marcha una serie de restricciones a las importaciones, dirigidas, sobre todo, en contra de China.

En el caso de quedar en firme tales medidas proteccionistas podrían desatar una guerra comercial con ese país, porque sus autoridades anunciaron ya la retaliación con la cual responderán a cada una.

Por ejemplo, contra los aranceles de 25% y 10% sobre las importaciones de acero y aluminio que anunció Estados Unidos, China manifestó su intención de imponer tarifas sobre 128 productos importados de ese país. Luego el gobierno estadounidense informó que planea establecer otro arancel de 25% sobre otros 1.300 bienes importados de China, a lo cual este país amenazó con responder con otro arancel de la misma magnitud sobre otros 106 productos norteamericanos.

Algunos expertos como Martin Feldstein, de la Universidad de Harvard, creen que los anuncios grandilocuentes del presidente Trump sobre sus medidas proteccionistas en contra de China, son parte de una estrategia negociadora para forzar a las autoridades de ese país a modificar su política comercial. Dentro de ella, sobre todo el requerimiento prohibido por la OMC de que las compañías extranjeras tengan que establecer proyectos conjuntos con homólogas chinas y compartir su propiedad intelectual con ellas para tener acceso al mercado chino.

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Otros especialistas como Jeffrey Frankel, de la Universidad de California, sugieren que en ese intento el presidente Trump sobrestima el poder que tienen los Estados Unidos en su relación comercial con China. En su concepto, la posición negociadora más fuerte se inclina hacia donde lo haga el superávit comercial, porque este le permite al país favorecido acumular pasivos del que tiene el déficit.

En este caso China tendría la ventaja en una eventual confrontación con los Estados Unidos, porque tiene más de US$1 billón de sus reservas internacionales denominadas en bonos de la deuda pública emitidos por los Estados Unidos.

Con este arsenal, las autoridades chinas podrían atacar a su adversario por medio de una venta masiva de esos títulos. Sin embargo, en ese evento China perdería porque el exceso de oferta de los títulos conduciría a una pronunciada desvalorización de ellos.

Pero dado el deterioro del balance fiscal y de la solvencia del Estado, por causa de la reforma tributaria de la administración Trump en los Estados Unidos, el gobierno chino puede causar gran daño con solo por amenazar que no comprará más deuda estadounidense. Con ello también causaría un incremento acelerado de las tasa de interés de largo plazo en los Estados Unidos, una desvalorización de los activos financieros denominados en dólares y una disminución de la inversión y de la actividad económica en ese país.

Quizás las autoridades chinas reserven esa bomba atómica como último recurso. Antes de usarlo tal vez el gobierno del presidente Trump entienda que no tiene cómo doblegarlas, porque al atacar a China con el armamento disponible también le hace daño a su país, de varias maneras.

Primero, porque al gravar los insumos provenientes de China, como el acero y el aluminio, incrementa los costos de producción de sus empresas, como las de su industria automotriz. Con ello desmejora la competitividad de las firmas en los Estados Unidos y disminuye el bienestar de los consumidores de ese país.

Segundo, porque una guerra comercial con China interrumpe las cadenas internacionales de valor de las empresas multinacionales norteamericanas, con lo cual reduce sus ingresos y las utilidades que obtienen.

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Tercero, porque aumentar los aranceles genera presiones inflacionarias que podrían forzar a la Reserva Federal a acelerar su tránsito a una postura monetaria normal, e incluso a adoptar una restrictiva, con lo cual se frenaría la actividad económica.

Incluso en el caso poco probable de que China concediera algunas ventajas comerciales a los Estados Unidos, su déficit en la cuenta corriente no disminuiría, porque la causa de él no es la relación comercial “desventajosa” con ese país, sino el exceso de gasto doméstico de la economía estadounidense.

En la coyuntura actual ese exceso de demanda en lugar de disminuir tiende a aumentar, como consecuencia del menor ahorro público y del mayor gasto privado, que serán inducidos por la reforma tributaria implementada por el gobierno del presidente Trump.

Mientras no se reduzca el exceso de gasto doméstico –o el defecto de ahorro interno– en los Estados Unidos, el resultado final del proteccionismo en contra de China será un remplazo de las importaciones provenientes de ese país por las de otros, sin una disminución de su déficit en la cuenta corriente.

Como ocurre con frecuencia en las desavenencias que se presentan en las relaciones entre dos partes, en el caso de las condiciones desventajosas que enfrentan las firmas extranjeras para entrar a China, al tener que compartir su propiedad intelectual, las soluciones menos traumáticas y costosas son las que proceden el derecho y no por las vías de hecho.

En este caso, como sugiere Frankel, lo indicado sería que Estados Unidos acudiera a la Organización Mundial del Comercio (OMC) en compañía de los países cuyas firmas sufren idénticos perjuicios.

Acaso este camino sea más eficaz, porque de manera paulatina China ha comprendido los beneficios de tener un sistema multilateral de comercio regido por reglas claras, como las establecidas por la OMC.

Por tanto, al partir de un diagnóstico erróneo y de una pretenciosa, pero falsa percepción de dominio, el ataque comercial en contra de China sería ineficaz e ineficiente para estrechar el déficit en la cuenta corriente de los Estados Unidos, aumentar el ritmo de la actividad económica, incrementar la generación de empleo y elevar los salarios reales en ese país.

En contraste, podría desencadenar una guerra comercial global, cuyo costo sería enorme. Como resultado de ella, el arancel que enfrentaría un exportador promedio en el mundo se incrementaría en 32 puntos porcentuales, mientras para un exportador norteamericano se elevaría en 27, para uno de la Unión Europea en 32 y para uno de China en 36, de acuerdo con los cálculos de Alessandro Nicita, de la UNCTAD; Marcelo Olarreaga, de la Universidad de Ginebra; y Peri da Silva, de la Universidad de Kansas.

Con semejantes obstáculos, la guerra comercial podría disminuir el volumen del comercio internacional. Con ello también se podría ralentizar el crecimiento tanto en los Estados Unidos como en el resto del mundo, al tiempo que disminuirían los salarios reales y el bienestar allá y alrededor del globo.

También sería muy difícil que persistieran las cadenas globales de valor, que permiten aprovechar las ventajas comparativas de muchas economías de manera simultánea, con lo cual disminuyen los costos de producción de las firmas elevan los salarios reales y el bienestar de la población en casi todos los países.

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Como argumenta la sabiduría popular, las guerras comerciales perjudican a todo el mundo; pero en contra de lo proclamado por Trump, no son fáciles de ganar.

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