| 8/2/2018 12:01:00 AM

¿Qué lecciones dejaron las crisis financieras de las últimas dos décadas?

Colombia ha enfrentado dos duros golpes en las pasadas décadas: la recesión de finales del siglo XX y la caída financiera de 2008. Lecciones de dos grandes crisis económicas.

Hace 20 años Colombia iniciaba el capítulo más trágico de su historia económica, con la nacionalización del Banco Granahorrar, ocurrida en octubre de 1998. Los hechos derivados fueron drásticos: el país perdió en solo un año aproximadamente 4 puntos de su PIB y los efectos se sintieron hasta los primeros años de este siglo, porque la economía apenas logró volver a crecer por encima de 4% hacia 2003.

Como si se cumpliera el diagnóstico de los que creen que la historia es cíclica, justo 10 años después el país enfrentaba el duro golpe derivado de la caída del too big to fail Lehman Brothers –en septiembre de 2008– que derivó en una recesión que se llevó por delante a la economía mundial. Naciones enteras sufrieron las consecuencias, desde Islandia, pasando por Grecia, Italia y España, hasta Estados Unidos: todas, sin excepción, cayeron en profundas recesiones. El eco de esa crisis aún se siente cuando sigue abierto el debate sobre el ritmo en que se va a normalizar la política monetaria de los países desarrollados. Colombia logró pasar aquel chaparrón sin recesión, aunque con enormes dificultades para crecer por encima de 1%.

Desde esta perspectiva, el país está conmemorando dos de los más importantes hitos de su historia económica: se completan 20 años de la crisis de final de siglo y 10 años del inicio de la gran crisis mundial. Vale la pena preguntarse qué lecciones se pueden derivar de estos hechos para concluir al menos si mejoramos o no en estas dos décadas.

De acuerdo con el ministro de Hacienda, Mauricio Cárdenas, es claro que la historia es muy distinta hoy frente a lo que ocurrió hace 20 años.

Entonces, el recién nombrado ministro de Hacienda, Juan Camilo Restrepo, se quejaba porque estaba recibiendo unas finanzas públicas con la ‘olla raspada’.

“La economía que se recibió hace 20 años por parte del gobierno anterior (Pastrana) estaba en franca desaceleración, en un gran deterioro de los indicadores fiscales y externos; la inflación era muy alta y las tasas de interés estaban por las nubes”, recordó Cárdenas, que en ese momento era Ministro de Transporte y luego pasó a convertirse en Director de Planeación Nacional.

La crisis tuvo una ecuación compleja: el gasto público se incrementó por cuenta de la nueva institucionalidad derivada de la Constitución de 1991, el mercado de capitales se liberalizó, lo que originó un ingreso de recursos externos importante y un proceso de revaluación que generó una sensación de bonanza, además de un golpe para muchos sectores industriales. Mientras tanto, el sistema financiero soltó las amarras de su estrategia de crédito, lo que causó un mayor endeudamiento para las familias colombianas. Cuando el país recibió el choque externo derivado de la crisis asiática, se dio una retirada de fondos para las economías emergentes y ocurrió lo inevitable: la economía se quedó sin financiamiento, los activos expresados en pesos se devaluaron y el ajuste se hizo ineludible.

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Lo que cabe destacar es que en ese momento las necesarias decisiones de política se convirtieron en un factor procíclico. Mientras que las autoridades (Ministerio de Hacienda y Banco de la República) en los años previos a la crisis indujeron una mayor prosperidad por la vía de una política monetaria laxa de mayor liquidez y una política de mayor gasto público, lo que agudizó el ciclo del boom, al momento de desatarse la crisis fue necesaria una alta dosis de políticas recesivas: por el lado fiscal tuvieron que reducir el gasto público y aumentar los impuestos, mientras en materia monetaria se hizo necesario incrementar las tasas de interés y reducir la liquidez. El coctel recesivo fue contundente.

Dentro de las medidas fiscales, además de los ajustes en el gasto implementados no solo para el gobierno central sino para las entidades territoriales, también se debió recurrir a nuevos impuestos, como el dos por mil y aumentar el recaudo modificando los gravámenes a la renta y el IVA.

De otra parte, se buscó financiamiento externo por la vía de la banca multilateral y a todo ese proceso de ajuste se le imprimió el sello del Fondo Monetario Internacional (FMI), que facilitó un crédito para fortalecer las reservas internacionales.

Se trató, sin lugar a dudas, de uno de los momentos más dramáticos para la economía de los colombianos: las familias perdieron sus viviendas y en muchos casos sus ahorros, por cuenta de la intervención y liquidación de entidades de gran prestigio, como Granahorrar, Banco del Estado, Banco Uconal y Bancafé, así como de un número importante de cooperativas que fueron las primeras que empezaron a mostrar signos de deterioro. Muchos otros perdieron sus empleos por la reducción de empresas que entraron en crisis, lo que llevó el índice de desocupación del país a un nivel superior a 20%.

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La recuperación definitiva apenas se empezó a sentir en 2003, cuando la economía volvió a crecer por encima de 4%: se iniciaba así una era de expansión que se cerró en 2007, con un crecimiento de 7,6%. Así se completó el ciclo y empezó una nueva historia por cuenta de la peor crisis mundial que volvería a poner a prueba a la economía colombiana y a sus instituciones. Los resultados son sorpresivos y esa es la historia que se sigue.

El caso Lehman

“Es terrible, ¿por qué nadie la vio venir?”, dijo al mundo desde Londres la reina Isabel II en 2008, al ver lo que estaba sucediendo.

El sábado 13 de septiembre de ese año empezó esta novela que terminaría con el cierre de los bancos de inversión Lehman Brothers y Bears Stearns; a esto se sumarían las enormes dificultades que enfrentaron bancos comerciales como Citigroup, Royal Bank of Scotland y la Union de Banques Suisses (UBS), por cuenta de una agresiva estrategia de colocación de créditos que generaron riesgos y por su tamaño se hacían imposibles de administrar.

La postal se repetía en casi todos los condados estadounidenses; letreros que anunciaban el juicio hipotecario de casas. Bancos como Lehman Brothers ofrecían hipotecas de baja calificación porque los propietarios de estos inmuebles tenían un alto riesgo de suspender los pagos de sus viviendas.

Eran conocidas como las hipotecas subprime. La apuesta era muy arriesgada y llegó un momento en el que todo se salió de control. La principal razón es que el sistema financiero ideó un nuevo tipo de derivado titularizando aquellos créditos de alto riesgo y ofreciendo tales títulos a nuevos clientes; con ello anticipaban los ingresos de las hipotecas subprime, generando un impulso en sus flujos de caja, pero extendían el riesgo hacia otros inversionistas en todas partes del mundo, pues los compradores de tales títulos fueron fondos administradores de pensiones e inversiones que habían recaudado dinero de muchas personas en todo el planeta.

Esas prácticas –conocidas como predatorias– buscaban capturar más clientes y aumentar los ingresos por comisiones. Ello iba acompañado por las altas calificaciones que recibían estos nuevos títulos por parte de las agencias de rating. Una economía del apalancamiento beneficia solo a aquellos que saben moverse en ambientes hostiles, pero, para la gente común y corriente, este tipo de prácticas resulta nefasto cuando la estantería se viene abajo.

Los vehículos de esta tragedia fueron las Obligaciones Colateralizadas con Deuda (CDO, por su sigla en inglés) que eran paquetes de préstamos titularizados que parecían mejor porque se comercializaban mezclando hipotecas de baja calidad con deudas de menor riesgo; cuando explotó la crisis, perdieron la mayor parte de su valor.

Como en Estados Unidos la hipoteca se atribuye a la casa y no a las personas, un fenómeno empezó a verse; muchos de esos deudores mandaban las llaves de las casas a entidades acreedoras y optaban por irse en alquiler. Esa morosidad ahogó a los bancos estadounidenses, que se quedaron con una gran cantidad de activos que no cubrían el monto total de las deudas establecidas en los contratos.

No había quién comprara esas casas; la oferta subió, la demanda bajó y los precios de las viviendas colapsaron.

Por otro lado, había pólizas de seguros que se vendían para proteger a los propietarios ante el riesgo de no poder pagar un préstamo o de la compra de otro producto financiero, denominadas “swaps de incumplimiento crediticio”. El problema estuvo en que la compañía AIG acumuló millones de dólares vendiendo esos seguros, pero no tuvo dinero de respaldo cuando todo salió mal.

Estos y otros instrumentos financieros terminaron en una compleja red de activos, pasivos y riesgos que estalló en aquella crisis financiera. Entonces llegó el pánico; el comercio y los mercados de crédito quedaron congelados. Salían a flote fallos en el mercado y en la regulación.

Las bolsas cayeron y la economía más fuerte del mundo se vio atrapada en una recesión. Las repercusiones se sintieron inmediatamente en Europa: Reino Unido, Bélgica, España, Islandia e Irlanda sufrieron profundos problemas bancarios.

La Reserva Federal de Estados Unidos intervino destinando cerca de US$250.000 millones a rescatar bancos y aseguradoras como AIG, así como a las más grandes agencias hipotecarias, Fannie Mae y Freddie Mac, que controlaban casi la mitad de la deuda hipotecaria.

En el caso de Colombia, el golpe se sintió en 2009, cuando la economía se desaceleró hasta 1,7% de crecimiento y muchos analistas a comienzos de ese año decían que el país inclusive podría llegar a tener ‘crecimiento cero’.

Las lecciones

Para Juan Fernando Posada, director de Pivot Banca de Inversión, lo que sucedió con las hipotecas subprime en la economía estadounidense, que por su facilidad de colocación y distribución se convertían en un activo de corto plazo muy rentable, es el reflejo del exceso de liquidez en cualquier economía, que si no encuentra inversión receptora de largo plazo, inicia unos recorridos especulativos de corto plazo que trascienden toda frontera y que ponen en riesgo el futuro de las economías por cuenta de una decisión de coyuntura.

Por otra parte, explica que la regulación no se adaptó rápidamente a las nuevas tecnologías y productos de mercado y permitió que los especuladores efectuaran sus operaciones sin estar al margen de la ley.

“Es importante que los supervisores de los mercados de capitales trabajen en equipo y puedan tener una legislación más uniforme, así como una serie de indicadores de alertas que permitan a los mismos tomar medidas correctivas oportunamente”, cuenta Posada.

Igualmente, expresa que deben buscarse mecanismos de remuneración de los agentes del mercado que premien la creación de valor en el largo plazo y no el incremento rápido y temporal por un brote especulativo.

“Los bonos y premios a los colocadores de hipotecas, que ni siquiera eran empleados de las instituciones financieras, fueron los grandes causantes de la crisis financiera de ese año”, recuerda.

De esa crisis destaca la fortaleza de las instituciones económicas de los principales países, porque, si bien permitieron que esta crisis se presentara, fueron capaces de resistir las embestidas del mercado y aun cuando se pagó un alto precio por la misma, “no se vivieron las consecuencias de la crisis de los años 30”.

De acuerdo con Daniel Escobar, director del Departamento de Estrategia de Global Securities Group, la crisis de 2008 permitió ver una coordinación de bancos centrales en muchas décadas para tratar de ayudar los efectos de lo que pudo haber sido esta gran depresión.

“Los bancos centrales demostraron que pueden trabajar de manera coordinada para evitar efectos aún peores de lo que ocurrió. Por otra parte, nos quedó un claro un mensaje: que por más diversificado que uno esté, es probable que esos momentos de estrés generen rentabilidades muy negativas en los portafolios”, comenta Escobar.

Durante esos meses previos a la explosión de la burbuja, hubo una transición porque el mercado esperaba que la Reserva Federal hiciera algo para impedir la debacle. “Los inversionistas olvidan que en cualquier momento puede volver a ocurrir una nueva corrección en el mercado”, agrega.

Para Escobar, la lección siempre es que “entre más tiempo se mantenga el mercado financiero en un estado relativo, más se olvida que puedan ocurrir escenarios muy negativos y menos preparados puedan estar los inversionistas para esos choques”.

¿Y Colombia qué?

Desde el punto de vista de la política económica, también quedó en evidencia algo que muy pocos han querido reconocer de manera tajante: que el país, luego de la crisis de 1999, logró consolidar un kit de políticas macroeconómicas que le permitieron en 2008 y 2009 sobrevivir y cambiarle la carga magnética a las decisiones: si a finales del siglo XX todas las decisiones que adoptaron las autoridades agudizaron el ciclo, en la crisis derivada por la quiebra de Lehman Brothers las decisiones sirvieron para matizar el ciclo.

Cabe recordar que, previo a la crisis mundial, el Banco de la República inició un proceso de desaceleración de la economía colombiana, que había llegado a un tope de crecimiento durante 2007. En julio de 2008 la tasa de referencia llegó a 10%, su nivel más alto desde 2001.

Dos meses después, cuando se dejó caer Lehman Brothers, la entidad inició un proceso de reducción de tasas que cayeron hasta 3,75% en marzo de 2011, con lo que impulsó la economía

. Si bien el país enfrentó enormes dificultades de financiamiento externo, el asunto es que, contrario a muchos mercados, Colombia no conoció la recesión durante esa época y en ello fue clave la política macroeconómica. Algo parecido acaba de ocurrir, cuando el país tuvo que enfrentar la caída de los precios del petróleo, que le quitaron al menos $20 billones de ingresos fiscales y al menos 30% de sus exportaciones. El golpe fue duro, pero Colombia también logró evitar la recesión.

La conmemoración de estas dos fechas nos pone frente a una evidencia: si bien el país sigue enfrentando enormes desafíos internos y externos, es claro que hoy el panorama, por lo menos de la política económica, es muy distinto: la estrategia monetaria se ha logrado mantener como una herramienta para matizar los ciclos y mecanismos, como la tasa de cambio libre y el esquema de inflación objetivo, hoy garantía de seguridad macro.

Ese es un logro que muchos otros países de la región no pueden mostrar. Desde esa perspectiva, la historia de las crisis económicas para Colombia tiene final feliz. El país parece haber encontrado una eficaz vacuna anticrisis.

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