| 12/7/2006 12:00:00 AM

Cómo cambiar el país

Para Francisco Piedrahíta, rector de ICESI, la solución es invertir en educación.

Al buscar las causas de los problemas más graves de Colombia (violencia, inseguridad, pobreza, desigualdad, desempleo, corrupción), encontramos siempre deficiencias en las instituciones… y en la educación. La mala calidad de la educación a la que accede la mayoría de los colombianos está en la raíz de todos nuestros males, incluso los de las instituciones. Y la solución de ese, el primero de nuestros problemas, no está entre las prioridades de la mayoría de nuestros dirigentes.
La educación debería cumplir por lo menos tres funciones clave: formar para una ciudadanía activa, tolerante, solidaria, justa y honesta; formar para participar con éxito en una economía global competitiva, creadora de riqueza y bienestar; y conducir la sociedad hacia la equidad, en el sentido de igualdad de oportunidades para sus jóvenes. En las tres funciones falla.
Los indicadores más inmediatos de la mala calidad de nuestro sistema educativo son varios. Los resultados de estudiantes colombianos en pruebas internacionales de diverso tipo, incluyendo educación cívica, muestran muy bajos niveles de aprendizaje. Los resultados de las pruebas Saber e Icfes y los datos sobre cobertura y deserción evidencian la inequidad del sistema; hay grandes diferencias entre la población que asiste a colegios privados costosos y la que asiste a colegios populares, públicos o privados. Además, de los que llegan a la universidad, la mayoría lo hace con serias deficiencias en las competencias más básicas.
Transformar la educación colombiana para que cumpla sus fines principales implica retos inmensos y diversos. Algunos pueden enfrentarse sin aumentos importantes de recursos; pero la mayoría demanda grandes cantidades de dinero si esperamos acercarnos algún día a los niveles educativos de tantos países que nos aventajan. Los países más avanzados de la OECD invierten cerca de 20 veces más por estudiante que Colombia. Y aquí, mientras familias adineradas pagan en los colegios de sus hijos hasta $15 millones por año, la inversión anual en la educación de los más pobres oscila entre $500.000 y $900.000. Se necesitan billones de pesos para educación inicial; para construir instituciones educativas adecuadas y suficientes; para contratar más maestros y para capacitarlos y remunerarlos mejor; para dotar las instituciones educativas de computadores, acceso a internet, laboratorios, bibliotecas, etc.
Ante estas inaplazables necesidades, el gobierno propone y el Congreso, en sus tres primeros debates, dispone continuar frenando el crecimiento del Sistema General de Participaciones, la fuente constitucional de recursos para financiar la educación preescolar, básica y media. Desde 2002 se viene disminuyendo la inversión pública en educación como porcentaje del PIB y la reforma constitucional en discusión propone continuar ese marchitamiento gradual hasta 2016. Aliviar la miseria de los que la padecen hoy es imperioso; pero evitar la de los que la padecerían mañana también lo es. Invertir en infraestructura para poder exportar hoy nuestros productos básicos es muy importante; pero invertir en escuelas de calidad para que los colombianos de mañana puedan exportar mercancías con alto valor agregado también lo es. Fortalecer las Fuerzas Armadas para garantizar nuestra seguridad es necesario; pero fortalecer la educación para garantizar la convivencia de nuestros nietos también lo es. Dejemos la mezquindad y la miopía: invirtamos en educación para un futuro mejor.

EDICIÓN 546

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