| 10/1/1997 12:00:00 AM

Una apuesta por la democracia local

"No importa cuál sea el problema, lo más probable es que la descentralización sea la causa".

Quienes no hace mucho se imaginaron un país que podría romper rápidamente con cien años de centralismo, subestimaron la capacidad de los gobiernos centrales y del Congreso para subvertir el cambio. Justo cuando la construcción de las autonomías locales comenzaba a tomar rumbo, los avatares políticos del gobierno impusieron enormes dificultades. Las autoridades económicas, al tiempo que multiplicaban su propio gasto, pusieron de moda culpar a las transferencias territoriales de todo el problema fiscal del país. Los ministerios han impedido con mil razones baladíes la transferencia de sus antiguas responsabilidades. El Congreso y Planeación Nacional desarrollaron un monstruo cofinanciador de iniciativas no locales de gasto. Los sindicatos han logrado, con sus crecientes movilizaciones, hacerse cómplices del gobierno nacional en su apatía por la descentralización.



Y todos se han unido para culpar a la descentralización de los huecos, las huelgas, el desperdicio, la corrupción, la falta de eficacia del gobierno nacional y las insuficiencias fiscales. Sería difícil encontrar otro campo en el cual fueran mayores las expectativas del país, mayor la confusión del norte a seguir y menores los logros del gobierno nacional.



Afortunadamente, nuestros soñadores no se quedaron cortos al prever el poder de cambio de la conquista de la democracia y de la autonomía local. A pesar del flaco papel del gobierno nacional, sobresalen las realizaciones de algunas autoridades territoriales.



El modelo del Estado comunitario de Antioquia, soportado en la asignación de recursos acorde con las demandas, es un ejemplo del buen uso de recursos públicos para satisfacer las necesidades de educación, salud, seguridad, infraestructura y crédito de la gente. El proceso de saneamiento institucional y financiero de Bogotá es otro ejemplo que debe llenarnos de optimismo. Como se estudia en páginas interiores, la transformación de la Empresa de Energía de Bogotá es un logro mayúsculo para una administración profesional admirable y para una democracia local apenas naciente.



Con la capitalización privada no sólo se ha logrado evitar la liquidación de la Empresa, sino irrigar al Distrito con recursos importantes que permitirían financiar holgadamente sus necesidades de servicios públicos, transporte y/o educación para los próximos 20 años.



Los nuevos alcaldes y gobernadores elegidos este mes tienen entonces buenos ejemplos. Más que nueva burocracia local quejándose contra el centralismo, las nuevas autoridades pueden profesionalizar su administración con gente honesta, dar autonomía y responsabilidad a sus empresas, convocar el concurso activo del sector privado, así como impulsar la transparencia y eficacia de sus instituciones presupuestales, la democracia participativa y la primacía de la satisfacción de las necesidades de las mayorías.



El gobierno nacional está en mora de construir una estrategia eficaz de apoyo a la descentralización. En lugar de ganar indulgencias con padrenuestros ajenos, y creer que arreglará su situación fiscal con decisiones como la de la EEEB, podría imprimir en la Constitución instituciones fiscales para no repetir errores del pasado. También debería transferir de una vez por todas las competencias a las nacientes democracias locales. Entretanto, podría aprovechar los esfuerzos de capitalización social de sus propias empresas para tratar de cerrar de una vez el capítulo pendiente de los pasivos pensionales y democratizar más el acceso a la propiedad.



Más que la fuente de todos los problemas que quieren atribuirle, la descentralización en medio instituciones responsables y una democracia más amplia, y contando con nuestro voto y participación, es una fuente natural de construcción de futuro.

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