| 5/1/1997 12:00:00 AM

Mal de espíritu

"En este último año de gobierno se pronostica un ascenso vertiginoso del patrimonio de los altos funcionarios públicos".

HAY QUE RECONOCER que al pasado gobierno, el de Gaviria, se le fue la mano en generosidad con respecto a la política monetaria, lo cual produjo un ciclo económico expansivo inflacionario (1992-1995). Dicho gobierno no aprovechó el margen que proporcionó la apertura comercial para bajar la inflación a un dígito. Se dieron señales engañosas que llevaron a los agentes económicos a sobreinvertir en actividades intensivas en capital y con un horizonte de maduración demasiado lejano. Gracias a una amplia disponibilidad de crédito barato muchos empresarios se sobredimensionaron y ahora están pagando las consecuencias.



Pero la inevitable reversión del ciclo expansivo a uno de contracción se ha visto acentuada por las expectativas negativas que ha generado el actual gobierno. Desde cuando el señor Samper se robó las elecciones y se salió con la suya, con la complicidad de una clase política corrupta, el país está sumido en un ambiente generalizado de pesimismo. No se le ve salida ni al problema del orden público y la guerra, ni al de la recesión económica y el desempleo, ni al de la corrupción gubernamental y el déficit fiscal, ni ningún otro que está inquietando a los colombianos. Con un gobierno sin derrotero, vacilante y transaccional, en pleno año electoral, los agentes económicos están quietos en primera base y la consigna es sobreaguar antes que invertir y crecer.



Cunde el desánimo en el país. Y lo peor de todo es que es un virus contagioso en extremo.



Con semejantes expectativas, el gobierno puede bajar las tasas de interés y darle liquidez a la economía, sin que se produzcan significativos resultados reactivadores. En tales condiciones, los aumentos en la demanda de dinero -la mayor preferencia por liquidez- contrarresta los efectos de una política monetaria más laxa. Incluso se podría argumentar que en un entorno como el descrito, una política monetaria artificialmente expansiva sólo demora o posterga el reacomodo de la economía hacia un sendero de crecimiento sin inflación.



La solución a los males económicos que padece el país no está en manos de la política monetaria. Está en un gobierno que enfrente con valor el problema fiscal, que le dé tranquilidad política al país y que despeje la incertidumbre sobre el futuro. Para eso, habrá que esperar hasta las próximas elecciones.

EDICIÓN 546

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