| 3/16/1998 12:00:00 AM

Dos votos de optimismo

En las dos primeras semanas de este mes la sociedad colombiana vivió hechos que se ubican en los extremos del espectro de posibilidades para el país.



Primero se presentaron unos hechos lamentables para dos puntales de la sociedad colombiana: el Ejército fue duramente golpeado en Caquetá y los empresarios nacionales fueron zarandeados en Wall Street. Más que errores individuales, estos eventos son síntomas inequívocos de un país con enormes dificultades para cosechar sus éxitos más deseados.



Pero luego irrumpieron señales de cambio muy positivas. El país se manifestó masivamente por una renovación del Congreso y de las costumbres políticas. El 8 de marzo se obtuvo la participación más alta en elecciones parlamentarias en la historia del país: más de nueve millones de votantes. Y los resultados sugieren un notable espíritu de cambio. Nuevas figuras de opinión dominaron ampliamente y nuevas caras en los partidos ganaron presencia entre los electores. El colombiano quiere ser un nuevo partícipe de su futuro.



Por su parte, y como lo manifiesta la encuesta que presentamos en esta edición de Dinero, se está revelando un renovado espíritu en los empresarios colombianos. Queda atrás una época en la que los intereses del país y del Estado estaban en segundo lugar en sus prioridades. Irrumpe una nueva mentalidad empresarial en la cual la competencia, la apertura y la privatización han reemplazado la vieja aspiración de protección y apoyo estatal para las empresas. Sobresale, por encima de cualquier otra consideración particular, la demanda por un Estado que no se atraviese en cada negocio sino que, con independencia y sin corrupción, establezca y respete reglas de juego estables. Se manifiesta con fuerza un empresario que, analizando los principales límites para el desarrollo de sus empresas, percibe dos grandes prioridades para el país: la seguridad y la educación. Aparece, además, un nuevo empresario generoso con su bolsillo y su tiempo. Los empresarios manifiestan estar dispuestos a pagar, de sus empresas y sus bolsillos personales, una contribución sustancial por superar tales límites, y a participar activamente, más que nunca, en la solución de los problemas públicos.



La nueva configuración del país político y del espíritu empresarial son pasos notables hacia la construcción de una agenda positiva para el futuro del país. La suerte de cada uno hoy, más que nunca, está ligada a la suerte colectiva. Son éstos los síntomas inequívocos de un país que, aun en medio de eventos de lamentar, está inundado con ganas y esperanzas.

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