| 10/1/1994 12:00:00 AM

Controles cancroides

EL PRESIDENTE SAMPER ha dicho una y otra vez que frenará la revaluación del peso. Pero nunca ha especificado claramente cómo lo va a hacer. Lo más coherente sería comprometerse con un superávit fiscal que absorbiera los excedentes que se presentarán durante 1995 con la bonanza cafetera (por lo menos US$1.500 millones adicionales) y con los ingresos de capital externo que requerirá Cusiana y las obras de infraestructura física ya en marcha (incluyendo telecomunicaciones). Otra política coherente sería un compromiso verdaderamente serio por colocar la inflación a nivel de un dígito, tal como sucede con todas las economías abiertas del planeta.

Pero Samper va por otro lado. Todas las semanas anuncia un fastuoso plan de gasto público y su ministro de Hacienda está anunciando una política fiscal neutra, cuando en realidad se necesitaría un superávit fiscal de por lo menos dos o tres puntos del PIB. Por ahora la junta Directiva del Banco de la República le está solicitando al ministro un superávit de un punto del PIB.

Lo que le importa al presidente es la retórica del gasto, pero no ha dicho nada, absolutamente nada, acerca de cómo elevar la eficiencia de ese gasto en áreas claves como lo social, donde el despiporre administrativo y la corrupción es de tal naturaleza que sencillamente los fondos públicos no llegan a los grupos más vulnerables de la población.

Sin un superávit fiscal y con un pacto social inflacionario como el que se está proponiendo, no le queda más remedio al gobierno que imponer toda clase de controlitos cancroides al ingreso de capitales externos y al crédito del sistema financiero institucional, buscando así frenar el ímpetu que trae el sector privado. El gobierno, en su ingenuidad, cree que esos controlitos van a funcionar y que con ellos se va a contrarrestar el impacto de una política macroeconómica inconsistente con el objetivo de frenar la revaluación del peso. Y como esos controlitos con seguridad serán insuficientes, habrá que imponer otros controlitos más, en lugar de atacar el problema en su verdadera raíz macroeconómica. Esa parece ser la inevitable dialéctica por la que está encaminado este gobierno.

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