| 7/13/2010 12:00:00 AM

una casa a dos manos

Ella pintora; él, arquitecto. Ana Mercedes Hoyos y Jacques Mosseri habitan desde hace cuatro décadas un espacio que soñaron, diseñaron y construyeron en función del trabajo y las necesidades de ambos.

Los artistas necesitan un lugar especial donde dar rienda suelta a su talento y la cotizada pintora y escultora colombiana Ana Mercedes Hoyos no es la excepción. Sus obras de relampagueantes colores, alusivas a los Palenques, las vendedoras de frutas de la costa, bodegones y papagayos, han sido exhibidas por todo el mundo, al igual que sus esculturas concebidas y desarrolladas en su espaciosa casa del Barrio Bosque Izquierdo en Bogotá.
La historia de la casa que hoy habita junto con su esposo, el arquitecto Jacques Mosseri, comenzó hace 40 años. Una vez se hicieron al sitio, pusieron manos a la obra y edificaron una vivienda de 600 metros cuadrados de amplios ventanales, con pisos de madera maciza de guayacán y con paredes que aún conservan el ladrillo vivo, sin ningún tipo de estuco.  
Poco a poco fueron ampliándola y transformándola. “Los artistas demandamos cada vez más espacio. Cada vez producimos más y, por supuesto, llenamos más”, dice Ana Mercedes. Por eso, ponerse de acuerdo no ha sido fácil. “Nuestra pelea es entre el espacio que necesita el artista y el proyecto creado por el arquitecto. Toca negociar, ya que los arquitectos son cerrados de banda porque se aferran a su diseño”.
Y espacio es lo que ella ha sabido ganar. Ana Mercedes dispone de dos estudios. El primero, grande, con paredes que superan los cuatro metros de altura, le sirve para ir rotando sus obras según el tema que esté trabajando. En este momento lo ocupan ocho lienzos de La procesión, una recreación de los lazos del vestido de las palenqueras en la fiesta de San Basilio pintados sobre lino belga de 4 metros x 3,5 metros donde se aprecian las rutas a través de las cuales llegaron los esclavos a América. “Es un tema importante para mí, porque explica el origen de la población con la cual yo trabajo desde hace más de 30 años, los palenques, de donde vienen y a donde llegaron”, explica Hoyos.

Pero es un estudio más pequeño y sin duda el lugar con más espíritu de la casa, su refugio más privado. Allí esconde una selva de pinceles pulcramente clasificados por tamaño, grosor y posiblemente utilidad, que invade dos mesas, mientras que en una tercera reposan sus óleos, prolijamente ordenados. “Todos mis implementos son de muy buena calidad. Cuido cada pincel, les cojo mucho cariño. Hasta me parece que a veces pintan solos”, dice Ana Mercedes, vestida muy informalmente y sin una bata que proteja su ropa en las horas de trabajo. “Nunca se ha disfrazado de pintora”, explica Jacques. En este estudio, iluminado profusamente por la luz natural que se cuela entre las claraboyas del techo y por unos inmensos ventanales, no hay caballetes. Ana Mercedes pinta sus lienzos directamente sobre la pared, en la cual a veces deja trazos al probar el color. “Con el tiempo, esas pruebas de color quedan muy lindas… parecen otro cuadro”, dice.

Como era de esperar, varias obras de Ana Mercedes están presentes en su hogar. Entre ellas, la escultura El palo encebado, un lazo posterior de un vestido rosado de palenquera, varias cabezas africanas que reposan sobre una mesa filipina de madera maciza y pinturas en diversas técnicas. Todas estas obras que han sido creadas en sus dos estudios, hacen pensar que en esta casa la inspiración llega a raudales… Ella hace un gesto de asentimiento: “a ratos”, dice.

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