Opinión

  • | 1993/05/01 00:00

    Los museos

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Como bien saben tantos de nuestros lectores, el arte del empresario es el arte de combinar; combinando dos desastres, se produce un éxito. Entonces de la combinación de cuatro desastres, puede nacer un exitazo.

Un ejemplo. En estos días he estado contemplando cuatro cosas, sin nexo obvio entre ellas: el café, la naturaleza masoquista del turismo (todos esos pobres canadienses en Cuba), los vericuetos de la ideología neoliberal y la actual condición de la lejana Inglaterra, país pionero en el revolcón industrial y en tantos otros fenómenos y teorías económicas, que han ido convirtiéndolo paulatinamente -o no tan paulatinamente- en país-museo.

De repente logré combinar estas cuatro corrientes de pensamiento en una nueva noción genial, que ofrezco a mis lectores como semilla de una fortuna de pronto respetable.

La idea es montar un museo del café. Nadie invierte en el café, si anda buscando un nuevo pacto en las declaraciones del gerente de la Federación o entrelíneas en carta del presidente Bill Clinton. Entonces, más bien se compra bien barata cualquier finca

ancestral cerca de Fusagasugá, unas viejas guardiolas, látigos, mulas, canastas, ollas comunales, romanas alteradas, un ejemplar de segunda de Los Trabajadores de Tierra Caliente, y arranca.

Segundo problema: bajar los costos. Aquí entra el turismo. Al turista le gusta sufrir nuevas experiencias, y en nuestro caso el nuevo sufrimiento consiste en trabajar en la finca-museo. Uno se los lleva del Tequendama, del Charleston, de la Casa Medina, de las playas de Cartagena y de las islas del Rosario -cobrándoles bien caro el camión, claro- y los pone a sembrar, desyerbar, podar y cosechar bajo la dirección de unos mayordomos decimonónicos. Estos últimos deben ser fáciles de reclutar, dado lo que está pasando aquí en Medellín y en las filas de la Policía Nacional.

Almuerzo, alquiler de la canasta, alojamiento de galpón-todo se cobra a precios internacionales. Multas por mal comportamiento. A su salida, los turistas se van felices con su regalito de cuarto de kilo de pergamino, calidad nacional. En épocas de cosecha, se suplementa el trabajo turístico recibiendo con ligero descuento mano de obra escolar; todo muy educacional y de acuerdo con la nueva moda de gasto social.

Además de cumplir con las necesidades masoquistas de la clientela, tiene la ventaja de ser turismo ideológico. En vez de la solidaridad antigua de cortar caña en Cuba o coger café progresista en Nicaragua, da la oportunidad de ofrecer solidaridad neoliberal. Atrae turistas de mejor categoría social, quienes desean estar en la nueva onda en carne propia.

Colombia, entrando así en la nueva era de los países-museo, sigue el ejemplo inglés, ejemplo de la economía más madura del mundo. Otra vez, como en los viejos tiempos de la Constitución de Rionegro, formará parte de la vanguardia entre las naciones.

Negocio poco explotado, este de los museos. Si te va bien en el café, lector, piensa en otros cultivos y otros campos. Se vende un complejo interesante, un poco bombardeado pero aprovechable, allá en Uribe...
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