Opinión

  • | 2003/03/21 00:00

    Las discretas razones del desencanto

    La explicación del rechazo a las privatizaciones debe buscarse en la economía del comportamiento, no en los análisis microeconómicos convencionales.

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Es difícil identificar con precisión las razones del fuerte rechazo que enfrentan las privatizaciones en América Latina. Las pérdidas de empleo, aunque muy sustanciales como porcentaje de la planta de personal de las empresas antes de ser privatizadas, han sido muy modestas en proporción a la fuerza de trabajo o al desempleo y han tendido a ser compensadas rápidamente, y en una alta proporción, con los reenganches de personal de las mismas empresas o de sus proveedores y contratistas. En el proceso de privatización, las condiciones laborales (aunque no los ingresos) de los trabajadores se han deteriorado en algunos casos, pero también estos efectos nocivos parecen haber sido concentrados en el tiempo y en un número muy reducido de individuos.

Los beneficios de las privatizaciones han ido en parte a trabajadores de los mismos sectores cuyas remuneraciones han mejorado en muchos casos como resultado del aumento de la productividad y del dinamismo de las empresas privatizadas. Sin embargo, los mayores beneficios se han distribuido entre los consumidores en general mediante un acceso más amplio a los servicios de agua, electricidad y telecomunicaciones, mejoras de calidad y, frecuentemente, aunque no siempre, reducciones en las tarifas. A diferencia de los costos incurridos por algunos grupos de trabajadores, que han sido concentrados en el tiempo, estos beneficios han sido de naturaleza más permanente. Por consiguiente, el balance de costos y beneficios sociales parece ampliamente positivo para las privatizaciones en general.

Las razones del descontento no deben buscarse en estos análisis convencionales sino en otras dimensiones, en particular en la percepción sobre la transparencia de los procesos de privatización y en factores psicológicos que influyen en el comportamiento económico de las personas. En cuanto a lo primero, hay una estrecha relación entre el rechazo a las privatizaciones y la percepción de corrupción, según se desprende de análisis basados en las encuestas del Latinobarómetro en 17 países de la región.

En cuanto a los factores psicológicos, vale la pena destacar varios. El primero es la tensión entre la vida real de las personas y las estadísticas: en la percepción colectiva, pesa mucho más la tragedia de quienes han resultado perjudicados que una agregación estadística de las pequeñas ganancias de individuos sin identidad. El segundo factor es el sesgo psicológico de rechazo a las pérdidas, que lleva a darles mayor peso a las pérdidas que a las ganancias con respecto a la situación inicial. El tercero es el sesgo de percepción hacia el corto plazo, que lleva a los individuos a observar los cambios bruscos de corto plazo, pero no los cambios graduales a través del tiempo.

Un factor adicional es la tendencia a agrupar varios eventos que han ocurrido simultáneamente y asociarlos como causa común de los cambios observados en el corto plazo. En materia de políticas económicas, el "Consenso de Washington" o el "modelo económico neoliberal" son el denominador común bajo el que se agrupan un conjunto de políticas cuyos efectos separados son difíciles de distinguir para cualquier observador y, por consiguiente, tienden a ser rechazadas en conjunto.

Y, finalmente, está la tensión ideológica entre principios que se consideran sacrosantos, como el derecho al agua u otros servicios básicos que en opinión de una proporción muy alta de latinoamericanos no deberían entregarse a los apetitos mercantilistas del sector privado, y la realidad económica de empresas estatales inoperantes e insostenibles.

Estos factores de economía del comportamiento deberían considerarse en serio en el diseño y en las estrategias de comunicación de cualquier programa de reformas económicas o sociales.
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