Opinión

  • | 2003/07/11 00:00

    La política de comercio exterior

    En un tratado con Estados Unidos, el aumento del flujo comercial se daría a costa de una mayor brecha de conocimiento, de tecnología y de riqueza.

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La reunión de la CAN (Comunidad Andina de Naciones) con la presencia del presidente Lula y el viaje a Estados Unidos de la comisión del gobierno para adelantar conversaciones sobre la política de comercio exterior marcan la actualidad del tema. Hay que recordar, sin embargo, lo más elemental al respecto: bajo la modalidad de un mercado común o de un acuerdo bilateral, la bondad del libre intercambio comercial depende del aprovechamiento de las ventajas comparativas entre los partícipes del proceso.

Estas pueden ser absolutas cuando se compara la eficiencia entre sectores de diferentes países con niveles similares de desarrollo en los cuales cada uno de los participantes se ha especializado más que el otro en determinada actividad.

Por ejemplo, para un país A y un país B y unos productos 1 y 2 tendríamos el siguiente costo en horas de trabajo:

Producto 1 Producto 2

País A 300 horas 250 horas

País B 330 horas 225 horas



Sobre la base de que el mismo nivel de desarrollo se acompaña de salarios sensiblemente iguales, A se dedicará al producto 1 y B al 2 de tal manera que ambos se benefician, puesto que la canasta de dos productos que costaba a A 550 horas de trabajo y a B 555 la podrán adquirir cada uno por 525. Naturalmente, las condiciones para el comercio exterior a ambos también se les vuelven más competitivas.

O pueden ser ventajas comparativas relativas cuando se refiere a la eficiencia en los diferentes sectores dentro de un país, y se da cuando uno aventaja al otro en todos ellos:



Supongamos lo siguiente:

Producto 1 Producto 2

A 200 horas 500 horas

B 300 horas 600 horas



Los salarios no podrán ser iguales pues B desaparecería del mercado; tampoco podría ser el salario de B menos de 2/3 del de A pues entonces este último produciría todo más caro. Entonces, el mercado ajustará los costos laborales de tal manera que el salario de B se sitúe entre estos dos extremos. Por ejemplo, si tomamos $0,75 para B y $1,00 para A, tendremos como costo:



Producto 1 Producto 2

A $200 $500

B $225 $450



Aquí también el costo de la canasta de los dos productos para cada país baja (de 700 horas de trabajo a 650 para A y de 900 a 650/0,75 = 867 para B) y el resultado final para el mercado externo será más competitivo (con 650 + 867 = 1.517 horas de trabajo, se produce lo que sin integración exige 1.600). Esto debería complementarse con que ese beneficio común se destine a cerrar esa brecha salarial entre A y B (¡es lo que hay que negociar!).

Una buena ilustración de ambos casos es la zona de libre comercio de la Unión Europea, donde, por ejemplo, Alemania tiene mejor industria metalúrgica o más inversión en química que Francia que depende más de su producción de alimentos o de su industria aeronáutica y, por eso, entran en iguales condiciones al mercado común, mientras que con Grecia o Portugal se pactó el beneficio de que la Unión los subsidia para que se llegue a la igualdad de condiciones en el futuro.

En nuestro caso, la posición del gobierno (la expresada por su Ministro de Comercio Exterior y por el 'Superasesor') es que ni Mercosur ni la CAN nos deben interesar porque son economías con productos similares a los nuestros, mientras que con Estados Unidos habría complementariedad.

Esta consiste en que Colombia compite con el precio de su mano de obra y de sus recursos naturales, mientras el fuerte de la contraparte son el capital y la innovación tecnológica. La acumulación de recursos económicos y el avance tecnológico hacen que el aparato productivo estadounidense aumente su competitividad con base en mayor productividad, multiplicando la eficiencia de la mano de obra y mejorando su remuneración. Es claro que aquí también tendremos acumulación de capital y mejoras de tecnología pero menores que las de allá. El mercado hace entonces que, siguiendo las ventajas competitivas, nosotros equilibremos la mayor eficiencia de dicha producción con disminución de salarios y mayor extracción de nuestras reservas: o sea, aumento del flujo comercial a costa de una mayor brecha de conocimiento, de tecnología y de riqueza (más el flujo complementario de expatriados contra remesas).

Esto tendría sentido si hay transferencia gratuita (o más exactamente, subsidiada) del conocimiento y de la inversión en ciencia y tecnología (R&D) del Norte hacia nosotros, lo cual parece ser contrario a la forma en que se plantea el tema de franquicias, patentes, etc., en todo lo tratado hasta hoy.

A pesar de ello, al igual que en su momento los 'mamertos' aseguraban que todos los males nos venían de Estados Unidos, el gobierno actual tiene como única línea de pensamiento que todas las soluciones a nuestros problemas tenemos que buscarlas en el poder estadounidense.

Y, como tantos otros temas (guerra de Iraq; políticas de paz; reconocimiento del DIH; denuncia de tratados internacionales), ante la inquietud mayor sobre si estas deben ser políticas de Estado o simples políticas de gobierno, la única respuesta es: 'el Presidente Uribe tomó la decisión de...'.
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