Opinión

  • | 2009/07/10 00:00

    La melodía de la vida

    La alianza público-privada Batuta ha demostrado que la música puede servir como instrumento para lograr la inclusión social de niños y jóvenes de poblaciones vulnerables.

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A la música se le han atribuido muchos poderes y valores. Algunos irrefutables, otros optimistas. Sin embargo, Colombia es testigo de uno de los proyectos más grandes del mundo en el uso de la música como instrumento social. Se trata del programa Batuta. Muchos han oído hablar de él; sin embargo, estoy seguro de que pocos conocen la actual envergadura del mismo.

El programa es un ejemplo de alianza público-privada alrededor de un proyecto social. Empresas privadas se unen con alcaldías y con Acción Social para ofrecer una alternativa de convivencia, una alternativa artística y lúdica a más de 37.000 niños a todo lo ancho y largo del país. 32 departamentos y 105 ciudades cuentan con 253 centros orquestales, en los cuales se enseña música todos los días de la semana, todas las semanas del año.

El programa de Batuta es uno de los programas de iniciación y enseñanza musical más grandes del mundo. Lejano todavía al programa venezolano que lo inspiró, sigue sus pasos firmemente. Pero a diferencia de este último, Batuta ha servido no solo como programa de formación musical, sino que es una de las más eficaces estrategias de integración a la sociedad de niños provenientes de familias desplazadas y de prevención contra las drogas y el pandillismo.

Para un niño desplazado, la llegada a una comunidad extraña, nueva y a veces hostil puede ser un gran trauma. No solo por haber dejado todo su pasado, sus raíces, su vida, sino porque con frecuencia no es recibido precisamente con los brazos abiertos en las duras ciudades. Batuta, en muchos casos, ha significado la más amable forma de integrarlos a la sociedad. La mejor bienvenida a su nueva vida.

También están los niños urbanos para los cuales Batuta es uno de los pocos acercamientos a una cara amable de la vida. Niños que viven en barrios violentos o simplemente de muy escasos recursos, que aprenden a actuar en comunidad, a ser parte de una gran orquesta donde lo que cada uno hace es importante para el resultado final.

So pena de caer en el sentimentalismo, pero con la convicción de que son testimonios valiosos, las siguientes son algunas frases obtenidas en un estudio elaborado por el Instituto Crece, de niños que hacen parte de Batuta en el programa Déjate tocar por la música. Nos dan idea del efecto que tiene la música, al tiempo que nos hablan de una difícil realidad, que puede explicar no pocos de los problemas de la sociedad colombiana.

"Batuta me enseña muchas cosas además de la música, me enseña a divertirme, a respetar, conocer más gente, a ser responsable", mujer joven.

"Yo vivía antes como amargado, pero cuando entré a Batuta me cambió de repente la amargura", niño de Mocoa.

"Yo no tenía nada que hacer y me la pasaba tirada en la cama como un vegetal viejo", niña de Soledad, Atlántico.

"Batuta nos ha enseñado a respetar, a cumplir, a ser honestos, ordenados y a dejar las manos quietas", joven de Barrancabermeja.

"Uno se desahoga con la flauta, se sienta en un rincón a tocar y ahí se la va saliendo a uno la amargura, la rabia", hombre joven de Buenaventura.

 "Yo estoy muy contento porque aquí no estoy solo, hay un poco de amiguitos que nos acompañan a tocar", niño de Barrancabermeja.

Estas frases, aparentemente simples, pero cargadas de significado, de historia y de realidad, frases muy de nuestra Colombia, muestran una dimensión distinta de la música y sus atributos. Un poder terapéutico para esta sociedad que necesita sanar tantas heridas.

Como si lo anterior fuera poco, Batuta está ofreciendo música a los niños y jóvenes. Les permite desarrollar su talento, aprender un arte y hasta convertir la música en su modus vivendi. No son pocos los alumnos de Batuta que han terminado siendo artistas profesionales.

Me tomé la libertad de usar como título de esta columna el título en español de la película dirigida en 1981 por Claude Lelouch, para rendirle un homenaje a la música y al programa Batuta y a los cientos de maestros que hacen parte del mismo, por servir como un verdadero instrumento para la vida de 37.000 niños y jóvenes colombianos.

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