Opinión

  • | 2001/02/02 00:00

    La intrascendencia de los economistas

    Los economistas han hecho de su práctica algo cada vez más complejo, cada vez más lejano al entender de la sociedad. Sus ideas no llegan a nadie.

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En Colombia, los economistas están llamados a recoger. Cuando las personas son incapaces de cumplir la funci ón social que les ha sido asignada, hay que reemplazarlas, buscarles alternativas, ponerle un límite a la condescendencia. A los economistas, la sociedad les asignó entre otras funciones la de maximizar el bienestar de los ciudadanos mediante la correcta asignación de los recursos. Ha sido pobre la labor cumplida.

¿Por qué tienen tan poco qué mostrar a su haber? Creo que por su total intrascendencia. Los economistas han hecho de su práctica algo cada vez más complejo, más lejano a la sociedad. Sus ideas no llegan a nadie. Las ideas solo sirven cuando se logran trasladar, cuando permean, cuando la sociedad las incorpora. Nuestros economistas se han convertido en tecnócratas sin trascendencia, en tecnócratas sin gracia.



Nuestros economistas, los que se inventaron una apertura por decreto, sin darse cuenta de que el entorno de equilibrio que se requería para que esa apertura generara bienestar no se podía hacer por decreto. Esa pequeña omisión hizo que pasáramos de una economía mediocre a una desastrosa. Transformar sociedades es bastante más complejo que optimizar modelos de equilibrio general.



En forma sistemática, corregimos desbalances macroeconómicos con devaluaciones reales que generan las más regresivas transferencias de la sociedad entera hacia los exportadores. ¿Dónde están nuestros radicales economistas de izquierda para defender a los asalariados ante tan simplista y atroz método de cura?



Los grandes grupos económicos utilizan los medios de comunicación para acelerar la desestabilización del país, convirtiéndose en caja de resonancia de cuanto engendro populista aparezca. ¿Dónde están nuestros ortodoxos economistas de derecha para explicarles que el populismo destroza la cuenta de capitales y que más les vale cuidarla, si no quieren ver sus patrimonios desaparecer por sustracción de materia?



Producen casi ternura nuestros economistas cuando --felices-- se convierten en altos funcionarios públicos. Más se demoran en nombrarlos, que el Congreso y los medios en destrozar su elegante tecnocracia. Más que ternura, da pesar verlos salir llenos de insultos, demandas y frustraciones, conscientes de su incapacidad de trascender. Los políticos, esos personajes de los cuales los tecnócratas tanto denigran, esos sí trascienden. Para bien o para mal, trascienden. El país es fiel reflejo de lo que ellos piensan, de lo que ellos quieren.



Se les olvidó a los economistas que lo que realmente importa no es la economía, sino la política económica. En la palabra política, que tanta repulsión les produce, está la única posibilidad de recuperar su trascendencia. O la entienden, la usan y la ejercen, o están condenados a desaparecer.



Ojalá que entre tanto economista que hay asesorando a los candidatos presidenciales, a alguno se le ocurra que la forma es importante, que hay que tener discurso político para transformar y trascender; que la técnica sin forma tiene poco valor; que de pronto es posible que las ideas con fuerza transformen una sociedad que reemplazó el debate por la calumnia, la liviandad y el insulto.
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