Opinión

  • | 2001/05/11 00:00

    La infidelidad

    ¿Seremos los adultos de hoy aún adolescentes?

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"Llamo porque mi matrimonio se está acabando. Mejor dicho, se acabó. Descubrí que mi esposa me es infiel desde hace 6 años, y llevamos 12 de casados, o sea, la mitad de nuestra vida juntos ella me ha engañado. Y como se dice, fui el último pendejo en enterarse. Parece que todo el mundo lo sabía. Esto me ha destrozado. No sé qué creer. No sé qué hacer. Me siento mal todo el tiempo. Jamás pensé que esto me pudiera pasar a mí... Me duele tanto, tanto... Ella dice que quiere seguir, que la perdone, que reiniciemos nuestra vida. Por los hijos, tal vez lo haría, pero no sé si pueda...".

Mientras oía por teléfono a este paciente, se me generaba lo que en psicología se llama una disonancia cognoscitiva: no me cuadraba que esto me lo estuviera diciendo un hombre. Lo habitual es que sean las mujeres quienes sufren este tipo de experiencia con esta intensidad.



La infidelidad causa dolor a diestra y siniestra. Unos y otras le temen, incluso desde la adolescencia, y sufren con la idea de que pueda ocurrir. Luego, al constituir una pareja estable, se desgastan en la desconfianza y, posteriormente, ante la certeza, pierden salud y vida. Si la honestidad y la verdad son los valores que, en principio, todos queremos preservar, es paradójico que tanto la televisión como la novela escrita "promuevan" la infidelidad. No es sino mirar las telenovelas actuales: son "historias" en las que lo feo, lo cansón y lo aburridor son lo propio de la pareja constituida, estable; y la atracción, la inteligencia, la comprensión y la belleza son cualidades del tercero o tercera en discordia.



Cuando algo anda mal en una pareja es frecuente que la tentación de la infidelidad aparezca. Pero el verdadero problema no está en la tentación: está en las dificultades que se viven con la pareja constituida. Si en lugar de enfrentar estas dificultades, se incurre en la infidelidad, esta se convierte en un acto de cobardía.



Cuando tenía 20 años, salí con amigos de dos grupos diferentes: en uno, el código de conducta era que ninguno de ellos invitaba a una mujer que estuviera saliendo o hubiera salido con alguien del grupo; en el otro, el código parecía ser el opuesto: el reto era "gallinacear" a la amiga del otro. Hoy, 30 años después, los del primer grupo siguen con su pareja original y todos los del segundo grupo han vivido rupturas dolorosas, muchos con más de una pareja. Y algunos siguen buscando.



Obviamente, una relación de pareja se puede terminar. Y puede hacerse con muchos beneficios en todas las direcciones. Pero para que cada uno de sus miembros continúe su proceso de crecimiento y desarrollo personal, se requiere una sana terminación, que no es posible alcanzar si no se trabajan las dificultades que la originaron.



El aumento en la infidelidad de hombres y mujeres muestra que cada vez más los adultos se dejan seducir por atractivos inmediatos en lugar de asumir la tarea de hacerle frente a la exigencia sostenida y difícil de una relación estable. Este comportamiento puede ser la prolongación de la tendencia de los jóvenes adolescentes que se dejan seducir por el placer momentáneo, el riesgo no calculado, la satisfacción egoísta de sus necesidades, que con frecuencia buscan en el alcohol, la droga o la infidelidad.
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