| 8/1/1995 12:00:00 AM

"En diciembre llegaban las brisas"

La obra de marvel moreno hundió y alimentó sus raíces en el trópico, entregando una visión descifradora sobre esa realidad, libre de estereotipos.

Empezar a escribir esta nota equivale a empezar a trazar las vacilantes líneas de esa a veces equívoca y desdibujada ceremonia que designamos como homenaje. Homenaje de recuerdo para una escritora visceralmente nuestra, que recientemente acaba de fallecer en París: Marvel Moreno. Las noticias nos han recordado que Marvel nació hace más o menos 50 años en la ciudad de Barranquilla. Que era una mujer bella; que Marvel en su juventud espléndida e inteligente, militó en la izquierda; que un día "ligera de equipaje" cambió los hechizos del trópico por la plural hermosura de ese París preñado de significados, que habían sido descongelados y reinterpretados por las revueltas del mayo del 68. Allá se instaló, y allá construyó en largos y sucesivos años parte de su obra y allá también encontró su joven e inmerecida muerte sólo hace unas pocas semanas.

En 1980 había publicado un sugerente libro de cuentos, "Algo tan feo en la vida de una señora bien", un libro que causó alborozo, que le dio cierta notoriedad, y uno de cuyos cuentos, "Oriane", fue la base argumental para una película franco-venezolana, que dirigida por Fina Torres fue galardonada con la Cámara de Oro del Festival

de Cannes de 1984.

En febrero de 1987 la editorial Plaza & Janés publica su primera y sorprendente novela, "En diciembre llegaban las brisas". Supongo que la novela la escribió en París, esa ciudad que de tantas maneras puede ser antítesis y negación del universo aparentemente simple y esquemático que encarna el trópico. Trópico en el cual la obra de Marvel hundió y alimentó sus raíces y sobre el cual fundamentó sus miradas más esenciales, para entregarnos una visión- descifradora sobre esa realidad, que la fuerza trivializadora de los estereotipos nos acabó convirtiendo sólo en un mundo avasallado por el calor y la pereza, hechizado por un paisaje marino que se amplifica entre palmeras que miran con indiferencia el vegetar de los nativos bullangueros y de los silenciosos burros que desfilan en medio de una playa de lujuriosa hermosura. Y al referirnos a la novela de Marvel Moreno, parece importante detenerse un poco sobre la carga desvirtuadora que esos estereotipos aludidos acaban imponiendo sobre

las complejas y cambiantes realidades que pretenden designar, pues ello, necesariamente, induce a miradas igualmente falsas y equívocas sobre la creación literaria que aspira a narrar o a recrear esos contenidos. Los estereotipos, como también la rutina mental y literaria, nos convirtieron el trópico fundamentalmente en un paisaje geográfico. El paisaje humano aparece eclipsado, a veces es nota marginal u ornamento folclórico que se incrusta sobre ese paisaje geográfico para darle más presencia o relevancia. La compleja a intensa novela de Marvel Moreno nos desbarata la fácil y frágil arquitectura de esas simplificaciones. En ese libro se cruzan y convergen multiplicidad de seres humanos bordeando y viviendo situaciones dramáticas. Enfrentados y agobiados por pasiones violentas, condenados al

desciframiento y al esclarecimiento ético de sus gestos y sus conductas. Universo de conflictos y vivencias desgarradoras, caos y sucesión de emociones que se despliegan, a veces como un divertimento y a veces como una confrontación para señalarnos que, en la vida como en la historia, el paisaje -el trópico si se quiere- es un adjetivo, un bello y cálido adjetivo, pero que lo sustantivo es la problemática humana, y en este caso, la problemática femenina (liberada también de las limitaciones castradoras de lo feminista) y entendida como sensibilidad y como "problematicidad", para darnos a través siempre de la magia seductora y sugestiva del lenguaje, una visión enriquecedora de ese mundo que a ella le perteneció como gran escenario para edificar su obra. Dentro del vacilante proceso de la literatura colombiana, la lectura de esta novela de Marvel Moreno es una lectura obligada, obligación por otra parte deleitosa para refrescar con nuevas brisas los laberintos del espíritu y de la imaginación.

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