| 1/1/1995 12:00:00 AM

Colombia. no es Bogotá

Para quienes creemos que el país se acabó, a juzgar por la situación de Bogotá, le recomiendo salir a provincia para ver un mundo mejor, libre de congestión vehicular, contaminación y pesimismo. Tomemos, por ejemplo, el caso de Manizales o el de Medellín, donde en el primero, a pesar de los sinsabores del mercado cafetero o en el segundo de la violencia sufrida en años pasados, la calidad de vida no se ha desbarrancado como ha sucedido con Bogotá.

Es un hecho qué vivimos en un país amancebado con la barbarie, el cual, vía un autismo idiosincrático, ha resuelto ignorar la altísima cuota cotidiana de muertes violentas y seguir tan campante con su quehacer económico. Es igualmente innegable el que ese factor de insensibilidad nos acarreará muchos más costos durante las próximas generaciones, ya que no sólo la violencia engendra más violencia, sino además la nave en que todos navegamos independizó de su sistema de flotación la ecuación progreso-sobrevivencia, refundiéndose en el proceso la capacidad de indignación ciudadana que es el resorte de una cultura civilizada.

La diferencia en provincia es que la mayoría de la población percibe un mejor mañana, gracias a los resultados obtenidos a través de la elección popular de alcaldes, cuya mayoría ha jalonado marcadamente el desarrollo de sus municipios. Atrás quedaron los tiempos en que el bogotano, por el simple hecho de provenir de la capital, se consideraba un ser superior. Atrás quedó la supremacía de los servicios de Bogotá o de la proverbial educación y cordialidad de su gente. Finalmente, con la descentralización de recursos, atrás quedaron las presumibles ventajas de vivir cerca del poder. Hoy solamente se regocijan de ellos los cernícalos que se alimentan de sus prebendas, mientras los demás pagamos los platos rotos de la corrupción administrativa y de la inmamable arrogancia de sus carros blindados y de sus escoltas.

Debemos, como siempre, preguntarnos ¿cómo hemos caído tan bajo? Es el resultado de muchos factores, dentro de los cuales sobresale el inmanejable tamaño de la ciudad y el ser capital de la república. El primero introdujo el factor de alienación, por medio del cual el individuo pierde la sensación de dominio sobre su medio. El segundo, además de la corrupción generada, nos ha impedido comportarnos como una comunidad de intereses compartidos, al confundir las noticias emanadas del gobierno central con los acontecimientos propios de Bogotá, quitándonos los mecanismos de raigambre, local que sí tiene la provincia.

Termino con la perenne ilusión de que no hay mal que por bien no venga, debiendo esperar entonces una emigración de resaca, cuando los habitantes de la capital se den cuenta de los costos derivados de vivir en un medio tan hostil. Ojalá los alcaldes de los pueblos de la Sabana sepan y puedan manejar esta desbandada de ciudadanos de todos los tenores en busca de una vida más placentera, quienes amparados en la evolución tecnológica que han vivido las comunicaciones, piensan capitalizar la teoría de que cada día será más fácil trabajar desde el hogar. A este respecto, espero que hayamos aprendido la lección de conservar una escala urbana, donde predomine la sensación de comunidad y se preserven las raíces culturales que la identifican y aglutinan alrededor de la defensa de sus. derechos.

EDICIÓN 546

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